Autor: Izquierdo Ferigüela, Antonio. 
   El mejor alcalde     
 
 El Alcázar.    14/02/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 3. 

LA pérdida de calidades que se advierte progresivamente en la vida política de nuestro pueblo adquirió

acentos dolorosos en la ceremonia celebrada en la tarde del día 12 en el salón de sesiones de la Casa de la

Villa: entrega de Medallas de Madrid —oro y plata— a personas y entidades a quienes fueron concedidas

a lo largo de los últimos diez años. El señor Huete (don Luis María), que ocupa transitoriamente un sillón

presidencial al que aspiran, entre otros, Alvarez, Tamames, Tierno ¡y hasta dicen que Silva!, procedió a

una forma de liquidación, saldo o almoneda de los honores acumulados a lo largo de un tiempo que fue

decisivo para Madrid. Se ha operado como si se quisiera despejar el camino a quienes han de ocupar el

viejo palacio de la Plaza de la Villa y vaciarlo de todo compromiso enojoso. Una vez más, las esferas del

poder han ofrecido el doloroso ejemplo de cegar el manantial de su propia sensibilidad, tal y como

señalaría, en una circunstancia emocional y memorable, don José Ortega y Gasset.

En este afán de liquidar gratitudes como se liquidan exacciones, el señor Huete (don Luis María) ha

equiparado los honores que se deben a un alcalde excepcional, Carlos Arias Navarro, con los que se

otorga a cualquier compromiso mostrenco para quitarlo de encima. Carlos Arias Navarro merecía otro

tratamiento. Lo digo con la misma insobornable independencia con que tantas veces señalé sus errores o

aquellas actitudes que no compartía, que no podía compartir a la luz de la propia razón. No juzgo ahora

más que un hecho político y ese hecho denuncia muy a las claras hasta qué punto aquellas calidades de

que hablaba, de las que fue espejo la Casa de la Villa, se han perdido al descender a las manos de quienes

están dando muestras tan alarmantes de incapacidad, no sólo para la gestión de la cosa pública, sino,

incluso, para circular con el mínimo decoro exigióle por la vida colectiva.

Descubrir que Arias Navarro fue un alcalde excepcional, casi único en la crónica madrileña del siglo XX,

resulta innecesario. Ocupó el sillón de la Alcaldía en febrero de 1965 y fo dejó, para ocupar la Cartera de

Gobernación, en junio de 1973. Se enfrentó con problemas graves y fue en la vida madrileña como un

vendaval. Tomó posesión cuando rodaba por la capital de España el coche M-300.000 y se alejó de la

tarea municipal cuando la matrícula se aproximaba al millón. Fue un alcalde de obras espectaculares,

cuya huella perdurará por encima de las preocupaciones electorales o preelectorales de esta hora transida

de horterismo y de miseria. Recuerdo que, cuando era ministro de la Gobernación, en una conferencia

ante las cámaras de RTVE me equivoqué y en lugar de llamarle señor ministro le llame señor alcalde.

Un oficioso de turno sugirió que se borrase y se grabase de nuevo para subsanar mi error. Arias Navarro,

sonriente, dijo: «¡No, no! Lo lógico es que Izquierdo me llame alcalde como durante los últimos ocho

años.» Yo me limité a decir: «Creo, señor ministro, que usted pasará a la historia como el gran alcalde de

Madrid, aunque llegase á ser presidente del Gobierno.» Estábamos en la salita de maquillaje, me miró y

sin perder la sonrisa me dijo: «¡Menos mal que no espero ser jefe de Gobierno!» Está claro que nos

equivocamos los dos. Arias Navarro fue presidente del Consejo de Ministros y pasará a la historia como

el presidente de la transición: tuvo el último despacho con Franco y el primero con el Rey. Pero yo de eso

no hablo ahora. Sólo he tratado de registrar mi discreta protesta por el tratamiento vulgar con que ha sido

entregada ia Medalla de Oro al mejor alcalde del siglo XX.

Antonio IZQUIERDO

EL MEJOR ALCALDE

 

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