Autor: Cortés-Cavanillas, Julián (ARGOS). 
   El Concordato de Pio XII     
 
 ABC.    15/03/1974.  Páginas: 1. Párrafos: 3. 

EN POCAS LINEAS

EL CONCORDATO DE PIO XII

Debo disentir de Emilio Romero en un punto concreto del artículo que su agudísima pluma ha escrito,

inaugurando una nueva sección de comentarios políticas bajo el titulo de «Luz verde». El director de

«Pueblo» afirma rotundamente lo siguiente: «El viejo Concordato suscrito por Doménico Tardini,

Martín Artajo y Castiella no puede seguir siendo invocado sin un justo reproche de habilidades o de

hipocresías. España firmó aquel texto en el peor momento de su situación política exterior, y el Vaticano

se aprovechó de ello. La Iglesia romana de aquel tiempo era la de. Pío XII.» La verdad histórica —no la

de la propaganda política— es muy distinta en el orden concordatario. Realmente, la Santa Sede hizo

cuanto le fue posible para no verse obligada a firmar un Concórdalo con España que no deseaba. La

realidad es que no lo consiguieron, a pesar de sus esfuerzos, los embajadores Y a n g u as Messía,

Barcenas, Aycinena y Ruiz Giménez, que encontraron siempre los mayores obstáculos y las más

desorbitadas peticiones para que el Gobierno de Madrid rechazara proyectos de acuerdo que lógicamente

no podían ser aceptados. Pero siendo ministro de Asuntos Exteriores Martín Artajo y embajador ante el

Papa Fernando María Casliella, se dio un empujón para obtener el Concordato, aceptando lo que la Snnta

Sede exigía con el objetivo de que no se llegara a la firma. Y en agosto de 1953, con alegría en España y

pesar sn la Santa Sede, se firmó el Concordato. Y un mes más tarde se firmaban los Acuerdos con los

Estados Unidos. No era precisamente el peor momento de la situación política exterior de España, como

dice Emilio Romero, sino todo lo contrario, y el Concordato nos resultó entonces muy útil, aunque a los

que no gustó nada fue a las Ordenes y Congregaciones religiosas españolas, no obstante fueran muchos y

provechosos los privilegios eclesiásticos que se obtuvieron. El Concordato fue un disparate desde que

nació, más por obra y gracia de España que del Vaticano, hasta el punto de que Pío XII lo aprobó con

gran disgusto, considerándose tal Acuerdo una sorprendente y gran derrota diplomática para la Sania

Sede. ARGOS.

 

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