Autor: Pérez Calderón, Miguel. 
   La democracia     
 
 El Alcázar.    27/03/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

LA DEMOCRACIA

La gente en general suele tener conceptos erróneos sobre las cosas o no suele tener concepto

en absoluto, que por otra parte es lo más corriente. Ya dijeron Lope y otros que el vutgo

siempre con todos los respetos— es necio, o somos necios —porque uno no es ni más ni

menos que nadie, ni distinto de los demás y se equivoca todas las veces que sean

necesarias— y necesita y es justo que le hablen en necio para darle gusto.

Pero donde quizá el vulgo yerra más aparatosamente es en la delimitación del contenido de los

vocablos políticos de uso más frecuente. Por ejemplo, con el significado de ia palabra

democracia. Todo el mundo se llena la boca pronunciándola, como con la desbordante espuma

de un buen dentífrico y, muy pocos saben exactamente lo que significa, o comprenden de un

modo preciso su alcance. Hay cientos de ocasiones en que, después de oír a cualquier ilustre

prohombre una apasionante disquisición sobre un tema, uno inevitablemente se pregunta:

«¿Pero qué creerá este buen hombre que es la democracia? ¿Qué supondrá que significa?

¿Qué alcance dará al término y al sistema?». Inmediatamente uno reflexiona y cae en la cuenta

de que si el que habla es de los que están abajo, de modo invariable entiende por democracia

la necesidad de que le dejen hacer lo que le dé la gana; y si está arriba, la necesidad de

hacerlo. Para el que no ha alcanzado el poder todavía, democracia significa alcanzarlo

inmediatamente quitando de enmedio al que lo ostente y para el que está ya instalado en el

mando democracia suele ser él mismo y los enemigos de la democracia todos los que están

abajo. Se hacen sinónimos, pues, «democracia» y «egocracia», «"demócrata» y «egócrata», y

en una palabra se confunde la posibilidad de que gobierne —seguramente mal— el pueblo, con

la oportunidad de que gobierne uno solo, problamente mejor.

Dice un amigo mío que la democracia es algo que está muy bien para los suizos, si no´fuera

porque tampoco en Suiza existe. La democracia es una abstracción, añade, algo puramente

teórico que no se da en ninunga parte, porque, con muy buen criterio, en ninguna parte,

realmente, se deja algo tan delicado y tan peligroso, tan caro y tan difícil, tan complicado y tan

sutil, como es el poder, a alguien a veces tan incapaz de manejarlo como es el pueblo, aunque

sea el suizo, de la misma manera que nadie entregaría el Museo del Prado, o los mandos de

un reactor en vuelo, o una bomba atómica, a una pandilla de niños menores de cinco años.

Generalmente, las comunidades políticas, como las comunidades de vecinos a escala

doméstica, sólo suelen funcionar bien cuando se evita cuidadosamente la posibilidad de que

nadie hable, de que nadie exponga sus puntos de vista y uno solo —el que sea— hace lo que

cree oportuno, sin contar con nadie. Aunque sea el más bruto, y aunque se equivoque, siempre

será preferible al inútil, inacabable, estéril y enloquecedor contraste de opiniones absurdas, de

ideas descabelladas y de pareceres egoístas de la mayoría, nunca silenciosa y la mayor parte

de las veces vociferante.

Esta solución es seguramente la mejor, la más eficaz y la más barata, incluso aunque el que

mande, haga y deshaga, parta y reparta se quede con la mejor parte, con lo que pueda o con

casi todo. La fórmula, que cabría expresar con el «slogan» «de todas formas algo queda»

siempre podría ser más perfecta que las democráticas en que la pólvora se va en salvas y en

dialéctica y al final no suele quedar nada de nada.

Miguel PÉREZ CALDERÓN

 

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