Autor: Hispanicus. 
   "Operación Fuerzas Armadas"     
 
 El Alcázar.    13/01/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 16. 

«OPERACIÓN FUERZAS ARMADAS»

EL antiguo «gallo» de Emilio Romero, desalojado de su natural corral, que llevaba una temporada en

cresta lacia, esponjó ayer sus imparciales plumas para hablar de lo que él llama «Operación Fuerzas

Armadas».

Acierta Emilio Romero sobre la personalidad del ministro de las Fuerzas Armadas, señor Gutiérrez

Mellado, al decir que «está bien equipado técnicamente », que «lo ha digerido todo », que «su propia

imagen es más parecida a la de un burócrata que a la de un milite» y que «debe tener almacenados más

libros de arte militar que desfiles y campañas», pero no hace falta manejar muchos parámetros para decir

una cosa que está al alcance de cualquiera que maneje las Hojas de Servicios y en la conciencia de

aquellos que han contemplado su trayectoria última en el mundillo de la política.

El director de «El Imparcial» no ha hecho la radiografía del señor Gutiérrez Mellado, se ha limitado a,

hacer lo que Dalí niño, «levantar la piel del agua».

La tremenda crítica al fulgurante político de vocación tardía la hace Emilio Romero en formas

cabalísticas que se nos antojan resabios de unas épocas en las que se le permitía —¡oh, gran «enfant

terrible» de la prensa del franquismo!— hablaren criptogramas.

Así, por ejemplo, cuando dice «el Ejército, mientras tanto, lo aguanta y le obedece». Con ello, hace un

flaco servicio a un jefe que jamás debe ser aguantado por sus inferiores, sino querido y respetado. Ahí ha

dicho Emilio Romero demasiadas cosas. Para mayor ampliación de esa frase escribe: «Tiene de su parte

al Rey, al Gobierno y a la izquierda. Todo lo demás parece que no cuenta.» ¿Hay que interpretar que no

cuenta para el señor Gutiérrez? Sería grave esta interpretación. Tan grave como para dimitir con sello de

urgencia, porque lo demás es, nada menos, que todas las Fuerzas Armadas. Y un mando para el que no

contasen sus inferiores, que debe ser una de las primordiales preocupaciones de todo aquel que manda,

r»o sería moralícente wn roen-do, sino un tirano: un marido pai%el que no cuenta la estimación de sus

inferiores, ¿cómo va a ser espejo en el que se estimulen sus subordinados? Un mando para el que no

cuentan más-qu* sus superiores, o es un delirante o un lacayo; o dicho en lenguaje académico, «un

promocionista»; o dicho en lenguaje popular, un pelota; y, en todo caso, es un mal jefe.

Y decimos que lo demás tiene que ser forzosamente todas las Fuerzas Armadas, porque el Ejército no

puede ser —por orden expresa, el Ejército, empleando palabras del propio columnista en su artículo, tiene

una disciplina «emocionante y magistral»— la izquierda. Mi la derecha, ni el centro, ni nada que huela a

pugna política. ¿O no?

Así, por ejemplo —seguimos con lo esópico del articulista—, cuando dice que el señor Gutiérrez Mellado

está «descarnado de la politización originaria y contemporánea de los militares españoles». Y cuando

añade, del señor Gutiérrez Mellado, que «ha venido a decir a los oficiales y a los jefes —sin decirlo— que

hay que desembarcar franquismo activo del Ejército».

Uniendo estos últimos entrecomillados resulta que ha dicho Emilio Romero que el Ejército tiene una

politización originaria (¿cuál?) y contemporánea; que esta politización es el franquismo de los militares.

Si Emilio Romero se ha equivocado, allá él, pero lo que sí es evidente es que no puede entenderse que se

haya permanecido cuarenta años en «una religión de hombres honrados» ´—y, sin duda, el señor Gutiérrez

Mellado lo es— sin honradez de conciencia. Tal supuesto es una monstruosidad tan execrable que no

cabe en nuestra consideración.

Acierta Emilio Romero al dar a entender que el Ejército ha sido franquista. Pero no en el sentido que da él

y que le hace dar al señor Gutiérrez Mellado, sino en el directo, escueto y ordenancista del amor y lealtad

a sus superiores. Franco fue el Capitán, por antonomasia y por méritos, del Ejército Español, al que

condujo a la más espectacular victoria militar de la Historia Contemporánea de España —y del mundo,

cabría decir, a la vista de que el comunismo ha derrotado en muchas geografías a ejércitos tan poderosos

y modélicos como el norteamericano—, Quien no es leal es traidor. Y el Ejército español ha sido leal a su

Jefe supremo. El que el comentarista pueda insinuar que han existido excepciones a esa lealtad, aparte de

ser cuenta suya, es cuenta de los que fueron traidores. E! explicar el porqué de esas faltas de lealtad sería

cuestión de los expertos en psiquiatría y en resentimientos.

La figura política dé .Franco ha sido una faceta de la que el Ejército, incluso en vida de su Caudillo, ha

estado apartado en sus cuarteles. La política militar la han hecho los ministros del ramo. Y estos

ministros, pese a las insidias y calumnias que libelistas han difundido por ahí, han exigido siempre al

Ejército el sacrificio económico y social de sus miembros. Los emolumentos de los jefes, oficiales y

suboficiales se han contado entre los más bajos de los profesionales españoles, equiparables en títulos o

cometidos —nada digamos en comparación con el resto de los FAS de las naciones de nuestra área de

civilización—, mientras que la disciplina, profesional y social, y la honestidad, profesional y social, ha

sido de lo más exigente.

La política franquista en el Ejército no ha sido ni tal política ni tal franquismo. Porque solicitar de los

militares españoles adoración a la Patria, amor a la bandera nacional, culto a sus héroes, exigencia de

riesgo y fatiga, alegre conformidad con su austero vivir, intolerancia ante las maniobras de disgregación

de la unidad patria ayer, social cultural al pueblo que se le confiaba a su instrucción y cuidado, lucha

ceniza contra el comunismo, enemigo derrota do en la ultima guerra hasta la última gota de sangre oe Ja

independencia y libertad de España..., ni es política, ni es franquismo. Es esencia del Ejército Español.

Es esencia de los Ejércitos Occidentales. Es esencia de los Ejércitos"

¿Cuál de esas cosas ha creído entender Emilio Romero que el señor Gutiérrez Mellado quiere

desembarcar del Ejército? ¿Quiere, realmente, el señor ministro para la Defensa desembarcar algo de eso?

Porque las lecciones de Franco al Ejército jamás han sido políticas, aunque ahora las utilicen en su

provecho quienes sí desean hacer política contra la, pbr ellos pretendida, política militar de Franco. Pedir

disciplina al Ejército es reiterar aquel memorable discurso de Franco en la Academia General Militar,

nada menos que en 1931, cuando aún no había nacido et franquismo como sugestión de masas. Hablar de

labor social en el Ejército no es descubrir fórmulas inéditas, sino leer estadísticas de lo hecho. Pedir

incardinación del pueblo en el Ejército no es aspiración, sino repaso a la Historia española de los últimos

decenios arrancando desde el 18 de julio de.1936, si no se quieren considerar momentos tan estelares

como el 2 de mayo de un siglo antes.

Mucho nos gustaría conocer la solución de Emilio Romero a su propio criptograma. Porque, como ocurre

en las ecuaciones diofánticas, la equis puede tener varios valores que resuelven el enunciado. Uno de

ellos, que las Fuerzas Armadas están en su sitio y el señor Gutiérrez Mellado no. Otro, que alguien quiere

sacarlas de su sitio y echarlas, en un primer estadio, en manos de los «soviets» de soldados y marineros.

Otro, que es el resultado al que el comentarista apunta al señor Gutiérrez Mellado, de neutralizarlas, con

lo que académicamente conlleva esta palabra.

En fin, que Emilio Romero solucione su propio laberinto, pero que si encuentra la llave, amén de dejar a

las Fuerzas Armadas en paz. porque tiene jefes como doctores tiene la Iglesia, lo exprese, como él dice,

pero no hace, en plata. Porque en la prensa democrática, aseguran los más enterados, no es necesario lo

esópico. ¿O sí? ¡Qué país!

HISPANICUS

 

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