Autor: JASA. 
   De la sopa de letras al monopolio de poder     
 
 El Alcázar.    06/01/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 3. 

La jornada política

DE LA SOPA DE LETRAS AL MONOPOLIO DE PODER

Crecieron y se multiplicaron como la diáspora en primavera. Pero su vida, en la inmensa mayoría de los

casos, fue tan efímera como el rosal tardío en otoño. De 385 —nada menos— apenas deambulan con

mínima compostura una docena, quizá una veintena , a la sombra, el impulso o el reflejo, con eco

desbocado, del poder. ¡Dónde están, a dónde fueron los casi cuatrocientos partidos inscritos en la

ventanilla de Gobernación, allá por entonces, en aquellos tiempos remotos de la predemocracia en que el

Tribunal Supremo determinaba los criterios de legalidad? Se esfumaron. No quedó —no queda— ni

rastro. De la sopa de letras hemos pasado, en una extraña mutación la reforma, al monopolio bicéfalo del

poder.Extraña, rigurosa, implacable terapéutica de la historia. Las urnas decidieron que sólo dos partidos,

con el consenso obligado de los demás, habrían de gobernar con menos de la mitad de los votos

ciudadanos a sus espaldas una nación de 35 millones de habitantes. Fue —dijeron— la voz del pueblo.

Fue —pienso yo— un dramático secuestro de la auténtica expresión nacional. No lo entendieron así,

quizá, ni unos ni otros, ni vencedores ni vencidos. Los primeros nos invadieron de reinos de Taifas, de

regalías, de nepotismo, de esterilidad burocrática y de embriaguez demagógica. Los segundos,

increíblemente, aceptaron en muchos casos un lamentable papel de comparsa.

¿No cabía una oposición real y leal al nuevo «status» del cambio? ¿No existía ninguna posibilidad de una

tercera alternativa entre «los grandes»? El llamado «bipartidismo» se impuso totalitariamente devorando

cualquier contestación discrepante. En el nombre sagrado de la libertad se aplastó democráticamente la

libertad de los demás para pensar distinto. Y muchos ni siquiera protestaron. Aceptaron mansamente su

papel con docilidad, con sometimiento. Ahí los vieron ustedes a dos líderes de las minorías marginadas,

Tierno Galvan y Fernández de la Mora, en una extraordinaria lección de dominio intelecutal, sí, pero

también en una lamentable postración ante las vicisitudes del desgobierno. ¿No quisieron afrontar, acaso,

la empresa de la dignificación y representación de los excluidos? El rigor académico, la profundidad

magistral y la serenidad de dos brillantes cabezas de serie de la democracia liberal no ha deparado una

lamentable frustración de inoperancia. No, no se trata de reprocharles ni su elegancia doctoral ni mucho

menos el empeño con que respaldaron sus ideologías. Les faltó a los dos posiblemente, sobre todo, la

conciencia del pueblo que enarbolaron en sus esquemas. Y la seguridad de que, ante todo y bajo todo, late

el corazón inmarchito de España.

Fue un sabroso debate. Todo un contrapunto que marcaba la distinción entre políticos —gestores de la

voluntad nacional— y aficionados a la política. Muchos se acordaron de otro encuentro televisado,

igualmente ilustrativo, en el que comparecieron Nicolás Redondo y Marcelino Camacho. La diferencia

entre el coloquio del miércoles y la diatriba de hace unas semanas entre dos conocidos «líderes»

sindicales marca la ruptura entre un futuro articulado con precisión y la improvisación de dos advenedizos

de la partitocracia. Para mí, sobre todo, significó la convicción última de que diálogo debe ser el único

camino para una España en crisis de crecimiento. Muchos, ante el equilibrio de ambos interlocutores,

hasta hemos llegado a pensar ingenuamente que todavía puede ser posible en nuestra Patria una discusión

razonada, sopesada, argumentada, de los problemas que aquejan a la piel de toro hispánica.

¿Puede ser verdad? «Las bombas que lanzaron sobre nosotros no reflejaban ese estado de ánimo, ni

mucho menos». Lo dice un joven militante de Fuerza Nueva que se salvó por los pelos del atentado

recientemente producido en Valencia. Ni parecen reflejarlo la continua instigación a la violencia que

programa el marxismo en sus diversas esferas de actuación (cárceles, fábricas, Universidad...) con

amenazas manifiestas o veladas a las personas, las instituciones (si es que queda alguna sin demoler) o la

comunidad. «Fuera de todo maniqueísmo -afirma un joven profesor de Biología— lo que me parece claro

es que el comunismo busca por encima de todo la justificación de su comparecencia. El PCE no

solamente quiere intervenir politicamente; quiere que le llamen, que un clamor nacional exija su

presencia. Quiere ser el nuevo «Deseado» de la reforma democrática. Por eso su acción se concreta

mucho más en denunciar para motivar su oferta que en plantar cara resueltamente a las responsabilidades

de una oposición real». El PCE nos prepara como a catecúmenos inexpertos, para el advenimiento de su

Salvación, con mayúscula. Aquí no desea emplear los tanques del Pacto de Varsovia. Prefiere,

simplemente, motivar sicológicamente a la comunidad para que su llegada esté rodeada de un

inconsciente mar de puños encendidos. Las consecuencias vendrán después.

Me cuentan que UCD dispone nada menos que de un computador para anticipar los resultados del

referéndum con un margen de error inferior al 13 por ciento a nivel nacional. Casi nada. ¿Para qué votar,

me pregunto, si Suárez y su Gobierno conocen ya por anticipado los resultados de votación? ¿No será

mejor abstenerse para que las máquinas transmitan automáticamente a UCD nuestro inconfeso propósito

electoral? Es curioso cómo se propaga el afán de anticipación cuando resulta que ni trabajadores ni

vecinos se han pronunciado al respecto.¿Alguien quiere pensar por nosotros?

¿No estamos suficientemente maduros para votar solos? UGT y CC.OO. deben entenderlo así, cuando

resulta que «en nombre de la auténtica voluntad de los trabajadores» (¿?) han negociado por su cuenta y

riesgo contando con la anuencia de la Administración el calendario de las elecciones sindicales. Y lo que

es más gordo, se han negado en brillante comunicado a mantener negociación alguna con los sindicatos

que ellos califican y excluyen como «amarillos». Si la democracia y la concordia se mide en obras, las

centrales comunista y socialista han dado una jocosa lección de autenticidad exluyendo de todo diálogo a

quienes no comparten su mismo criterio. Aleccionador. Más sustantivo todavía es advertir las pintadas de

Comisiones Obreras convocando a la «unidad sindical». Por favor, ¿no habíamos quedado en que la

unidad fue una «turbia estratagema de la reacción franquista para sojuzgar a los trabajadores»? Mira por

dónde quienes más atacaron la unidad sindical existente en la desaparecida Organización Sindical son los

que ahora nos ofrecen otra unidad en la que, sin duda, ellos ocuparán la cima de la pirámide. Al final

igual resulta que CC.OO. no acepta las convenciones de libertad sindical dictadas por la OIT. Todo podría

ocurrir.

JASA

 

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