Autor: Jato, David. 
   La oposición de Navarra al primer estatuto vasco     
 
 El Alcázar.    13/01/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

LA OPOSICIÓN DE NAVARRA AL PRIMER ESTATUTO VASCO

Un silencio incomprensible cubre un episodio que obviamente deberá ser objeto de múltiples

comentarios. Nos referimos a la aprobación, por el Congreso de Diputados reunido en Madrid,

del primer Estatuto Vasco. Pudiera obedecer este olvido de un hecho tan importante, a que el

máximo pontífice de la historia contemporánea, Ricardo de la Cierva, cometió el injustificable

lapsus de mencionar como única actividad parlamentaria durante la guerra «dos breves Plenos

en Valencia», saltándose a la garrocha, entre otras reuniones, las celebradas en la capital por

la Diputación permanente de las Cortes y este Pleno de la mañana del 1 de octubre de 1936,

calificado con evidente exageración, en el preámbulo de la proposición que otorgaba amplias

facultades al Gobierno, como «el más solemne quizá de la Historia».

El Estatuto Vasco se encontraba en dique seco desde que los Ayuntamientos navarros lo

habían rechazado por mayoría de votos en 1932, tras una campaña bajo el lema «Fueros, sí;

Estatuto, no». Aguirre reaccionó llamando traidores a los navarros: «Traición más grave aún

que aquella del año 1837 de los campos del Convenio de Vergara». El Gobierno, presidido por

Azaña, y del que formaban parte los socialistas, no era partidario de la proliferación de

estatutos de autonomía, que en este caso, en opinión de Indalecio Prieto, «conduciría al

establecimiento de una república vaticanista», y jugó con el antagonismo de Vitoria frente a las

dos provincias vascas hermanas, que se presentaba más peligroso al no poder apoyarse los

alaveses en los intereses que nos unían a Navarra. Claro es que Azaña y Prieto eran políticos,

no chamarileros.

«Mundo Obrero» comentó: «En plazo de minutos el Parlamento concede el Estatuto Vasco.»

Con las fuerzas nacionales en Toledo, cavándose trincherasen los alrededores de Madrid, y

Bilbao aislado y amenazado, no cabían regateos ni juegos florales sobre el tema. Vizcaya tenía

por la fuerza de los acontecimientos una autonomía más efectiva que la concedida por el

Congreso de los Diputados. De aquel acto en el que Aguirre se permitió la insolencia de decir

imperativamente: «Vais a aprobar y espero que sin discusión ni observación alguna, el texto de

la autonomía vasca» para continuar con un cinismo difícilmente superable, considerando que

se dirigía a los comunistas que proclamaban jefe y guía a Stalin, y sin pararse en

anacronismos, ni insalvables contradicciones: « Estamos a vuestro lado porque Cristo no

predicó ni la bayoneta, ni la bomba, ni el explosivo para la conquista de las ideas y de los

corazones.» En aquella sesión parlamentaria no se vitoreó a España ni una sola vez, pero sí a

Rusia y así figura en el Boletín Oficial de las Cortes, pese a que los asuntos del orden del día

no tenían la menor relación con la nación eslava.

Dado el desarrollo de la sesión, a la que asistieron apenas un centenar de diputados, se

comprenderá que todo el interés estuvo entre bastidores. Aguirre e Irujo habían negociado con

los socialistas la inclusión de Navarra en el Estatuto. Prieto les convenció de lo impolítico del

intento, « pues los sediciosos alegarían que a los navarros se les obligaba a formar parte de

una organización que no les era grata». Recordamos que la Constitución, elaborada por un

equipo bajo la dirección del socialista Jiménez Asúa, ponía como condición para el

reconocimiento de cualquier autonomía el asentimiento favorable de dos tercios de los votos,

en un referéndum expreso.

Aguirre, que no en balde recibió el apelativo de Napoleonchu, soñaba con otras conquistas

territoriales. Por encargo suyo, Irujo puso un telegrama al presidente de la Generalitat, en el

que utilizó modos imperialistas: «Felicitamos cordial y efusivamente a los hermanos de

Cataluña que forman un Ejército libertador, esperando poder abrazarnos muy pronto catalanes

y vascos a la vista del Pirineo, que unirá ambos pueblos en su futuro político.» Nos gustaría

que los honorables trujo y Tarradellas, entonces ministro en Barcelona explicaran por los

pueblos navarros y aragoneses el significado de esta intención de repartirse manu militari sus

territorios.

Como hemos apuntado, una de las dificultades que impedían la aprobación del Estatuto se

centraba en el carácter clerical del nacionalismo vasco, que les había llevado a tener

conversaciones con el general Orgaz con la intención de sublevarse contra la República laica.

Para que nadie se hiciese ilusiones sobre el significado político de la aceptación comunista del

Estatuto, «Mundo Obrero», desde los incautados talleres de la Editorial Católica, decía en su

titulares: « Pío XI, financiero del crimen ». Pueden figurarse el texto, sabiendo que iba

acompañado de un dibujo del Papa con orejasde murciélago y vomitando balas. En el propio

Bilbao, el día que se anuncia la aprobación del Estatuto, no sabemos si para celebrarlo, los

marineros del buque «Jaime I» organizaron una matanza en el barco-prisión «Cabo Quilates»

en la que de las cincuenta víctimas, quince eran sacerdotes. No podía extrañar que el periódico

«CNT» escribiera: «¿Cómo se arreglan ustedes para combinar su fe católica con el brío

anticlerical de nuestra Revolución?», y proseguían: «Dentro de la realidad ya decrépita de la

democracia burguesa, no tenemos nada que oponer al Estatuto Vasco. Hacer un Estatuto para

cada región, equivale a crear otros tantos Estados de vía estrecha, mediante los cuales podrán

ser ministros en su pueblo los que no han logrado «triunfar» en Madrid».

No faltaron nacionalistas que se quejaron de las raquíticas concesiones del Gobierno central,

pero se impuso el criterio del catalán Ayguadé «de tomar lo que se pudiera y seguir la labor»,

reforzado con la opinión de Carrasco Formiguera, en el sentido de terminar el proceso de

autonomía, enlazándolo en una integración europeísta. Las palabras del separatista

Carrascwprodujeron tal indignación entre los republicanos, que Companys se vio en el caso de

expulsarlede la minoría catalana. La semana pasada, Irujo repitió las palabras de Carrasco, con

la ya no sorprendente variante de haber sido bien recibidas por los atolondrados círculos

ucedistas madrileños. Otra forma análoga de entender el final a que conducen las autonomías

lo expresó un tal Figueroa, secretario general del Herriko Alderdi So-zialista Iraultzailea, al

defender el mantenimiento de la palabra independencia, referida al País Vasco, no como fin

inmediato, sin o con el propósito de « presionar para que la Constitución recoja el derecho de

autodeterminación de las nacionalidades».

Ante esta invasión de hipócritas blanqueados, resulta más clara, aunque salvaje, la postura

ETA.

David JATO

 

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