Autor: Soria, Mario. 
   Del aborto     
 
 Arriba.    12/05/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

DEL ABORTO

CON motivo de la ley que ha aprobado el Parlamento italiano, permitiendo en numerosos casos el aborto

directamente provocado, otra vez ha surgido la polémica, de suma aspereza en ocasiones, tal como lo

prueban los diarios religiosos de aquel país. Ahora bien, prescindiendo de situaciones particulares, se

plantean tres tesis respecto de la interrupción deliberada de la gestación: en cualquier caso es legítima,

siempre que la deseen los padres de la criatura; nunca lo es; sólo algunas veces es lícita moralmente.

Aceptar o negar a rajatabla el abortó tiene el inconveniente de todas las actitudes terminantes, que no

consideran la enorme complejidad de lo real y tropiezan, al aplicar los principios, con tal cantidad de

dificultades, que o se sumen en la perplejidad, o convierten dichos principios en una casuística capciosa, o

los inutilizan por completo. Es, pues, el aborto algo ni condenable «a priori», ni deseable con ese

entusiasmo absurdo que para defenderlo derrochan algunas pandillas de jovenzuelos y ciertos provectos

varones, de los cuales cabría esperar más seso.

Han sido vencidos en Italia los enemigos incondicionales de esta práctica, cómo lo fueron en Estados

Unidos, Japón, India, Inglaterra, Francia. Se han estrellado sus argumentos contra la indiferencia y la

beata docilidad con que se somete la mayo-ría a cuanto te indiquen sus mentores políticos y periodísticos.

Porque en tema tan grave priva la moda, igual que si se discutiera el pintarse de rojo o de verde las uñas,

y todos pretenden secundar lo que se llama progreso, sin averiguar con detenimiento a dónde lleva ese

hipotético progreso.

Comprendemos y creemos necesario que se regule la natalidad sin prejuicios ni gazmoñerías y que, en

última instancia, se permita la expulsión deliberada de un feto inviable (cosa que deben los médicos

determinar) siempre que esté en peligro la vida de la madre, o tenga ya la familia dos o tres hijos, o el

aumento excesivo de la población dé al traste con cualquier .adelanto económico, cual sucede en

Iberoamérica y en muchos países de Asia y del continente negro. No es justo ni prudente que se

reproduzcan sin juicio ni límite personas incapaces efe criar y de educar a sus hijos, los cuales

compondrán a la larga una legión miserable, sin oportunidad de aprender nada de la compleja preparación

que exige la sociedad industrial, cantera de ganapanes que sólo obtienen de sus esfuerzos unas

monedas para subsistir y son presa fácil, por su ignorancia y BU desesperación, de los demagogos. O bien

si intenta remediar tal situación el Estado, construyendo asilos, colegios, hospitales, cárceles, se desploma

sobre las espaldas de 1» comunidad un peso que no puede descargarse más que aumentando los

impuestos y exprimiendo a los ciudadanos útiles para alimentar a una muchedumbre ociosa, de la que ni

siquiera se sale si tendrá ocupación fructífera el día de mañana.

Más, por otro lado, resulta suicida que pueblos ricos, únicamente por no renunciar a algunas comodidades

superfluas, restrinjan los nacimientos, preparando asi a plazo no remoto la decadencia irremediable de

toda esa riqueza que tanto les enorgullece. Una población que envejezca sin pausa es una población que

produce cada vez menos, en la que tiene la minoría de jóvenes y de adultos en la fuerza de la edad que

cuidar de un número creciente de jubilados, hasta que llegue el momento en que sea el trabajo insuficiente

para que vivan las obreras y los zánganos de la monstruosa colmena y se imponga fe eutanasia de la

manera más despiadada.

Mario SORIA

 

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