Autor: J. P.. 
   Miedos burgueses y Constitución     
 
 El Alcázar.    12/12/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

MIEDOS BURGUESES Y CONSTITUCIÓN

ENTRE el Centro Democrático, con todos sus resortes de poder aplicados abusivamente a

fondo, más el marxismo seudodemocrático, más el miedo infundido por uno y otro a la masa

neutra, temerosa del fantasma de una eventual guerra civil, sólo evitable, según el Frente

Popular Ampliado, mediante la aprobación del proyecto constitucional, el electorado español lo

aceptó por mayoría no muy holgada frente a una insólita y masiva abstención, cercana al 40

por ciento del censo, y un número de votos negativos curiosamente parco en los recuentos

oficiales. No ha sido un triunfo clamoroso, ni mucho menos, pese a las abrumadoras ventajas

del conglomerado promotor.

Sin tanta coerción efectiva de todas clases como la ahora ejercida sobre el voto adverso, fue

bastante más lucido, gracias al innegable y sugestivo poder de convocatoria popular del

General Franco, el referéndum de 1966, que abrió terminantemente el camino del trono al

actual Monarca, últimamente constitucionalizado.

Con todo, la Constitución de 1978 ha sido, en fin de cuentas, ratificada por el sufragio

inorgánico. ¿Porqué y cómo? Una vez más ha funcionado el voto popular, como ante un mal

menor y necesario, con la aburrida desgana de quien abre un último o penúltimo crédito a un

prestatario empedernido y nada seguro, girándole una renovada letra de complacencia, sin

serias esperanzas de buen fin —y en ningún caso como gozoso asenso a un ilusionado

proyecto de armónica, ordenada y duradera convivencia nacional— de tal manera que, el

español medio, políticamente descomprometido y sociológicamente «nostálgico», ha dado su

conformidad al texto «consensuado» y preconizado por este matrimonio de conveniencia —

más bien «ménage á trois»— ucedista-marxista, mixtura en la que el marxismo actúa como

socio industrial y como socio capitalista el partido del Gobierno. En todo caso, ni siquiera este

apurado logro se hubiera obtenido de no sonar estrepitosamente, como han sonado, los

clarines del miedo, maquiavélicamente dirigidos al buen burgués hispano, pacífico y cómodo,

por lo general, salvo en contados fastos épicos de nuestra Historia, en que hubo de sacar el

alma de su almario.

El acontecimiento no ha despertado —ésa es la verdad— ningún repique de gloria. Un análisis

sociopolítico de urgencia muestra, de una parte, que no se siente, ni podría sentirse, satisfecho

el marxismo, más o menos vergonzante, separatista y disgregador de nuestras tierras y de

nuestras gentes, porque esto no es lo suyo sino una simple tregua, un paso adelante hacia el

colectivismo totalitario y forzoso, a cambio de unas eventuales concesiones atinentes a la

forma monárquica de Gobierno, que las «bases» comunista y socialista, y hasta muy

posiblemente los mismos adalides rechazan visceralmente. Para el socialismo ibérico —diga lo

que diga— la vía democrática no es sino el fácil hueco de acceso al poder, cuando la vía

insurreccional para ganarlo al asalto no está a su alcance, ya que la democracia siempre ha

sido para ellos medio y no meta. Su objetivo no ha sido nunca otro que ganar las últimas

elecciones democráticas. Una vez alcanzado el poder, las demás se hacen ya innecesarias..

Del marxismo no se vuelve. Por el momento, sostiene a su aliada UCD como, en expresión

bien conocida, la soga sostiene al ahorcado.

En cuanto al conservadurismo sociológico, cuyo opaco si ha sido decisivo para la suerte de

este referéndum, sus motivaciones muestran una característica dominante tan peculiar como

lastimosa. El sí de este delicuescente sector ha sido el sí del miedo.: pavor insolidario,

irracional y egoísta al vacío y al caos bosquejados, en tenaz «lavado de cerebro», por el

implacable y exclusivista bombardeo de RTVE y de un amplio abanico periodístico hábilmente

orquestado, sin mayores respetos a la democrática igualdad de oportunidades. El vulnerable

sector en cuestión ama a una Bandera —la de siempre y la de todos, arrebatada a los patriotas

por imposición del comunismo, incapaz de encajar la derrota recientemente sufrida en la Plaza

de Oriente— pero, a lo peor, en un momento dado, y en busca de sosiego y de condumio

tranquilo e inmediato.

Vota a banderas bien distintas, como quien suscribe una póliza de seguro. Ese español medio,

timorato, ha votado tan sólo seguridad. No es que crea que todo va bien y que, con la

Constitución irá todavía mejor. Se conforma con no empeorar más aún. Sabe perfectamente

que bajo el signo constitucionalista del Cambio todo ha empeorado hasta límites angustiosos:

la unidad nacional y la solidaridad social; la moralidad ambiental; la economía en ruina, minada

por el cáncer de la trasnochada lucha de clases y de las «huelgas salvajes» a cargo de

sindicales al servicio de intereses políticos, con sus secuelas de descapitalización y paro

creciente, hasta el punto de que, en este área del desempleo, tanto a escala nacional como

regional o de las «nacionalidades», lo único que ha mejorado es el nivel de colocación de los

políticos profesionales, en paro forzoso —salvo algunos, como es notorio— durante largos

años de democracia orgánica. Vemos, ahora, merma de respetabilidad fuera, y anarquía y

terrorismo impune dentro. Nunca ha valido menos la vida humana, que el Estado está obligado

a proteger eficazmente contra el crimen y que, en la actualidad, resulta segada en cualquier

momento por atracadores, malhechores comunes, sicarios y terroristas de diversas sectas,

cuya preciosa vida, por contraste, está constitucionalmente garantizada, pase lo que pase.

Con lo que no hay, por ahora, guerra civil, pero sí, lo que es moralmente peor, unilateral

cacería, en la que unos disparan a mansalva y los otros —algún magistrado, militares,

guardianes del orden público, ciudadanos de todas clases— mueren y, a callar. España es

propicio coto de caza del rojo-separatismo.

Todo esto debe España, hasta aquí, al cambio político progenitor de la recién nacida

Constitución que, por supuesto —y sus propios promotores lo advierten, en previsión de

desencantos— no será inmediata panacea para tamaños males. No obstante, un nutrido

bloque burgués —aunque inferior, a todas luces, a lo previsto— ha votado esa Constitución,

que no es para ellos precisamente la Constitución de la prudencia, sino algo distinto y más

triste: la Constitución del miedo a hipotéticos extremos vaticinados como peores.

Refrendo social aplicado a desgana, como precario balón de oxígeno, a este equipo vacilante

cuya única decisión firme es la de perdurar a toda costa y no ceder los mandos, mientras

pueda conservarlos, ni aun a su grupo, marxiste, de relevo o alternativa de poder. Quizá

abrigue la panglosiana esperanza, este asustadizo votante burgués, de no ser él mismo la

próxima víctima del primer atentado, ni su caja fuerte la primera en ser robada, ni su hija la

primera en ser violada en plena calle, abandonada, con Constitución o sin ella, a la ley de la

selva.

Pero hasta este buen burgués, útil por impresionable, sumado hasta ahora como comparsa al

concierto constitucionalista, acabará, antes o después, por cegarse de luz y ver cómo cada

nación que sepa ganarla y merezca vivirla, tiene su propia amanecida.

J.P.

 

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