Autor: Medina Cruz, Ismael. 
   Cuando mandan los fariseos     
 
 El Alcázar.    13/03/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

CUANDO MANDAN LOS FARISEOS

OTRO muerto ha sido hurtado al homenaje de la sociedad a cuyo servicio cayó asesinado.

Se lo llevaron de madrugada, sin avisar, por los vericuetos de las sombras. Sin ni tan siquiera

hacerle la preceptiva autopsia en la circunscripción adecuada, pues según he leído en los

periódicos, le fue practicada en Guadalajara, cerca de donde nació, pero no de donde fue

acribillado. Es evidente que la democracia tiene miedo al entierro de los hombres que mueren

por defender al Estado, frente a los que lo intentan destruir, al tiempo que se les otorgan

amnistías y cancha política. La democracia del Frente Popular Ampliado ni sabe cortar el

terrorismo ni honrar a los que mueren por cumplir con su deber. Es cobarde frente a la

presunción del ondear de las banderas de España en la calle, en vez de las rojas o las

separatistas. Es cobarde frente a la hipótesis de que los patriotas manifiesten sus convicciones,

en vez de los que, bajo el pretexto de «Els Joglars», la izquierda encuentre una nueva ocasión

para el asalto dialéctico contra las Fuerzas Armadas.

En un ambiente así de confusión, de claudicación, de falsificación y, en fin, de interpretación de

la democracia, resulta apropiado el epitafio que el señor Iniesta, funcionario del

neoclericalismo, adscrito a la diócesis de Madrid, ha pretendido poner, sobre la memoria del

policía armado Félix García Alonso. Para el señor Iniesta existen grados de reprobación del

asesinato, según éste se produzca cuando España marcha hacia el tipo de sociedad que a él le

complace o, como sucedía en tiempos, el marco de un régimen político contra el que se sentía

beligerante. Y según los muertos pueden ser disfrazados o no con las presunciones de

marroneidad que también deben agradar al señor Iniesta. Dios, desde Su infinita misericordia,

acoge todos los rezos, que se distinguen de las oraciones en que se puede rezar sin fe, pero

no orar. Pienso que a Nuestro Señor le serían más gratas las oraciones cuando envestidos con

el orden episcopalestén limpios de matizaciones temporales y de ideologismos discriminadores.

La imagen política de los cuerpos a los que pertenecen los muertos por el odio, es indiferente a

los ojos de Dios y, por ende, de Su Iglesia. Puede resultar, sin embargo, que la práctica del

neoclericalismo haya hecho olvidar al señor Iniesta principios elementales de la caridad

cristiana, ayuna de etiquetas.

La presunta democracia del señor Suárez apenas si nos permite otro recurso que el de la

oración distante por los hombres que asesinan la ETA u otras organizaciones afines.

Los cadáveres de los patriotas asesinados, sean militares o civiles, tratan de ser hurtados al

contacto público y sepultados con sello de urgencia, honras sumarias y ausencia oficial al

nivel que el decoro obliga. Los cadáveres y la sangre de los servidores del Estado y de esta

democracia hieren la sensibilidad de los partidos marxistas e introduce accidentes molestos

para sus planes. Pero según se demostró cuando el crimen de la calle de Atocha, cuyos

móviles todavía están por establecer de manera definitiva, los muertos de la izquierda merecen

un especial trato de favor. Esta diversidad de comportamiento es precisamente lo que

caracteriza a una democracia farisaica de una válida voluntad democratizadora.

Mientras los hombres que mueren por servir a España son llevados a enterrar casi

subrepticiamente, el Gobierno del señor Suárez no es capaz de resistir a las presiones

socialistas, más allá de las cuales no es difícil prevenir el aniquilamiento de la democracia, la

descomposición del Estado y el descoyuntamiento de España. El señor Suárez, viéndose en

situación política comprometida y sintiendo peligrar su permanencia en el lujoso palacio de la

Moncloa, ha cedido a los socialistas todas las bazas que le eran exigidas. El dolor de muelas

no ha tardado en desaparecerle más tiempo del necesario para hacer con Felipe González un

nuevo cambalache. En un abrir y cerrar de ojos, los socialistas se han encontrado con todo lo

que la UCD les negaba en el Proyecto Constitucional y, según es costumbre, con algo más.

El Gobierno, que no pasa de coro sumiso, ha concedido e impuesto autonomías a diestro y

siniestro, ha anunciado un proyecto de ley que dejará la enseñanza privada a los pies de los

caballos marxistas, ha ampliado aún más la ineficaz, abundante y costosísima burocracia

presidencialista, le ha arreado un nuevo sarretazo a los empresarios y le ha propinado una

nueva cuchillada a la economía.

¿Y España? Hubo un tiempo en que incapacidades y ambiciones se disimulaban

dialécticamente tras el hallazgo retórico de la tarta. Unos decían que primero debía hacerse la

tarta y luego repartirla; otros que lo importante era repartir la tarta antes de hacerla; y otros, en

fin, pretendíamos que el crecimiento y el acabado de la tarta fueran simultáneos con el reparto

de las responsabilidades, esfuerzos y derechos. Si entonces la tarta sólo abarcaba bienes

económicos, ahora la tarta es nada menos que España y se han adueñado de ella los que

disputan por repartírsela antes de pensar siquiera en conservarla. España, en tanto, se

desangra, se corrompe, se deshace y es muy posible que sus trozos se los coman los amos de

los fariseos en disputa.

Ismael MEDINA

 

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