Declaraciones de Doña Pilar Franco a "El Ideal Gallego". 
 "Poderes y el Príncipe" fueron las primeras palabras de Franco tras recuperarse de la hemorragia     
 
 Informaciones.    23/08/1974.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 59. 

DECLARACIONES DE DOÑA PILAR FRANCO A «EL IDEAL GALLEGO»

«PODERES Y EL PRINCIPE» FUERON LAS PRIMERAS PALABRAS DE FRANCO TRAS

RECUPERARSE DE LA HEMORRAGIA

LA CORUÑA, 23. (LOGOS.)—«Ayer visité a mi hermano y lo encontré pero que muy bien. Acudí al

pazo por la tarde. Se pasó casi toda la tarde paseando arriba y abajo por el paso. Se subía las cuestas que

era un contento. Entonces me enfrenté con el doctor Pozuelo y le pregunté:

—¿Pero es que tan bien va?, y me respondió: «Señora, Su Excelencia va mejor día por día» —afirma

doña Pilar Franco Bahamonde en una entrevista que publica hoy «El Ideal Gallego», firmada por

Ezequiel Pérez Monte, en la que, entre otras cosas, dice:

—Perdón, señora, ya podía haberle preguntado personalmente a su hermano.

—Y sí lo hice. Le pregunté: «Paco, ¿cuánto tiempo te vas a quedar en La Coruña? ¿Acaso hasta cumplir

el mes de estancia?», y me respondió: «Depende de lo que digan los médicos».

—Señora, ustedes los Franco son de estirpe fuerte.

—Ya lo creo. No, yo no oculto mi edad. Mire, le voy a decir una cosa: Cuando yo cumplí ochenta años lo

celebré por todo lo alto en el hotel Meliá de Madrid, para demostrar que con ocho décadas se puede

pensar, bailar y, desde luego, trabajar. Yo tengo ochenta años y medio hasta el próximo 27 de febrero, en

que tendré ochenta y uno. Mi hermano Paco me lleva quince meses. Y yo le digo a mi hermano: «Paco,

nunca decías mis años, pero desde que los periódicos publican los tuyos me veo en la necesidad de

confesar que los míos son tantos...»

—¿Y qué hace doña Pilar Fratíco cada día?

—Me levanto a las ocho y media de la mañana. Arreglo mi casa y me voy a la calle a trabajar en mis

asuntos. Me quedé viuda con diez hijos. Mi marido murió de lo que había sufrido en la guerra.

—Doña Pilar, usted ha estado siempre en la cuarta o quinta fila de la popularidad familiar, ¿cómo se

explica que de un tiempo a esta parte venga ocupando lugares de privilegio en los medios informativos?

—Mire, hijo, esta reciente popularidad no significa nada. Un día acudes a entregar los premios a los

pescadores deportivos, por ejemplo, y al día siguiente cuatro clubs de la especialidad quieren que repitas.

Un día presidí en Valencia el Jurado de un festival de la canción. Bien, pues en la jornada siguiente tocha

los festivales pretendían lo mismo. Yo paso al mendigo a mi casa. Le abro y si puedo le ayudo.

LA CAUSTICIDAD GALLEGA DE FRANCO

—Señora, ¿de qué cosa no le gusta hablar al Caudillo?

—Cuando algo no le gusta, cambia de conversación. Pero realmente contesta a todo. Lo que ocurre es que

responde con una acusadísima retranca gallega. Es tan metido en sí que lo que sabe no sale de su mente.

Tú veras: siempre que va a haber una crisis te dan —claro, como eres hermana del Caudillo— 20 notas

con 20 personalidades diferentes de Gobierno. Pero en la última ocasión todas las listas coincidían en

todos los nombres. Bien, el día de la lista yo comí en El Pardo. Le dije a mi hermano: «Oye, Paco, qué

casualidad, esta vez, todas las listas coinciden» (Normalmente, ¿sabes?, mira las listas y acostumbra a

decir: «Qué casualidad, no conozco a ninguno.».) Bueno, es el caso que Paco me pre, gunta: «¿Y quiénes

son?» Mi hijo Nicolás estaba presente y respondió: «Tío, ya me acuerdo, son estos...» El Caudillo sigue

comiendo como si tal cosa, y yo, que ya saltaba, le pregunté: «¿Pero es que no los conoces?» Me

respondió mi hermano: «Alguno, alguno me suena.» Qué te parece: ¡Le sonaba alguno y a las siete y

media de la tarde Televisión daba la lista y nada menos que diez de los citados en la comida salían

ministros!

PERÓN Y SU HERENCIA

—Usted ha estado de siempre muy vinculada a la familia Perón, ¿cree que doña Estela —para usted,

Isabelita— podrá regir por mucho tiempo los destinos de Argentina? ?

—Verás, verás. Esta pregunta me resulta muy difícil, caramba. Isabelita nos dio ahora una prueba de

valor, al mandar al Ejército salir a la calle. Yo tengo tanta intimidad con la familia Perón que enfermé

durante cinco días cuando supe la muerte del Presidente. Ayer miércoles le explicaba yo en el paseo a mi

hermano Paco cómo yo le decía a Perón: «Echa las fuerzas a la calle o no te haces con el país.» Y

respondía: «Pilar, he regresado a mi tierra para traer la paz, no la guerra.» Porque, ¿sabes hijo?, yo fui por

ocho días a la Argentina, invitada por Perón... Y me obligó a estar veinticinco. El se dedicaba por la

noche a programar mis excursiones del día siguiente.

—Doña Pilar. Volvamos al tema central: ¿Qué características esenciales distinguen a Franco en el ámbito

familiar?

—Pues mira, que es mejor que todos los demás. No es apasionado ni rencoroso.

—¿El peor momento para usted en relación con la reciente enfermedad de su hermano?

—Cuando la hemorragia. Yo estaba en Ibiza, en el campo. Me buscaron por todas partes para decirme

que el Caudillo estaba grave, cuando yo creía que ya estaba bien. Y pude venirme a escape a Madrid,

gracias a haber aprovechado un vuelo «charter» de regreso. Llegué a Madrid, fui a la clínica v ya había

pasado el momento crítico.

—¿Hay algún familiar in fluyente en el ánimo de su hermano?

—Creo que no. El es muy suyo y lo que cree que debe hacer lo hace por encima de la voluntad del mundo

entero.

—¿Le ha visto preocupado muchas veces?

—Nunca. Cuando en la guerra las noticias no eran buenas y discutía con sus generales, les decía:

«Vamonosa la cama que mañana, con el sol, veremos las cosas de otra manera».

—¿Cómo se llaman ustedes actualmente en la familia?

—Pues, yo, le llamo Paco, y él me llama Pilar.

—Doña Pilar, ¿se aconseja Franco de alguien?

—En los cambios de Gobierno sí. No sé con quién se aconseja, pero algunas veces los Consejos no son

rotundamente buenos. Escríbelo así, te lo pido yo.

—¿El acto más importante de su hermano como Jefe de Estado, a juicio de usted?

—Para mí, haber salvado a España de aquel momento comunista y, sobre todo, el haber sabido

permanecer neutral en la guerra mundial, en contra de la opinión de casi todos los españoles. Mira, sí, te

voy a contar una cosa que nadie sabe, pero que merece ser oída. Verás, en la reciente enfermedad de mi

hermano me han llamado desde la misma Rusia muchos españoles. Y decían lo que sigue: «Señora,

sabemos que usted va a contarnos la verdad, ¿como está él? Sí, es cierto que nosotros estamos aquí, pero

también es cierto que cuando nuestras familias van ahí, a España, afirman que se puede vivir, y bien». Y

me llamaron de Bélgica, en un español hablado gangosamente. Y yo no podía dormir con tantas llamadas

de españoles del otro lado. Hay que sobreponerse a las lágrimas, hijo mío, porque las lágrimas sólo

estropean los ojos.

—Señora, con toda la sinceridad del mundo, respóndanos, por favor, ¿qué fue lo primero que dijo el

Caudillo, tras haberse recuperado de su grave enfermedad?

—Estas palabras: «Poderes y el Príncipe». Eso dijo, de verdad.

—Doña Pilar, vamos a hacer, si usted me lo permite, un repaso al carácter de los hermanos Franco: ¿don

Nicolás?

—Un hombre muy animado. Un juerguista sempiterno. Le digo a usted, que lo escriba así. Póngalo, que

si me riñe me río.

—¿Don Ramón; que en paz descanse?

—Un poco metido en si, y con gran talante, como demostró al volver a Buenos Aires.

—¿Don Francisco?

—Se ha hecho el molde de él, y después se ha roto. Es incomparable.

¿Doña Pilar?

—La vida me ha tratado bastante mal. Me quedé viuda con 10 chiquillos y trabajé para ellos. Pero las

penas me duran poco: estoy siempre de buen humor.

—¿Ha visto usted llorar a Franco?

—Qué quiere que le diga... Le he visto emocionarse multitud de veces. Anteayer, miércoles, yo fui a

Labacolla a despedir a la princesa Smilia (hijo, escríbelo como quieras, que yo tampoco sé cómo se

escribe; total, esa princesa tiene muchas consonantes en el nombre); bueno, pues fui a Labacolla. Y unas

monjitas me dijeron que habían rezado a fondo por mi hermano. Bueno, en cuanto llegué al pazo por la

tarde se lo conté, y se le llenaron los ojos de lágrimas. Y no te digo nada el otro día, cuando le recibió la

provincia. Todas las personas en la carretera hasta el pazo..., Santo Dios, se puso a parpadear, que es

como hace cuando quiere contener las lágrimas.

—Permítame que varíe el tema de la charla. ¿Ve usted, señora, en su sobrino don Nicolás Franco Pascual

del Pobil un auténtico futuro político?

—Pues, pues..., puede tenerlo. Es un chico trabajador y le gusta la política. Sin embargo, te voy a decir

que yo tengo seis hijos varones y no quiero que, en vida de su tío al menos, se dedique ninguno a la

política.

—Comprendo, señora. ¿Qué hay del asunto de un barco a fletar por orden de Su Excelencia?

—Hijo, tú has oído campanas y no sabes dónde. Verás. Durante mi estancia en Argentina fueron a verme

notables núcleos de republicanos, hoy pensionistas jubilados en Argentina. «Doña Pilar —me dijeron—,

queremos ir a morir a España; pedimos al Generalísimo que nos ponga un barco gratis.» Ya se lo dije a mi

hermano.

—Y..., doña Pilar...

—Y piensa poner el barco.

—¿Cómo son las relaciones de usted con el marqués de Villaverde?

—Tengo que proclamar bien alto que Cristóbal me ayuda muchísimo en mis obras de caridad, y lo hace

siempre que se le pide. Tiene un gran corazón y ha operado gratuitamente muchos casos que le he

llevado. Tal es la verdad. ¿Sabes lo que le ocurre a Cristóbal?, que tiene a veces un carácter violento. Pero

a veces también conviene.

—¿Y qué tal se lleva usted, doña Pilar, con la primera dama de España?

—Mi cuñada Carmen y yo nos llevamos perfectamente. Es la mejor persona del mundo. Es una primera

dama excepcional, detalle que reconoce y admite toda España.

—Parece que el Caudillo ha engordado un poco...

—Puede usted asegurar que mi hermano ha aumentado un kilo de peso desde que está en el pazo de

Meirás. Claro, yo le dije: «Paco, ya te estarán llenando de papeles.» Y me respondió: «Aquí no tengo

papeles ahora.»

—A juicio de su hermano, ¿cuál cree usted que se parece más en el carácter?

—Mariola.

—¿Qué admira usted más de su hermano?

—La serenidad.

—¿Cuándo le ha visto feliz o riendo?

—Feliz, en las bodas de sus nietas o en los bautizos de los chiquillos de la familia. Cuando le. cuento los

chistes que circulan por Madrid, los que se pueden contar, claro, y se «troncha» de risa.

—Señora, de una vez por todas, ¿está Su Excelencia en el uso de la voz, o entra en lo posible que la haya

perdido?

—Rotundamente, no. No la ha perdido. Mi hermano tiene voz, pero un poco baja. Me conduzco con

sinceridad si te digo que no sé si está dando lecciones de foniatría.

INFORMACIONES

23 de agosto de 1974

 

< Volver