Autor: Martín Artajo, Javier. 
   A los que trabajan la tierra siempre les toca las de perder     
 
 Ya.    12/05/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

A LOS QUE TRABAJAN LA TIERRA SIEMPRE LES TOCA «LAS DE PERDER»

Un sistema mixto, estatal y privado, será el único capaz de cubrir un seguro eficaz de los riesgos agrícolas

* El agricultor que privadamente se tuviera que asegurar de todos sus riesgos, lo primero que se habrá

asegurado será su propia ruina

OTROS años por estas fechas, los que escribimos sobre "estas cosas del campo" por sentirlas como

propias, teníamos que acudir a la mención de fechas fatales, recordadas por "los más viejos de la

localidad" que habían visto sus tierras inundadas, las flores de sus frutales convertidas en ceniza por la

helada o sus frutos ya cuajados destrozados por el pedrisco...

Por desgracia, en esta primavera no tenemos que recurrir a la memoria, sino que bastará que salgamos al

campo, con los ojos muy abiertos, para ver que las cosechas que se iban cuajando poco a poco, en brotes

vigorosos, capullos entreabiertos, siembras encañadas y lozanas hortalizas se han convertido en un

desolador campo de batalla perdida en un par de horas de helada mañanera o en unos minutos de

granizada alrededor del mediodía, en los últimos días del pasado mes de marzo.

SERIA de muy mal gusto que la propaganda del seguro agrícola, que por estas fechas es oportuno hacer,

echasa en cara a quienes les ha tocado sufrir no sólo en su bolsillo, sino también en su corazón, la tragedia

de ver truncadas sus esperanzas, también en flor. Un año agrícola que se anunciaba como espléndido será

una ruina para muchos agricultores, porque los riesgos son ya irremediables realidades, que han

alcanzado una intensidad y extensión poco comunes. Lo mismo las viñas de la Rioja que las de la

Mancha, las cepas de la Sagra o de la Tierra de Barros, los frutales de Lérida y los de Aranjuez, los

almendros de Levante y los olivos de Andalucía y Extremadura, y, en general, la cosecha del presente año

agrícola en las comarcas más fértiles, adelantadas por los calores y lluvias de febrero, han visto sus frutos

diezmados y hasta totalmente perdidos por las heladas y el pedrisco desatados por los vientos polares

llegados de Siberia. Y es que las fuerzas climatológicas, lo mismo que las ráfagas políticas, no se originan

en el área de nuestra Península, sino que nos llegan desde más allá de nuestras fronteras, aunque nosotros

las atribuyamos al pico del Moncayo, al puerto de la Molina o a la sierra de Guadarrama.

EL resultado es bien triste: nuestra economía ha registrado una quiebra en su sector principal y primario,

el agrícola, y los que han quedado arruinados son los pequeños, medianos o grandes agricultores, a

quienes se les vinieron encima tan traidores siniestros. Ya es grave el riesgo de ser agricultor; si el año es

malo, no tendrá productos que vender, y si es bueno, la baja de los precios será tan catastrófica o más

que la peor sequía. Total, que a los que trabajan la tierra siempre les toca "las de perder".

Pero dando por inevitable tal inseguridad natural de quienes tienen montada su fortuna "a la intemperie" -

meteorológica o comercial -, bueno será que hagamos lo posible por superar los riesgos eventuales y

previsibles de las cosechas que, cuando se convierten en realidades, pueden acabar con los ánimos de las

gentes más esforzadas y suscitar en su conciencia el remordimiento de no haberlos previsto y asegurado a

tiempo.

Pero este remordimiento ha de llegar también a la conciencia colectiva del Estado español, que debe

equilibrar las cargas y los beneficios de los distintos estamentos sociales y de los diversos sectores del

país. Será preciso establecer un régimen de seguro extenso y equitativo para reparar el riesgo entre todos

los agricultores.

PERO la experiencia nos dice que las primas de los riesgos catastróficos no bastan para hacer frente a los

grandes siniestros, como el que acaba de azotar a nuestras plantaciones y siembras; también tales riesgos

deberán preverse y compensarse a través de un alto organismo bien montado. Es de alabar la instauración

del Seguro Nacional de Cereales (SEMPA) contra incendios y pedrisco. Las ayudas suministradas al

agricultor en casos de cosechas catastróficas durante la campaña 1974-75 rindieron efectivos resultados, y

en la del último año agrícola parece que las primas recaudadas superaron con mucho los siniestros -

atendidos, por valor de quinientos millones de pesetas. Pero cuando han llegado las catástrofes de la

primavera pasada, estas cifras resultan ridículas; aunque afortunadamente no llegarán a los treinta mil

millones de pesetas, calculadas en un principio, sí es seguro que sobrepasarán los diez mil millones.

SERIA iluso pensar que los agricultores directamente afectados han de reponer sus pérdidas. Por otra

parte lo único que se puede esperar de la ayuda oficial improvisada es que las subvenciones y planes

ofrecidos a las "zonas catastróficas", con cargo al crédito del Ministerio de Hacienda u otros

departamentos ministeriales y corporaciones públicas, puedan levantar la economía general de las

comarcas más abatidas. Igual resultado se obtendrá con la dedicación de fondos del paro obrero para

realizar obras urgentes y la concesión de cupos de viviendas de protección oficial. Absorberán el paro,

que no es poco, pero no remediarán los bolsillos del "agricultor desconocido"

TODAS estas ayudas deberían institucionalizarse, convirtiéndose en contribución obligada, a un

SEGURO NACIONAL DE COSECHAS, estable c i d o con un sentido solidario entre todos los

agricultores, con carácter mutualista, es decir, sin que pueda dar lugar a beneficios. Difícil será precisar la

cuantía de las primas, en proporción a los cultivos y al porcentaje de cobertura. En todo caso, es evidente

que a os¡»e gran fondo asegurador tendrá que contribuir directamente el Estado, con subvenciones

proporcionales a las aportaciones de los beneficiarios. Llegados los siniestros, en .vez de improvisar

indemnizaciones y repartir a voleo beneficios indirectos, el SEGURO NACIONAL DE COSECHAS, a

través de sus secciones correspondientes, cubrirá los riesgos asegurados. Como entidades colaboradoras

de tal SEGURO NACIONAL podrán actuar mutualidades comarcales y regionales perfectamente

reglamentadas y solventes, como lo son las que actualmente funcionan.

ESTE sistema mixto, estatal y privado, será el único capaz de cubrir un seguro eficaz de los riesgos

agrícolas. El seguro privado no es suficiente para cubrir la siniestralidad del campo, pues sus primas

resultarían tan elevadas que el agricultor que se tuviera que asegurar de todos sus riesgos lo que por de

pronto habrá asegurado será su propia ruina, como alguna vez nos hemos atrevido a denunciarlo.

Javier MARTIN ARTAJO

 

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