Autor: Travesí, Andrés. 
   Veinticuatro años     
 
 ABC.    01/10/1960.  Página: 19, 21. Páginas: 2. Párrafos: 10. 

HOY HACE VEINTICUATRO AÑOS

ES curioso recordar ahora, precisamente en esta fecha, hasta qué punto puede falsearse la verdad para

ganarse las voluntades temblorosas. A los periódicos del Madrid rojo—el Madrid de la hoz y el

martillo—de primeros de octubre de 1936 no podía escapárseles la noticia de la proclamación de Franco,

en Burgos, como Jefe del Estado español. Un Estado vertebrado, que luchaba por la unidad. La Prensa,

tiranizada, férreamente sometida a unas consignas, habló de Franco, del general Francisco Franco, que

reunía en sus manos todos los poderes de la España rota. Le dedicaron las frases más venenosas que

pudieron encontrar en su vocabulario. Pero no les pareció esto bastante. Y el domingo 4 de octubre abrían

sus páginas al malintencionado "bulo", haciendo especial hincapié en el supuesto origen de la

información. Desde Valencia, la Delegación de guerra enviaba la noticia: "El radio- telegrafista de

Torrevieja ha captado el siguiente radio: emitido por Radio Castilla (Burgos), a las diez y media de la

noche: "Un teniente de la Guardia Civil, traidor a la Patria, que no supo sacrificar a su familia, dio muerte

a nuestra Caudillo, el general Franco" Posteriormente, Radio Coruña transmitió una nota biográfica del ex

general Franco, diciendo que era su necrología."

No se molestaron los periódicas en desmentir la "noticia". Ellos eran los primeros en saber su falsedad.

Pero se trataba de contrarrestar el impacto que la proclamación de Franco podía causar en las ´´fuerzas

leales". El prestigio del joven general era de todos conocido, y su jefatura de los Ejércitos puestos bajo la

bandera roja y gualda a todos parecía augurio de victoria. Victoria temida por los "leales" y cierta ya para

los ´"rebeldes". En las filas rojas se hizo indispensable combatir a toda costa la desmoralización; sus

soldados carecían de unidad en el mando y de fe en el triunfo. El fracasado asedio al Alcázar de Toledo,

bastión inexpugnable, y el veloz avance hacia la capital de España eran pruebas fehacientes de que en las

filas nacionales, una moral nueva, moral de victoria, se encerraba en el pecho de aquellos generosos

millares de hombres lanzados a la aventura de salvar a una España rota en mil pedazos. Había que luchar

contra la verdad, contra una verdad que amenazaba fatalmente con desmentir declaraciones tan fatuas

como irresponsables.

La verdad estaba allá, al otro lado, en el Burgos del Cid, donde la "España digna se inclinó ayer reverente

ante quien la devolvió a los llanos cansinos de la Historia, que desembocan en la inmortalidad", como

escribía Antonio Olmedo en la edición andaluza de A B C el 2 de octubre de 1936.

La verdad estaba allá, en la España fiel a sus más puras y arraizadas tradiciones. Era la España que se

multiplicaba en sus soldados, triunfantes en los frentes de (Álava, Aragón, Soria y Vizcaya, donde se

consolidaban posiciones y se cumplían los objetivos previstos. Era la España que se apoderaba de

Fuenteovejuna. Córdoba; del puerto de Mijares y del pueblo de Casavieja, en el sector de Gredos; de

Alcalá la Real, Santa Ana y Ceniza, en arañada: de la España que sitiaba Sigüenza... De la España, en fin,

que recibía, en la persona del coronel Martín Alonso, jefe de las columnas de Galicia, el siguiente

telegrama: "Hasta las Informaciones directas del enemigo demuestran la admirable bravura de los

soldados de Galicia. Como no hay en esto mejor juez que el adversario, le felicito una vez más y le envió

un fuerte abrazo."

En el Burgos del Cid se había celebrado la histórica ceremonia de la entrega de los poderes del Estado al

general Franco, investido Jefe del Gobierno por acuerdo de la Junta Nacional de Defensa. Una inmensa

muchedumbre congregada en la plaza de Alonso Martínez fue testigo de excepción de este acto

trascendental. Eran españoles que saludaban en Franco al depositario de las más caras esperanzas, de los

más exaltados ideales. Testigos eran también Queipo de Llano, Mola, Cabanellas... Nombres

incorporados definitivamente a la historia contemporánea de España. Cabanellas, pronunció unas breves

pero expresivas frases: "En nombre de la Junta de Defensa Nacional os entrego los poderes absolutos del

Estado. Estos poderes van a V. E., soldado de corazón españolísimo, con la seguridad de que cumplo al

transmitirlos el deseo fervoroso del pueblo español." Eso fue todo.

Franco, Caudillo sereno, respondió: ´"Mi general, señores generales y jefes de la Junta: Podéis estar

orgullosos; recibisteis una España rota y me entregáis una España unida en un ideal unánime y grandioso.

La victoria está, a nuestro lado. Ponéis en mis manos a España y yo os aseguro que mi pulso no temblará,

que mi mano estará siempre firme. Llevaré a la Patria a lo más alto o moriré en mi empeño.,," Ni la

trascendencia de las circunstancias ni el laconismo militar permitían explayarse. El triple "Viva España",

que coronó las palabras de Franco, encerraba el más cálido y ferviente mensaje de esperanza en una

victoria que no podía irse de su lado, porque su lado era el de la razón, el de la justicia.

A continuación el general Franco se asoma a un balcón. La gente le aclama. Se hace un respetuoso

silencio. Y las palabras del Jefe del Estado llegan confortadoras a los oídos de todos:

"Españoles: sois el corazón de España, la, bendita tierra de hidalgos que los rojos querían destruir,

inspirados sin duda por gentes extrañas, ya que no es posible suponer tanta maldad en un corazón español.

Nosotros venimos para ser del pueblo; venimos para los humildes, para la clase media; no para los

capitalistas. Nuestra obra exige el sacrificio de todos, principalmente de los que tienen más en beneficio

de los que no tienen nada. Tendremos vivo empeño en que no haya un hogar sin lumbre, en que no haya

un hogar sin pan; llevaremos a buen término la santa obra de una reforma social impuesta con cariño,

exigiendo a todos el cumplimiento de sus deberes. Nuestro gesto es de defensa de la civilización mundial.

De todos nosotros depende la resurrección gloriosa del gran imperio español y para ello tendremos fijos

los ojos y sentimientos en nuestra fe secular. "¡Viva España!"

No hacía falta más. En esas pocas frases se encerraba un, programa, una línea de conducta para todos, en

bien de todos. En cada una de las palabras latía una palpable confianza en el triunfo de los ideales nobles

de la España eterna. Lo demás vendría por añadidura, impulsado por el esfuerzo apretado de quienes

permanecían aferrados a la limpia Historia patria.

La Verdad estaba allí, en la ciudad castellana, en el Burgos del Cid, donde se iniciaba la reconstrucción de

una España desgajada en pedazos por el odio y la incomprensión.

El 1 de octubre asomaba sobre la Patria ensangrentada un sol de Justicia que llevaba el calor a los hogares

y ponía los cimientos de una España nueva.

Andrés TRAVESI

 

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