Autor: Travesí, Andrés. 
   Franco  :   
 "La españa más limpia del mundo". 
    Páginas: 2. Párrafos: 11. 

FRANCO, «LA ESPADA MAS LIMPIA DEL MUNDO»

Por ANDRÉS TRAVÉSI

ESTA finalizando el mes de agosto de 1907. Toledo, la tranquila ciudad castellana, reseca y polvorienta,

alegra sus calles con voces juveniles. Trescientos ochenta y dos muchachos se despidan, bulliciosos, de la

vida civil. Les espera una disciplina nueva, férrea. Habrán de educar su cuerpo y su espíritu de acuerdo

con unas normas muy distintas de las que hasta ahora han servido de cauce a su vida. Desde el día 29,

estos mozos de tres lustros recién cumplidos son cadetes de la XIV promoción de la Academia de

Infantería, de nuevo instalada totalmente en el histórico edificio de donde hubo de ser evacuada veinte

años antes, con motivo de un incendio.

Hay un cadete muy aniñado a quien, desde el primer momento, todos aprecian por su sensatez y cordura.

Se llama Francisco Franco, pero todos le conocen por "Franquito". Es ferrolano, con vocación de marino,

y llega a Toledo guiado por el destino, cuyos designios son impenetrables para los hombres. En Toledo se

perfila el carácter de Francisco Franco: es puntual cumplidor de sus obligaciones, serio, abstemio,

estudioso y aficionado a la topografía. (Esta afición le prestará valiosas servicios al correr los años.) En

1910 recibe su despacho de segundo tenientente y un destino: el regimiento de Zamora número 8, de

guarnición en El Ferrol. Después de tres años de apretada convivencia, Franco tiene que separarse de

Yagüe, de Alonso Vega, de Esteban Infantes, de Villalba, de Alvarez Rementería y de tantos otros

próceres de la Milicia, que fueron sus compañeros. Promoción notable la de Francisco Franco: noventa y

seis hombres caídos frente al enemigo en Marruecos, en la revuelta de Asturias y en la Cruzada; cuatro

laureadas; doce medallas militares individuales; incontables gestos heroicos, silenciosos, anónimos.

La disgregada promoción se reuniría por primera vez en 1926, precisamente para rendir homenaje a

Franco. Le hacen entrega de una reproducción de la espada del capitán Mondragón, héroe de los Tercios

de Flandes, y de un pergamino en el que le profetizan un papel esencial en la historia de España. En 1926,

Franco es ya general, el general más joven de Europa. En una ocasión es presentado al mariscal Franchet

d´Esperey y el ilustre militar francés, al estrechar su mano, le dice: "En Francia se llega al generalato con

bastantes más años. Únicamente hubo un general de su edad, y fue Napoleón." Y Pétain, el vencedor de

Verdún, en un momento difícil de la historia de Francia, dirá: "En nombre de la última gran alegría de mi

vida, mi reciente estancia en España, quiero que sea este país, su Generalísimo Franco, la espada más

limpia del mundo, quien medie cerca del enemigo. La Francia que va a nacer, nacerá ya con esa deuda de

gratitud hacia la España inmortal."

África es el crisol en el que se forjan el genio militar y la recia personalidad humana de Francisco Franco.

Desafía mil veces a la muerte; sabe ser jefe comprensivo con las debilidades, pero severo cuando éstas

atañen al servicio. La Milicia es lo primero. En el "Diario de una Bandera", de 1922, él entonces

comandante Franco escribe: "En la guerra hay que sacrificar el corazón". El lo da todo, hasta la propia

vida, milagrosamente conservada. No hay descanso para el soldado que lucha y muere por el honor de

España en la ardiente África. Franco hace de la guerra un arte y la incorpora a su existencia. Su juventud

no le impide ser protagonista destacado de hechos de armas que la Historia incorpora a sus páginas. Al

comándate Franco "le importa recordar en nombre de una generación—ha escrito Manuel Aznar—que el

heroísmo no debe limitarse a ser arrebato de una hora, renunciación de un instante, sacrificio de un día,

sino que supone todo un modo de vida, una norma del existir del sufrido existir cotidiano, entre silencios

o, si es necesario, entre abandonos y desdenes. Como acontecía en Marruecos". ¡Maravilloso y ejemplar

código de costumbres!

De Marruecos vuelve Franco a la Península. En su haber, dos medallas militares individuales, cruces del

Mérito Militar, ascensos por su actuación en la guerra. En España le aguarda una importante y delicada

tarea: la de formar los futuros cuadros de oficiales de nuestro Ejército. También para ello está preparado

el joven general. Zaragoza es el lugar elegido para sede de la Academia General Militar. Y los 215

primeros alumnos del Centro recibirán al ingresar en él un escueto Dacálogo del Cadete, en el que Franco

ha recogido ese espíritu de abnegación y renuncia que en él vive y que él quiere transmitir a las nuevas

promociones como savia vivificadora. "Imitad las virtudes de los que os antecedieron en este puesto,

comprendidas en este Decálogo del Cadete; guardadlo como preciosa reliquia; cuidadlo con los más puros

amores y estoy seguro de que emularéis la historia de aquellos soldados leales, caballeros, valientes y

abnegados que durante más de un siglo escribieron las más brillantes páginas de la historia de nuestra

nación", dijo Francisco Franco en su salutación a los jóvenes cadetes de la primera promoción

zaragozana.

Después de una visita a la Academia, Maginot, creador de la famosa línea de su nombre y ministro de la

Guerra francés, dirá en París: "Es no un organismo modelo, sino el centro, en su género, más moderno del

mundo. España puede ufanarse de que su escuela de oficiales es la última palabra de la técnica y la

pedagogía militares. El general Franco, aunque joven, me pareció un caudillo maduro y un director lleno

de experiencia, de visión y de psicología del mando. Presencié el desfile de los alumnos. Un ejército

encuadrado en el plantel de una oficialidad semejante sería un ejército envidiable y temible." Estas

palabras, recogidas por Fernando de Valdesoto en su biografía de Franco, son extraordinariamente

reveladoras y sintetizan la capacidad castrense y organizadora, de caudillo, de que el joven director ha

hecho gala en su todavía corta vida.

Cerrada la Academia de Zaragoza por la República recién avenida, Franco es destinado a La Coruña y

luego a Baleares. Azaña teme algo del prestigioso y honesto general que repudia la actitud de los

politicastros de Madrid. Sin embargo, Hidalgo, ministro de la Guerra, tendrá que acudir a él para sofocar

la revolución de Asturias. Y Franco, habilísima estratega, mueve uno tras otro los peones sobre el tablero

de ajedrez que es España hasta dar jaque mate a los revolucionarios.

La Jefatura del Estado Mayor Central del Ejército, a la que es promovido en mayo de 1935, brinda a

Franco la oportunidad de remozar, material y moralmente, unos cuadros de marido que el desgobierno ha

aniquilado. Trabaja incansablemente y simultanea esta actividad agotadora con

el contacto estrecho con los hombres en quienes ve a los salvadores de España en un ya próximo futuro.

En 1936, todavía joven el año, Azaña vuelve al Poder "con el impulso de la rabia acumulada y de la

experiencia adquirida". Y aleja a Franco de España: ocupará la Comandancia Militar de Canarias. Desde

allí volvería para acaudillar el movimiento salvador de una España corrompida, abocada a su

desaparición, en trance de convertirse en satélite sumiso de Moscú.

Entre el 18 de julio y el 29 de septiembre de 1936 median dos mesas y medio escasos. Son setenta y

tantos días de angustia para la España que milita bajo la bandera roja y gualda. La Patria está dividida; los

hombres luchan y enrojecen con su sangre el solar patrio. Pero falta todavía una cabeza rectora. La Junta

de Defensa Nacional la encuentra: el general de división Francisco Franco es el elegido. Franco será Jefe

del Estado español y comandante en jefe de los Ejércitos de operaciones. Al recibir todos los po. deres, el

Caudillo contesta estas breves palabras: "Podéis estar orgullosos; recibisteis una España rota y me

entregáis una España unida en un ideal unánime y grandioso. La victoria está a nuestro lado. Ponéis en mi

mano España y yo os aseguro que mi pulso no temblará, que mi mano estará siempre firme. Llevaré a mi

Patria a lo más alto o moriré en mí empeño..." Promesa solemnísima, hecha en horas de incertidumbre.

Fiel a ella, Franco conduce a las tropas a la victoria. Son treinta y tres meses de sacrificio heroico, de

renunciación a sí mismo. La guerra exige su entrega total y Franco se vuelca como ya ha hecho en

anteriores ocasiones. Uno tras otro se van desmoronando los bastiones de la anti España. Nada importa

que el enemigo sea más numeroso, ni que sus soldados dispongan de mejor y más completo material

bélico. Del lado de Franco está la fe, que mueve montañas, la fe en un porvenir que estará limpio de

nubes una vez alejada la tormenta. Cuando el 1 de octubre de 1938 recibió el Caudillo los atributos de

capitán general, dijo: "La capitanía gloriosa en la Historia se ha alcanzado siguiendo la fe de un pueblo,

representando su decisión, siendo brazo ejecutor de su destino y contando con su ancho aliento." A

Franco no le faltaron ni la fe, ni la decisión, ni el aliento. Y sus banderas arribaron a buen puerto. El

general añadía un nuevo lauro a los muchos conquistados en el campo de batalla.

El 1 de abril de 1939—"La guerra ha terminado"—se inició una nueva etapa en la historia de España.

Franco, a su vez, comenzaba una nueva y más difícil batalla: la batalla de la paz y el orden, la batalla de la

reconstrucción. En estos diecinueve años, tampoco le han faltado al jefe indiscutible la fe, la decisión y el

aliento de un pueblo seguro de su destino. Y Francisco Franco ha alcanzado también la victoria, sorteando

como hábil estratega muchos y en apariencia insalvables escollos.

A. T.

 

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