Autor: García Serrano, Rafael. 
   Grave injusticia contra Suárez     
 
 El Alcázar.    12/12/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

GRAVE INJUSTICIA CONTRA SUAREZ

DOMINGO, 10 DE DICIEMBRE Y LUNES 11.

El sábado hice fiesta por mi cuenta y riesgo, más que nada para probar a qué sabía el primer

sábado constitucional. Un pretexto como otro cualquiera, pero que al menos me sirvió para no

leer ni un periódico en todo el día. Aun así, todavía me ataruga el exceso de papel leído en los

días que precedieron al referéndum.

El séptimo descansé apaciblemente, entregado a otras lecturas, meditando en que si no quito

carpetas, cuadernos, recortes, cartas, cartas sin contestar, revistas de la mesa, la mesa

acabará por devorarme a mí. La máquina se mueve sobre el cristal de la mesa con la misma

facilidad que un velero atrapado fjor los hielos del Ártico. Cuando escribo, la máquina queda tan

lejos de mi base natural, el sillón con el trasero decorosamente acomodado, que tengo la

sensación de lanzar dedos-paracaidistas sobre el teclado. Es como si viviese una acongojante

pesadilla de la que nunca despertaré.

Menos mal que en la mañana del lunes me he enterado de que el Premio Nobel de la Paz,

tradicional y escandalosamente concedido —en cuanto a su acierto, me refiero, que está

sometido al libre examen— por un comité noruego o por la Academia Noruega, fue entregado

con solemnidad militar el domingo. El premio Nobel de la Paz se les otorgó, como cualquiera

sabe, a dos de los más conocidos belicistas del mundo, el señor Sadat, presidente de Egipto, y

el señor Begin, primer ministro de Israel. Muchas guerras ha habido desde que acabó la

Mundial núm. 2, pero ninguna con tantas representaciones como la que mantienen Israel y

Egipto. Era lógico, pues, que el premio se entregase en mano al primer ministro Begin y al

representante del presidente Sadat, en un castillo, y no en una Universidad, y resultaba lógico

que el castillo estuviese rodeado desoldados, armas, vigilancia aérea y despliegue de

guardaespaldas. Nunca un Premio Nobel de la Paz se vio tan armado. La famosa paloma huyó

espantada por el estruendo que producían los helicópteros. También era lógico que el monarca

sueco se durmiese durante la ceremonia, porque la verdad es que entre los hebreos y los

egipcios, además de sus aliados respectivos, están aburriendo al mundo de una manera

abrumadora.

Es un premio dado injustamente más que a dos hombres, a dos países que no se distinguen

por su pacifismo precisamente, salvo que se considere pacifismo al número de veces que

hacen la paz después de hacer la guerra. A mí me parece que el único pacifista de verdad en el

mundo actual es nuestro presidente Suárez, y que él debiera haberse llevado la medalla de oro

y las setecientas veinticinco mil coronas noruegas que constituyen el Premio Nobel de la Paz,

ahora dividido en dos medallas y dos cheques por la mitad de la cantidad citada. A Suárez le

matan gente a chorros en el país vasco y en Navarra, y también en algunas otras provincias y

no pasa nada. A Suárez le atacan barcos de pesca los mauritanos, los saharauis, los polisarios,

los marroquíes, tos-argelinos, los franceses, los irlandeses, los ingleses y no sé si alguna otra

flota del Mercado Común, y no pasa nada. Le secuestran y asesinan pescadores, y no pasa

nada. Le vuelcan camiones los franceses del «Midi», con frutas y verdurasen tránsito para otros

países, y no pasa nada. Contempla la posibilidad de un desmoronamiento de la unidad

española, y no pasa nada. Le asesinan generales, jefes y oficiales, y no pasa nada.

Suárez, cristianamente, lo soporta todo. Incluso pone la otra mejilla, generalmente la mejilla de

Oreja (don Marcelino), de don Leopoldo, del señor Gutiérrez Mellado, de Sánchez Terán, del

ministro de turno. Nadie es perfecto espiritualmente, de modo que se le puede disculpar que

ponga la otra mejilla, si bien de otra persona, en lugar de la suya, pero hay que excusárselo

también físicamente porque tiene mucho dolor de muelas, y si encima va y pone la mejilla vaya

usted a saber qué complicaciones odontológicas se podría buscar.

En el castillo medieval donde el rey de Noruega ha entregado el Nobel de la Paz, Adolfo

Suárez hubiera hecho mejor papel, y sobre todo más justo que el señor Begin y el

representante del señor Sadat, que a lo mejor el mes que viene andan ya a trompadas.

Con Suárez la paz está asegurada siempre, porque quien ocupa el poder es él y quien manda y

gobierna o desgobierna o no hace nada o desestabiliza es siempre el enemigo.

¿Habrá encontrado el bálsamo de Fierabrás del equilibrio político?

Rafael GARCÍA SERRANO

 

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