Autor: Medina Cruz, Ismael. 
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 El Alcázar.    13/01/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

Crónica de España

NUEVAS DEJACIONES

DOS asuntos llevó el señor Oreja a la Cámara de los Diputados, ambos inscribibles en su petulante lema

publicitario de «1978 será el año africano de España». Me refiero al tema del Sahara y al de las doscientas

millas. En ambos asuntos se ponen de manifiesto faltas notables: de independencia, de imaginación, de

autoridad, de prestigio... Es natural que los socialistas se sientan satisfechos. Pero, además, esa

satisfacción ha de ser doble, pues el tratamiento de cuestiones de tan grande entidad para España

confirman que, como denunciaba en mi crónica de ayer, carecemos de una verídica política de defensa.

El tratamiento de la política exterior, en definitiva, constituye uno de los frentes vitales de la política de

defensa.

El interés de los socialistas por retornar la cuestión del Sahara, siquiera sea dialécticamente, a los

términos anteriores a la evacuación y al consiguiente acuerdo con.Marruecos, debe entenderse como el

intento de retrotraernos a una posición beligerante frente a Marruecos. Y de alinear a España con las

sucursales africanas de la URSS. España pudo en su momento respaldar un serio nacionalismo saharaui,

que en los estudios de Caro Baroja, editados por la antigua Dirección General de Plazas y Provincias

Africanas, hubiera encontrado material suficiente para instrumentar una ideología. Pero ese nacionalismo

saharaui debería haber partido de una plataforma reivindicativa sobre amplios territorios pertenecientes a

Marruecos, Mauritania, Argelia e incluso Libia. Los saharauis inequívocos integran hoy apenas el quince

por ciento del Frente Polisario, el cual es en realidad un brazo de las fuerzas armadas argelinas, disfrazado

de milicia liberadora irregular. ¿O no es significativo que el Polisario no albergue ninguna reivindicación

territorial sobre Argelia y se preste, con tan evidente sumisión, a ser mero instrumento de la penetración

argelina, es decir, soviética, hacia el Atlántico?

Cuando se aceleran los preparativos para la gran batalla estratégica por África entre los grandes colosos

mundiales constituye un despropósito nacional rein señarnos en el pleito sobre el Sahara. Y más todavía,

hacerlo a costa de un innecesario hostigamiento a la nación que con nosotros comparte el control del

Estrecho y dispone de una posición geopolítica notable sobre el archipiélago canario. Pero esta misma

descripción sirve para justificar la obsesión que la Unión Soviética y algún concreto internacionalismo

tienen en hacer de España una cuña parasocialista entre Europa y Marruecos. Además, en el momento en

que nuestra economía se hunde y nuestras industrias treman (entre ellas la naval), el ministro de Asuntos

Exteriores anuncia, con vacuo envanecimiento, que se ha prohibido ta venta de armas a determinados

países africanos. Con lo cual, esos Estados comprarán las armas, sin mayores dificultades, en otros

mercados; habremos perdido un frente importante de exportación y contribuido a acrecer la crisis

industrial, con la consiguiente amortización de unos miles más de puestos de trabajo.

La ampliación de las doscientas millas en las costas atlánticas no es menos suceptible de meditación y

sorpresa que la demagogia barata en relación con el Sahara. Mucho se ha tardado en atender una petición

generalizada. Y, desde otro punto de vista más objetivo, en dar una adecuada respuesta estratégica a la

política de envolvimiento y enclaustramiento que se apretaba sobre España. Pero, además de tardía,

JoyreTOU -ata es inconveniente.

Tenerrto» mi d«b«r de demandarnos, en primer lugar, la razón por la cual la extensión de las aguas

territoriales a doscientas millas se reduce a la costa atlántica, cuando el petróleo está en aguas

mediterráneas. En una nación con una enjuta plataforma continental y que. por ello, ha pescado

fundamentalmente lejos de sus costas, la ampliación de las aguas jurisdiccionales posee, sobre todo,

razones estratégicas y económicas, basadas estas últimas, hoy por hoy, en los yacimientos submarinos de

petróleo. Pues bien, no se produce la ampliación allí donde España debería acotar sus potencíales reservas

petrolíferas, es decir, Awíte existen problemas de colisión con Argelia, sobre todo.

Pero, «demás, la cuestión de lasdoscientas millas requiere, para su exacta valoración política, conocer por

dónde se ha decidido trazar la línea da encuentro entre las costas españolas de Canarias y las costas

continentales marroquíes. Del trazo de esa línea de encuentro depende fundamentalmente la posición

pesquera española en el banco sabana no. En este punto, comparto los temores del sector pesquero,

víctima reiterada de la notable incapacidad de nuestra diplomacia en el terreno de los convenios de pesca.

El mar da la impresión de ser maléfico para el Palacio de Santa Cruz. Pero el maleficio parece haberse

acentuado durante los dos últimos años. Tres ejemplos pueden servirnos: Gibraltar, Ceuta y Melilla.

La tesis de Castiella sobre Gibraltar, en progresivo y humillante abandono, preveía, entre otros supuestos,

el no reconocimiento al Peñón de espacio en nuestras aguas jurisdiccionales. Para Castiella, las aguas

jurisdiccionales españolas deberían asfixiar también a la base naval británica. ¿Y qué se ha hecho? Han

faltado energía, decisión, agallas y acaso una dosis suficiente de patriotismo para consolidar las tesis de

Castiella. Las aguas jurisdiccionales españolas sobre el Estrecho se han abierto gentilmente a un

suficiente respiro a la potencia expoliadora.

Con Ceuta y Melilla ha sucedido todo lo contrario. Quiero decir que ha sucedido lo que era previsible,

tratándose del Gobierno Suárez. Se ha admitido que Marruecos se cierre sobre las aguas de los territorios

españoles norteafricanos. En más de una ocasión, las lanchas marroquíes han disuadido de salir a los

pesqueros españoles de esos puertos, situándose a cortísima distancia de la bocana, en tanto no se dejó

sentir la presencia de una fragata de nuestra Marina.

La ampliación de las aguas jurisdiccionales, en definitiva, propone cuestiones de importancia, al

constituir un problema estricto de soberanía y no, como parece para algún sector de la clase política, un

circunstancial y demagógico manejo. En primer lugar, por supuesto, la capacidad negociadora, al servicio

de un enterizo concepto de la soberanía nacional. Y después, la capacidad real para defender esa

soberanía. Ello significa la disposición de medios adecuados, en cantidad y calidad, para su ejercicio.

En este punto se echa de ver una nueva y notable incoherencia. ¿O de nuevo una resultante de la lógica

frentepopulista? En el mismo momento en que, con sorprendente parcialidad estratégica, se amplían las

aguas jurisdiccionales en la ribera atlántica, se aprueba un presupuesto militar ridículo. Ello significa que

se consolida una insuficiencia de dotación material para el mantenimiento de la soberanía nacional en el

espacio territorial ampliado.

La ampliación debería haber sido acompañada de un programa de construcciones militares idóneo, que

además sería un inestimable balón de oxígeno para nuestra industria naval. Pero ni programa específico

para respaldar adecuadamente esa confusa ampliación territorial, ni tampoco para prevenir las graves

asechanzas exteriores e interiores que se ciernen sobre España. Es evidente que carecemos de una política

interior, de una política exterior y, en definitiva, de una política de defensa.

Saquen ustedes las consecuencias.

Ismael MEDINA

 

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