El Príncipe en la Jefatura del Estado     
 
 ABC.    20/07/1974.  Página: 16. Páginas: 1. Párrafos: 16. 

ABC; SABADO 20 DE JULIQ DE 1974. EDICIÓN PE LA MAÑANA. PAG. 18.

EL PRINCIPE, EN LA JEFATURA DEL ESTADO

El artículo once de la Ley Orgánica del Estado (10 enero 1967) dispone: «Durante las ausencias del Jefe

del Estado del territorio nacional, o en caso de enfermedad, asumirá sus funciones el heredero de la

Corona si lo hubiere y fuese mayor de treinta años o, en su defecto, el Consejo de Regencia. En todo caso,

el presidente del Gobierno dará cuenta a las Cortes.»

La norma era, sin duda, previsora y prudente. Es decir, tenía un superior valor político porque

contemplaba, con enfoque constructivo, el futuro. Dos años después, en julio de 1969, en acto de máximo

rango político, con votación nominal en las Cortes, fue refrendada la designación del Príncipe Don Juan

Carlos como «sucesor en la Jefatura del Estado, a título de Rey».

Esta investidura, solemne y firmísima —solemne y firmísima, repetímos, para que ninguna de las

interpretaciones hilvanadas con criterio coyuntural equivoque a la opinión pública— obligaba, por

congruencia constitucional, a una aclaración del artículo once de la Ley Orgánica del Estado, porque ya

existía heredero de la Corona; existía ya sucesor.

De modo, pues, perfectamente congruente, se promulgó la ley de 15 de julio de 1971: «Corresponden al

Príncipe de España, Don Juan Carlos de Borbón y Borbón, sucesor a título de Rey en la Jefatura del

Estado, las funciones que el artículo once de la Ley Orgánica del Estado encomienda al heredero de la

Corona.»

En virtud, por lo tanto, del mecanismo legal previsto, con absoluta normalidad constitucional, ha asumido

el Príncipe Don Juan Carlos las funciones correspondientes a la Jefatura del Estado.

Y ha sido, para que resulte más impecable el sistema, el propio Franco quien, en situación de enfermedad,

ha dispuesto que el presidente del Gobierno dé cuenta de la misma a las Cortes, a los efectos legales de

las disposiciones previstas que hemos reseñado en los párrafos anteriores.

* * *

Estamos seguros de interpretar el sentir de todos los españoles, en estos momentos de honda

preocupación nacional, al hacer los votos más sinceros por la pronta recuperación de Franco, por su pleno

restablecimiento.

Nada urge hoy, sin embargo, tanto como subrayar el exacto ritmo, la normal cadencia, con las que se han

cumplido, al nivel altísimo de la Jefatura del Estado, las disposiciones previstas para la emergencia que

ahora vive el país. Y se han cumplido, además, y ello merece enorme elogio, con plenitud informativa;

con la pública explicación que es debida a la consciente ciudadanía de España.

No se trata de una transmisión de poderes; no se trata, bien claro está, de una anormalidad, ni de una

solución de urgencia ante un caso imprevisto. Todo, a partir de la situación de enfermedad del Jefe del

Estado, queda inserto en el marco de unas previsiones avaladas por su perfecto funcionamiento, por su

cumplimiento, cuando ha llegado el tiempo de ponerlas en práctica.

El Principe de España asume, en los límites temporales del supuesto legal —en este caso, los de la

enfermedad— las funciones correspondientes a la Jefatura del Estado.

Ni un paso más porque, afortunadamente, no es necesario; ni una atribución menos porque

constitucionalmente no sería válido.

* * *

Al sereno, tranquilo, normal proceso de puesta en práctica, sin fallo ni demora, de las disposiciones

constitucionales previstas, debe corresponder, deba, acompasarse, la serenidad consciente de la actitud

ciudadana.

Glosando el 18 de Julio escribíamos, anteayer, que la política no es arte o ejercicio sometido al fatalismo,

sino que comprende la consumación de decisiones prudentes que «al andar van haciendo camino; que al

cumplirse van prefigurando futuro».

Claro es que las solas decisiones o actitudes de poder no encerrarían una plena virtualidad si la

comunidad política, si la actitud general país, no las acata y secunda.

Para la condolida expectación de España en estos momentos, resulta estímulo de superior fuerza positiva

y garantía clarísima de continuidad, sin fisuras y con orden ejemplar, la presencia ejerciente del Príncipe

Juan Carlos de Borbón en la Jefatura del Estado.

 

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