Los culpables no son los muertos     
 
 El Alcázar.    31/08/1978.  Página: 1. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

Director: Antonio IZQUIERDO

LOS CULPABLES NO SON LOS MUERTOS

ESA charca periodística que son algunos medios de comunicación, como manejada por una

sola batuta, se ha puesto al unísono de acuerdo y, con la incontinencia que le es característica,

ha arrojado, también, verbalmente, su bomba terrorista: los culpables son los muertos, han

venido a decir. Los muertos de las Fuerzas de Orden Público, claro está.

Conocida es la pestilencia que puebla las charcas y los riesgos que corre quien bebe en ellas.

No nos extraña, pues, que cada día sean menos los apetentes dispuestos a calmar su sed en

cualquiera de esos deleznables pozos de cieno. Si grave es el terrorismo de las metralletas,

más grave es aún el de aquellos que con sus bombas de papel pretenden hacer volar un

edificio que es pilar básico de la seguridad de cualquier Estado: el de sus Fuerzas de Orden

Público.

¿Culpables las Fuerzas de Orden Público? ¿Ineficaces las Fuerzas de Orden Público? ¿Pero

no habíamos quedado en que el terrorismo se justificaba por la «dictadura» y que en una

democracia el terrorismo desaparecería? ¿Por quién se justifican hoy las víctimas del

terrorismo? A esta última pregunta nosotros hemos dado respuesta muchas veces. No hay

justificación. El terrorismo no va contra la dictadura ni contra la democracia; va contra España.

Y, señores, las Fuerzas del Orden Público no pueden culpar a sus muertos de ser muertos por

España.

Esa batuta que, de inmediato, con una sincronización y rapidez espectaculares, ha puesto de

acuerdo a fuerzas ideológicas a priori rivales, no ha vacilado en practicar una estrategia de la

tensión y, a la humana, que nunca política ni ideológica, nota de la Asociación Profesional de

Policía ha replicado con una violencia intelectual inusitada: Los culpables —dicen— son las

Fuerzas de Orden Publico que, por su ineficacia, no han sido capaces de prever primero y

contener después, los sucesivos ataques terroristas en la democracia.

Es tremendo, sentados ante una máquina de escribir, ´sentirse en la obligación de tener que

desenmascarar seme-jante patraña, semejante estupidez, semejante mentira, semejante mala

fe, semejante desprecio hacia una sangre vertida, que sólo por ese simple hecho, sangre

vertida, debiera obtener, cuando menos, un recogido respeto, un silencioso agradecimiento. (A

fin de cuentas, la cobardía es hoy, para muchos, un título.)

Y decimos que es tremendo tener que desmentir que los culpables estén entre los muertos.

Muy al contrario, nosotros sostenemos que son los vivos —pero que muy vivos—, quienes

mejor pudieran rendir cumplidas cuentas.

Tendría que rendir cuentas, por ejemplo, este Gobierno de siniestra política por sus, al parecer,

secretas conversaciones con movimientos terroristas de muy reconocida fama. Tendría que

responder por sus amnistías impuestas contra toda lógica y aun prudencia política. Tendría

q^ue responder por los incumplidos castigos con los que ha premiado a delincuentes terroristas

que entran y salen de las cárceles como de un hotel. Tendría que responder por la

«neutralidad» con que ha contemplado el desgaste moral y físico de unos servidores del

Estado. Tendría que responder por las concesiones, por los ocultamientos de la verdad a que

ha sometido destacadísimos y aún no bien esclarecidos sucesos de la vida nacional. En busca

de culpables, tendría que responder a tantas cosas este Gobierno...

Sin ir más lejos, ayer mismo el jefe de un importante comando terrorista, el «Mendizábal», ha

caído en manos de la Ley. Ahí tienen ustedes, señores, una buena ocasión para proceder al

restablecimiento de la autoridad, reblandecida, según ustedes, por la ineficaz actuación de

nuestras Fuerzas de Orden Público.

Otro ejemplo: las sanciones impartidas a miembros del GRAPO internados en la cárcel de

Soria —que, por cierto, alguno de los periódicos de la «charca» está empeñado en identificar

como pertenecientes a grupos de derechas—, han sido retiradas. Otra ocasión perdida,

caramba, para actuar frente al terrorismo con la dureza que requiere el caso, en defensa

siempre, por supuesto, de la democracia.

Vistos a vuelapluma estos casos inmediatos pasados, no dudamos que hoy, a más tardar

mañana, estos medios de comunicación —es un decir—, publicarán al alimón inspiradísimos

comentarios urgiendo a las Fuerzas de Orden Público a actuar con dureza y sin

contemplaciones. No dudamos que no faltarán, incluso, públicas declaraciones de apoyo moral.

Perdónesenos esta nota de ironía. Bien sabemos que ironizar no es lo más oportuno. A modo

de disculpa diremos que nos la dicta una desesperanza que se acrecienta perdías, por horas.

Una desesperanza que no es desaliento sino tristeza. Cuando en España se pretende cargar a

los muertos con las culpas de los vivos es que algo marcha muy mal. Si hiciéramos caso a la

dialéctica del terrorismo intelectual, tendríamos que resumirlo con una frase: Los muertos por

España sólo son culpables de haber muerto.

 

< Volver