Autor: Medina Cruz, Ismael. 
   Otra falacia marxista     
 
 El Alcázar.    07/01/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

Crónica de España

OTRA FALACIA MARXISTA

¿Qué es la política?, le preguntó en una ocasión Franco al V Y entonces director del Instituto de Estudios

Políticos. El Jefe del Estado se apresuró a explicar lo que consideraba fundamento de su gestión política:

« El servicio al bien común de los españoles». Una aclaración de Fueyo sobre el concepto de la política,

dejaría ahora mismo en cueros vivos al Gobierno y a la cohorte partitocrática. Pero con el fin de que

entretanto todos nos entendamos propongo, la definición sintética del diccionario de la Real Academia:

«Arte, doctrina y opinión referente al gobierno de los Estados».

Considero imprescindible, en efecto, que nos pongamos de acuerdo sobre lo que unos y otros entendemos

por política, ante la necesidad de esclarecer de una vez por todas si las Fuerzas Armadas deben ser

apolíticas, no deben intervenir en política o si la suya es una función de trascendental dimensión política.

En cualquier tratadista no viciado por el sectarismo, podrán encontrarse razonamientos irrecusables sobre

las importantísimas e irrenunciables misiones políticas que siempre, también en los Estados democráticos,

han correspondido a las Fuerzas Armadas. Ante todo, la defensa y salvación de la Patria, que está por

encima de la Constitución, pues las constituciones son instrumentos circunstanciales nacidos de un

consenso social, mientras la Patria y sus fundamentos tienen entidad por sí mismos, al margen y por

encima de las constituciones. Debemos entender, por ello, que cuando se habla de marginar las Fuerzas

Armadas de la política, hay una referencia neta a su alejamiento de las confrontaciones partidistas.

Todas estas consideraciones son convenientes para enjuiciar desde otro ángulo las intolerables

declaraciones del presidente de la Comisión de Defensa de la Cámara de Diputados, cuyo peligroso

sectarismo se pone hoy aún más en evidencia, tras una interpretación coherente del comunicado de la

Capitanía General de la VI Región Militar, en relación con el procesamiento de Alberto Boadella y otros

componentes del grupo teatral Els Joglars. El señor Múgica Herzog reclama un «Ejército apolítico».

Pero en el contexto de sus declaraciones se descubre un entendimiento de las Fuerzas Armadas como

Ejército del pueblo, muy próximo al de Cuba, que en «El Imparcial» del 24 de diciembre describía el ex

embajador cubano Canto Hernández, sin omitir la decisiva participación que sus unidades convertidas en

fuerzas legionarias del imperialismo ruso-soviético, tiene en África. «Las fuerzas armadas revolucionarias

cubanas son las más poderosas de América, después de las norteamericanas», se dice en ese artículo.

Si tomamos en consideración que la renta per cepita de Cuba está muy por debajo de otras naciones

iberoamericanas con población extraordinariamente muy numerosa, parece evidente que Cuba es ante

todo una fábrica de soldados para la revolución mundial, bajo cuya bandera se ampara la estrategia

expansionista de Moscú. ¿Son apolíticos acaso los Ejércitos Populares de las democracias socialistas?

La argumentación del presidente de la Comisión de Defensa es grosera y zafia. No sólo en cuanto se

parapeta tras su condición parlamentaria para hacer política de partido, sino también en su mismo

contenido. El socialista señor Múgica, quiere hacer de las Fuerzas Armadas españolas unas « fas idóneas»

para la defensa de la democracia que buscan implantar los socialistas. No les interesan unas Fuerzas

Armadas al servicio de la Patria, sino subordinadas a un modelo específico de democracia. La suya, es

decir, la marxista. Por eso precisamente, porque poseen una concepción política de las Fuerzas Armadas y

las quieren como instrumento sectario de una democracia popular, o sea, de una tiranía ideológica,

necesitan purgarlas de lo que Múgica llama protagonismo franquista. Tan tosco eufemismo encubre en

realidad un objetivo más sustancial: desvincular las Fuerzas Armadas españolas de todo su pasado

nacional y de todos aquellos valores abstractos en los cuales se justifica su glorioso y secular servicio a la

Patria, por encima de los partidismos.

El 18 de julio de 1936, es peciso ratificarlo hoy, las Fuerzas Armadas no se alzaron contra un Gobierno

legítimo, sino contra una subversión revolucionaria de carácter marxista que había subvertido la

legitimidad de la República por análogos caminos a los que ahora se intentan. Esa es la razón de que,

aparte otras consideraciones, no quepa la cualificación de soldados para Lister, el Campesino u otros. No

pertenecían a ningún Ejército regular, sino que, ferocidades reconocidas aparte, eran terroristas formados

en una escuela extranjera y al servicio de potencia e ideología extranjeras, convertidos en cabecillas de

milicias revolucionarias irregulares.

Presentar como modelo posible esa imagen de Ejército del Pueblo, es tanto como proponer la conversión

de las Fuerzas Armadas de su antinomia más brutal.

Desde los anteriores supuestos se comprende con claridad la falacia del planteamiento socialista del

concepto de Fuerzas Armadas y de la reforma militar. Múgica dice que el socialismo quiere «unas

Fuerzas Armadas que cuenten con material suficiente y con medios idóneos». Pero socialistas, comunistas

y ucedistas, han llevado a las Cortes un presupuesto militar cicatero, humillante y, lo que es más grave,

muy por debajo de las necesidades objetivas de la defensa nacional, cuando hay motivos suficientes para

suponer que la guerra estalle en el Norte de África durante 1978 y en varias provincias españolas debe

admitirse la existencia de una auténtica guerra subversiva.

De las declaraciones del presidente socialista de la Comisión de Defensa se extrae de inmediato una

explicación, que es necesario dejar en su más descarnada osamenta. No se desea potenciar con material

moderno y medios idóneos a unas Fuerzas Armadas que en su actual contextura son consideradas

enemigas de la democracia popular. En parte todavía franquistas, en cuanto hicieron la guerra contra las

fuerzas democráticas, y también contrarias en lo restante, pues aun siendo sus cuadros de posguerra,

pertenecen al «Ejército (que) aparecía ante la opinión pública enajenado». Todo ello significa que el

Frente Popular ampliado sólo admitía recursos presupuestarios suficientes para unas FAS idóneas, o sea,

desprovistas de sus actuales mandos enajenados, a todos los niveles, e integrados por un voluntariado y

unos mandos que merezcan su confianza.

No me preocupa demasiado que socialistas y comunistas no sientan ya la necesidad de disimular sus

planes. Me produce escalofríos su seguridad en el éxito. Y ello, por cuanto el señor Suárez nos ha

demostrado hasta la saciedad que cede en cualesquiera terrenos, con tal de no dejar el sillón de la

Moncloa. Su comportamiento de triste concesividad en las Provincias Vascongadas, ante las presiones

nacionalistas, socialistas, comunistas y terroristas, concreta uno más de los estremecedores antecedentes

que me hacen temer nuevas y mucho más funestas claudicaciones.

Ismael MEDINA

 

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