Autor: Andrés, Íñigo. 
   Censura de prensa     
 
 El Alcázar.    07/01/1978.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

CENSURA DE PRENSA

España vive en la más férrea censura de prensa que jamás padeció. Hoy se hace difícil —y a veces

imposible— publicar •algo en defensa de los más elementales principios que la realidad nos ofrece.

Todo está manipulado de tal suerte que los medios de comunicación, todos los días, se ven precisados,

por presiones de «dentro» —comités de redacción, auténticos soviets contra la libertad de prensa—, o por

presiones de fuera para la creación de estados de opinión artificiales. Se fomenta —en definitiva— la

alabanza al delito y la indefensión de la mayoría de los españoles.

Esto está llevando a la sociedad española a una situación sin salida que no sé si los políticos valoran

adecuadamente: la supervivencia —el primer instinto que mueve al bou bre— empieza a estar seriamente

amenazada, y ya no la supervivencia física, sino también —y muy cumplidamente— la supervivencia

moral, los principios más elementales que hacen posible la convivencia de toda colectividad humana.

La manipulación es tan desacarada que ha fomentado el «cambio de tortilla» sideral que estamos

padeciendo con tanta prisa, como si los propios políticos no tuvieran seguridad en el propio pueblo que

dicen servir, como si quisieran acabar con todo y montar su tinglado antes que la gente —harta de

arbitrariedades— se p,antee seriamente la posibilidad de una postura sería.

Estamos en pleno «1984», —el conocido libro de Orwell—, donde los medios de difusión de masas

operan sobre los españoles como conejillos de indias para imponer —por las buenas o por las malas— lo

que llaman democracia.

No es bueno que la democracia se imponga a un país por decreto-ley. Podrán los periódicos —

censurados— cantar sus alabanzas, pero, en el fondo, los españoles estamos asistiendo a una frustración

colectiva. Todo parece depender de la creación de una «imagen», de la manipulación descarada de los

seres humanos para llevarles a un fin. Todo, en fin de cuentas, parece haber quedado reducido a una

buena gestión de relaciones públicas sin nada dentro. Y eso es peligroso porque las conciencias se pueden

engañar durante cierto tiempo, pero no siempre y el despertar del pueblo español —ni mucho menos

tranquilo cuando se abusa de buena fe— no será nada más que cuestión de tiempo.

Estamos asistiendo al más formidable espectáculo práctico de que no es posible la convivencia con la

división de los españoles en partidos de distinto pelaje. Estamos asistiendo también a la sinrazón de los

cantonalismos de la Edad Media que hacen resucitar instituciones ya podridas cuando-fueron derogadas.

Estamos asistiendo a un fomento de los bajos instintos, del descontrol de aquellos que tienen en el río

revuelto su mejor ganancia... Todo ello no se puede tapar con unas cuantas palabras bonitas sobre

libertad, democracia y otras lindezas.

A la hora de la verdad, la realidad, con los fríos números, se impondrá. Se está imponiendo ya. No se

puede abusar demasiado tiempo de un pueblo. Es peligroso, aunque se tenga en las manos los resortes de

los medios de comunicación y éstos digan aquello que queremos que digan.

Hace unos días, con motivo de un suceso desgraciado —uno más— en Vascongadas: el apuñalamiento de

una profesora por un estudiante de 16 años, ante la falsedad de la información facilitada por la prensa, los

profesores del Instituto de Vergara —centro al que pertenece la profesora agredida— en un comunicado

decían lo siguiente: «nuestra prensa parece carecer de la más mínima profesionalidad».

«En asuntos de suma gravedad —seguía diciendo— se permite no sólo manejar datos, cuya veracidad

debiera de explicarse, sino que además los interpreta de forma atrevida, parcial y tendenciosa».

Tal vez estas palabras pongan el dedo en la llaga. Estamos ante una prensa censurada, orientada hasta en

su «desmadre». Una prensa vendida o presionada por grupos de distinto signo. Aterrada. Una prensa —en

fin de cuentas— que no puede decir la verdad porque el caldo de cultivo de la manipulación colectiva la

fuerza, desde la violencia física hasta el «lavado de cerebro» moral, sistemático y despiadado, a actuar de

una determinada manera, ante una realidad que no es la realidad, sino aquella que crearon los expertos de

la manipulación y la imagen, aunque todos empecemos a darnos cuenta de que es todo mentira.

Iñigo ANDRÉS

 

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