Autor: Sánchez-Silva, José María. 
   La catedral     
 
 El Alcázar.    14/02/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

LA CATEDRAL

Querido José Luis:

He pasado el fin de semana en Sigüenza para visitar allí a dos nietos, internos en «´a Safa», el

famoso colegio episcopal asi llamado con ingenua irreverencia familiar muy española; el

colegio se denomina en verdad de la Sagrada Familia y creo que lo d« Safa está compensado

por el secreto deseo de pertenecer de algún modo a tan inefable núcleo familiar, del cual todos

los españoles nos sentimos parientes, lo digamos o no. Nos ha hecho un tiempo revuelto y

primaveral como aquí, con chaparrones repentinos e inesperados langüetazos de sol, pero sin

nada de frío. El campo estaba tierno y la bella ciudad aparecía rojiza y lavada entre las dos

grandes moles del castillo y la catedral. Le tengo afición antigua a Sigüenza por la noble figura

de su Doncel, amigo de armas y letras, joven para siempre en su estatua de alabastro, y

también por el muy colorido relato que me hizo Ismael Herraiz de su aventura cuando, como

oficial de Regulares en nuestra guerra civil, cumplió la hermosa tarea militar de izar en la

catedral la Bandera española, trocándola por el mísero trapo blanco que proclamaba la

rendición de la ciudad. Sé que también andabas tú por allí, en tan levantada ocasión, con tus

cañones antiaéreos y muchas veces, en camino para otras partes, he visto alejarse desde el

tren las viejas piedras doradas seguntinas. Ahora, con mis nietos allí, voy un par de veces al

año y siempre regreso maravillado, entre otras cosas, por la belleza renacentista de su Plaza

Mayor, que es uno de los muchos lugares de esta entrañable España donde a uno le gustaría

vivir y aun, si la hora fuese llegada, morir también.

Callejeamos un poco con los chicos, bebimos y tapeamos en bares y tabernas y dedicamos la

mañana de ayer domingo a la catedral, que visitamos una vez más con el debido detenimiento.

Sigüenza aparecía ese día tranquila y alegre como siempre, si bien tan recogida como

cualquier día de fiesta, con la excepción de su numerosa y crepitante juventud. No parece sino

que Sigüenza sea eso sólo, juventud viva y triunfante en un marco de bella severidad

arquitectónica y aires de muy viejos y nobles seres de otros tiempos. Algo así, quizá, quiso

expresar Rafael Sánchez Mazas cuando dijo: «Todo Sigüenza es Doncel.» Doncel y también

doncella. ¿Tú sabías que sobre una población de unas seis mil almas conviven más de tres mil

estudiantes y escolares? «La mayor densidad estudiantil de nuestra patria», comenta con

legítimo orgullo el cronista oficial de la ciudad. Así es Sigüenza, toda juventud, como un

inmenso nido de pájaros recientes, construida sobre tierra tan antigua que aún muestra las

quemazones luminosas de muchos soles demorados.

La verdad es que no había mucho ambiente electoral. Pocas paredes estaban cubiertas de

propaganda, aunque entre todas descollaba la del PSOE, seguida por UCD y luego el PC.

En los ciento treinta kilómetros que separan a Madrid de la ciudad del Henar, de tarde en tarde,

un don Felipe solitario, ya sin la sombra sombría de don Pablo Iglesias, aparecía en la posición

y lugar teóricos del toro de Osborne o tantos otros anuncios campestres. Por cierto que en la

calle de María de Molina, a nuestra salida, vimos otro don Felipe con bigotillo y monóculo

pintados sobre la imagen fotográfica. Es posible que así le vean incluso muchos miembros

radicales de su partido, como a un míster. En otro lugar no pudimos contener la risa al ver

juntos por el azar dos carteles: en uno, el PSOE, poniéndose años, exhibía sus cien años de

honradez y firmeza, y al lado, la Casa Nestlé se engallaba con sus ciencuenta años de

endulzarnos la vida. En Sigüenza, una furgoneta con altavoz anunciaba para hoy, lunes, un

mitin o algo así en una discoteca. Supongo que acudirían los de siempre, es decir, los que con

su honradez y firmeza nos vienen endulzando la vida.

Hablando con los niños en la catedral, les hacía yo reparar en su enormidad arquitectónica, en

el esfuerzo de trabajo, de arte, de riqueza desplegados para levantar su fábrica, y, sobre todo,

de la fe en Dios necesaria para tamañas obras. Y, recordando tu carta sobre capillas y

catedrales referidas a la política, les expliqué que ahora no se hacen con piedra y cristal, con

lámparas y pinturas, estatuas o relicarios, sino con otras materias más sutiles e invisibles, como

la investigación y el estudio, el progreso y la sanidad de la vida moderna, la expansión espacial

o submarina, la búsqueda afanosa de la justicia social, la erradicación del hambre y la

incultura... Durante todo el tiempo temí que los niños me preguntasen: «Sí, pero... ¿y Dios?»

Yo vi que el más pequeño (diez años) tuvo esa pregunta más de una vez entre los dientes.

Pero no la dejó salir, lo que no impidió que yo tratase de responderla. Sí, pero ¿y Dios? Y no

pude. Parece ser que cuanto se hace por el hombre se hace «también» por Dios. Es una

manera indirecta de proceder, muy honorable. Pero a mí me sigue pareciendo que aquellos

hombres antiguos que levantaban catedrales con su amor a Dios en directo, hacían también

por los hombres. En realidad, si aguantamos a nuestros prójimos es sólo por eso, por Dios, nos

demos o no nos demos cuenta. Sólo ocurre que mientras más trabajamos para nosotros

mismos más nos vamos olvidando de que ello se debe sólo y precisamente a Dios, pues no

parece que tal cosa esté en nuestra naturaleza. Me gustaría, José Luis, que siguiéramos

haciendo, al mismo tiempo que todo lo demás, catedrales. No sé, quizá es que empiezo a ser

viejo. Te aseguro qué preferiría ser ahora mismo un lagarto sobre el musgo de la catedral de

Sigüenza, al sol, antes que ser un hombre que esta noche, a las ocho, ha sido

por el PSOE aun mitin en una discoteca de la misma Sigüenza.

Un abrazo.

José María SANCHEZ-SILVA

FRANQUEO concertado

 

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