Autor: Borrás, Tomás. 
   La política internacional de Franco     
 
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LA POLÍTICA INTERNACIONAL DE FRANCO

Por TOMAS BORRAS

PARECE una lección. España sale de la Cruzada con tales destrozos, debidos a la consigna de "tierra

quemada" que los rojos imponen a sus huestes, sin las reservas de oro que varias generaciones ahorrativas

habían acumulado en el Banco de España—y en sus cajas particulares—, todo ello robado por los

mentados rojos, con la hostilidad del mundo llamado "democrático", atizada por las intrigas y los dineros

sustraídos en la forma dicha; sale de la guerra en condiciones tales, que parece necesitar medio siglo de

paz, orden y ayudas exteriores para reconstruirse. Paz y orden, los tiene; auxilios, le son negados, y a

cambio de su lealtad y colaboración con los aliados en la contienda de 1939 a 1945, sólo recibe

agresiones, desprecio, la más negra ingratitud. ¡Y a pesar de todo, el milagro español se realiza! ¡Y

comiendo pan de garbanzos, sin bastante luz ni energía eléctrica industrial, con poco cemento, sin

créditos y sin dinero, se levanta de la postración y se alza, par entre iguales, hasta convivir en todos los

órdenes con las naciones más poderosas! Milagro, sí. La diplomacia tiene una gran parte en este milagro.

Vamos a ver cómo. Antes de la victoria, ya Franco, con su ministro, el inolvidable conde de Jordana,

sentó los jalones de una Política Internacional adecuada a los intereses españoles y a la paz del mundo,

construyendo ese edificio peninsular perfecto, que se titula "Pacto Ibérico", luego "Bloque", el cual no

sólo garantiza la seguridad de ambas naciones, sino que corrobora la amistad entre ellas. Amistad

peninsular, que los rojos, en su época de desgobierno, habían querido sustituir con la guerra peninsular,

atacando a Portugal (recuérdese el episodio del "Turquesa") y trazando planes, luego para que Portugal se

añadiera al proyectado grupo "Repúblicas Socialistas Soviéticas Ibéricas". El Caudillo había hecho,

también antes de 1939, declaraciones de severa condenación del comunismo agresor. Así, pues, entramos

en la paz de nuestro triunfo con las siguientes líneas trazadas ,por la clarividencia y la prudencia de

Franco: intimidad con Portugal, anticomunismo, neutralidad en las guerras entre cristianos, amistades por

afinidad (Hispanoamérica, Pueblos árabes), paz exterior e interior. Estos objetivos han sido

continuamente observados, y aún ampliados, a lo largo de más de veinte años. O sea, que la Política

internacional de Franco se distingue por sus objetivos netos y claros, y por la fidelidad a los mismos, en

tiempos malos como en tiempos de bonanza.

Durante la conflagración mundial número dos (19391945), la posición de España es sumamente difícil.

Hitler desea atacar a Inglaterra por Gibraltar, evitando así el proyectado desembarco aliado en el Norte de

África, que conducirá al derrumbamiento de Italia. Presiona sobre Franco, ofreciéndole Gibraltar y otras

buenas ganancias. Franco presta a los aliados el inestimable servicio de contener a Hitler en Hendaya; de

permanecer con los brazos cruzados cuando el famoso desembarco (que decide la guerra) tiene su

principal base en Gibraltar; de ver, asimismo pasivo, cómo el Norte de África es el frente donde la

maniobra conduce al primer triunfo estratégico contra el Eje. Roosevelt le escribe una carta afectuosa.

Franco evita con su conducta que la línea de fuego, en vez de saltar por Sicilia a Italia, hayan de

establecerla los aliados en Dakar. Marruecos y España, neutrales, eran la clave. Y si España entra en la

guerra, Marruecos hubiera sido también empujado por la España beligerante a favorecer a Hitler.

Es cosa que no debemos olvidar los españoles... ni deben olvidar los aliados.

No es pasivo, sin embargo, con Rusia. La División Azul, gloriosa unidad de voluntarios, demuestra que,

como siempre en esta época, nos adelantamos a los acontecimientos. Cuando los muchachos yanquis se

batían en Corea, y los franceses en Indochina, no hacían sino imitar a la División Azul, que marcó con

precisión quién era el único enemigo: ¡la U. R. S. S.! Todo lo que ha sucedido desde 1946 en adelante

corrobora la previsión de aquella célebre unidad, adelantada en el tiempo, señaladora, como decimos, de

la senda a seguir y del adversario a contener.

Hay que destacar que Franco, en 1943, escribió sendos mensajes al embajador inglés en Madrid, y a Mr.

Churchill, primer ministro, dándoles la voz de alarma por el avance ruso dentro de territorios europeos, y

avisándoles de que el entonces aliado suyo se preparaba para quedarse con naciones enteras como botín, y

proféticamente les auguraba que, de no detener con energía su ambición, se crearía un peligro para el

porvenir, en el cual se había de ver envuelto el mundo. Tanto el embajador como Churchill, le contestaron

negando esos supuestos. El tiempo ha demostrado la clarividencia del Caudillo.

Así se llega a 1946, año dramático para España, en el que se demuestra la habilidad diplomática del Jefe

del Estado, así como su serenidad. Y cuyas iniciativas, justo es decirlo, son ejecutadas por un Cuerpo

diplomático que ha pasado por trances en extremo críticos. Por entonces fueron ministros de Asuntos

Exteriores los señores Lequerica y Martín Artajo.

Fue el año en que se condenó a España por la O. N. U. como "potencialmente peligrosa para la paz". Las

dádivas, corrupciones y trapacerías de los rojos desespañolizados, pero vengativos, originaron tamaño

atropello. Se nos retiraron los embajadores, Francia cerró su frontera y España quedó aislada del mundo y

tratada de apestada. Era el pago a nuestra ayuda a los aliados durante la guerra de hacía un año.

Claro que los agresores no conocían nuestro temple. Unidos en torno al Caudillo, rechazamos la injusticia

patente. Nada consiguieron los rojos y sus cómplices. Habían soñado con introducirse otra vez en la

"tierra quemada" y robada por ellos con otros "cien mil Hijos de San Luis", y la calma del Caudillo, sus

gestiones y la viril actitud del pueblo unánime hicieron retroceder a los atacantes. Algunos países se

opusieron a la legalización de la iniquidad. A fines de año llegó el embajador de la Argentina, primer país

que se negó a secundar el atropello. Los países hispanos, salvo algunos dominados por el filo-comunismo,

así como Filipinas, nos ayudaron en el trance.

Y poco a poco fueron todos restableciendo las relaciones de nuevo, y Francia tuvo que volver sobre sus

pasos y derrotarse a sí misma. No sin crear graves complicaciones con sus "escuelas de terrorismo" y

ataques por los Pirineos al territorio español. Y con suma habilidad lo dominó Franco. Y la paz

cancilleresca volvió a reinar donde nunca la había nadie alterado en perjuicio de nadie.

La labor continua de nuestros diplomáticos, prosigue con Martín Artajo en el Ministerio. Poco a poco se

logra tomar posiciones, una tras otra, y se le va reconociendo a nuestro país la misma calidad que a otro

pacífico e importante, y el derecho a intervenir en la vida común, 1952 trae a nuestro acervo un valor

positivo y nuevo: la constitución del Instituto de Cultura Hispánica. Hay viajes oficiales a los países

árabes, hay convenios con los Estados de habla castellana, hay acercamiento a cuantas potencias se

proceden con sectarismo.

En 1953 se originan hechos que obligan a denominarle como "reverso" del de 1946. Se rubrica en Roma

el Concordato con la Santa Sede y los convenios "De ayuda para mutua defensa", "Ayuda económica" y

"Defensivo" con los Estados Unidos se firman en Madrid. La labor silenciosa, tenaz, inteligente,

patriótica de Franco, con sus auxiliares, culmina en la estruendosa victoria española, otra más; con la

entrada a todo honor en el grupo responsable y director de las potencias de primer orden. El salto ha sido

asombroso.

Lo que sigue es consecuencia de la nueva posición mundial de nuestra Patria. En 1956 se admite un

observador español en la O. N. U.; firma España en Washington el acuerdo de "´Átomos para la paz": en

seguida es admitido nuestro país como miembro de la misma O. N. U. que le ofendiera. El desquite es

magistral. Después de ese acontecimiento, la política internacional española sigue fiel a sus principios,

trazados ya en 1936: Portugal, Marruecos, los países de habla hispana, los países árabes, son considerados

con calor por nuestras cancillerías; es leal colaboradora de los Estados Unidos en su lucha contra el

enemigo común, Moscú: afirma sus excelentes relaciones con todos los pueblos no comunistas. Y con la

Santa Sede. Política que prosigue, desde su puesto de ejecutante el señor Castiella y que el Caudillo

perfecciona y amplía, con gran beneficio de nuestros intereses.

En Marruecos demostró Franco cuán sólida es su convicción, cómo carece de ambiciones imperialistas y

su horror a la aventura peligrosa. Cuando se litigaba el pleito del trono, sostuvo los derechos del Sultán

legítimo, y sostuvo la fidelidad a lo firmado en el Acta de Algeciras. Y al tramitarse la independencia de

Marruecos, no sólo no opuso reparos ni la estorbó, sino que fue favorecida con su actitud y la inmediata

entrega del emporio que era la zona norte, "zona feliz" como la llamaban los propios marroquíes; la que

tantos sacrificios y dinero costó a España. No puede darse una más escrupulosa conducta ni mayor

respeto a les compromisos internacionales.

Pero al llegar la hora de la negra ingratitud—aludimos a los sucesos de Ifni y el Sahara español— supo

Franco mantener enérgicamente nuestros derechos. No sólo rechazó á los criminales que atacaron a,

traición puestos desprevenidos y desguarnecidos, sino que confirmó que eran provincias (territorio

nacional) Ifni, el Sahara, además de Ceuta y Melilla, para que no hubiera dudas.

Queda Gibraltar. Varias veces, como es constante histórica desde el despojo, se ha tratado de convencer a

los ingleses en esta etapa, de que la devolución, además de ser obra de justicia, es de suma conveniencia

general. El Caudillo ofreció una fórmula que salvaguardaba los intereses de Inglaterra, y aún les

ampliaba. La oferta está en el aire. A la prudente y civilizada propuesta de Franco los españoles

esperamos que alguna vez Inglaterra conteste, de modo afirmativo. Así acabará la última colonia que

existe en tierra europea.

Este esquema levísimo corrobora lo que en 1956 dijo un embajador extranjero al ser firmados en Madrid

los convenios entre España y los Estados Unidos: "Por primera vez desde Carlos II, (España tiene política

internacional." Y política grande, precisa, segura y conveniente agregamos los españoles. Política que

parece una lección., y lo ha sido.

T. B.

 

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