Filosofía de un estado nuevo  :   
 Antología de discrusos de Franco. 
 Arriba.    18/07/1961.  Página: 4-5. Páginas: 2. Párrafos: 28. 

FILOSOFÍA DE UN ESTADO NUEVO

ANTOLOGÍA DE DISCURSOS DE FRANCO

Conforme el tiempo transcurre y nos alejamos de aquel 18 de Julio de nuestro Alzamiento, lejos de

perder, gana la importancia y proyección histórica de aquella gesta; por ello, en este día hemos de rendir

público homenaje a los Ejércitos de la Victoria y muy especialmente a nuestros héroes y nuestros

mártires, a cuyo sacrificio debemos este orden, esta paz y esta alegría, que hace que en esta Europa

atormentada seamos uno de los poquísimos pueblos que aún puede sonreír.

Si nuestro Movimiento no hubiera tenido más contenido y dimensión que esa unidad revalorizadora, que

hizo posible pudiéramos enfrentarnos con todos los peligros y situaciones que la guerra entrañó, ya

hubiera sido bastante para asegurarnos la gratitud eterna de la Nación.

Conforme pasa el tiempo y se alejan los días de nuestra Cruzada, la eterna anti-España pretende

desfigurar la calidad españolísima de nuestro Movimiento y de nuestra Victoria, debida al esfuerzo

denodado de un millón doscientos mil españoles combatientes a quienes cupo el honor y la gloria de

salvar a la Nación.

Toda guerra entraña una revolución y un avance hacia formas nuevas y esperanzadoras, pero no hacia las

viejas y agotadas. Los que en España quisieron sacar de la Victoria consecuencias de orden reaccionario

están completamente equivocados. Los problemas políticos en sí sólo interesan ya por lo que representan

en el orden económico-social y España lleva más de un siglo pendiente de su revolución.

Nuestro Movimiento, fecundo en sus concepciones, llegó desde los primeros días a la conclusión de que

poco se lograría si solamente se atendía a difundir lo patriótico y lo social y se olvidaban los principios

espirituales, sin los cuales la sociedad se corrompe y se desmorona. Así, el Movimiento español proclamó

su tesis de fundir lo nacional con lo social, bajo el imperio de lo espiritual.

(17VII45. Discurso ante el Pleno del Consejo Nacional.)

* * *

Si nuestro Movimiento tenía un objetivo inmediato de rescatar y liberar a España evitándole la

destrucción y la ruina, existía uno más importante todavía, cual era el redimirla de las causas que, desde

hacía más de un siglo, venían produciendo su decadencia y habían logrado arrastrarla a aquella triste

situación.

Un Imperio levantado sobre los principios eminentemente españoles había caído al empuje de la

Enciclopedia y de las ideas extrañas. Necesitábamos, por tanto, volver por los fueros de nuestra doctrina

católica y por el camino de nuestras gloriosas tradiciones, oponiendo a la democracia formulista y gárrula,

aquella otra que dimana del Evangelio y de nuestras tradicionales prácticas.

Vosotros sabéis muy bien lo que fue España bajo el sistema artificioso e inoperante de las viejas

oligarquías políticas. Ni en el orden religioso, ni en el cultural, militar, sanitario, industrial, urbanístico,

agrario y social, España progresaba. Los egoísmos y los intereses bastardos impedían la necesaria

evolución, sacrificando los legítimos de la Nación y de los españoles. Realizar la transformación que en

este orden la Nación demandaba constituía la suprema razón de nuestro Movimiento. No era suficiente

que hubiese un nuevo Estado, que nunca a España le faltó; ni unos funcionarios honrados, que siempre

hemos tenido; ni ingenieros competentes, ni individualidades estimables. Era necesario volver la vida al

cuerpo muerto, inspirarle de nuevo la fe, la confianza; mantener el fuego sagrado de las realizaciones

espirituales, materiales y sociales; luchar contra la comodidad y el egoísmo y estimular al Estado para la

acción haciendo fecunda la sangre derramada. No se trataba, como muchas veces he dicho, de una mera

sustitución de personas, sino de un cambio total en el sistema. No era lo particular dominando a lo

general, sino todo lo contrario: el imperio de lo que es común frenando y ordenando a lo particular.

REALISMO Y FUNDACIÓN

Nada más difícil para un político que traducir los esquemas teóricos de la doctrina en normas concretas de

actuación cotidiana. El deseo popular de "hechos y no palabras" constituye en España, más que en ningún

otro país del mundo, una exigencia singularmente imperativa. Conviene tener presente este sentido

realista que de la vida, de la política y de la Historia tiene el pueblo español, para medir con justeza el

dilatado cúmulo de realidades concretas hechas tangibles por la voluntad firme e imperiosa del Caudillo

Franco.

De una nación escindida por todos los odios y todas las pugnas, quebrantada en su economía, debilitada

en su pulso vital, Franco hubo de elevar la estructura fundacional de un Estado Nuevo,

En su labor de fundación, Franco ha construido desde el principio y durante los veinticinco años

transcurridos los basamentos materiales y espirituales del presente y del futuro nacional. Una nota

característica distingue su pensamiento y la concreción tangible de su obra: la fidelidad a una idea

creadora que, partiendo de cero, cifra su meta en el infinito. Es el impulso y la energía fecunda de esta

fidelidad al entendimiento y ejercicio del mando y de la vida como servicio la que une el espíritu de José

Antonio y el de Franco. Lo que en José Antonio fue anuncio y anticipo, en Franco es realización. Y así,

en la idea y en su proyección, el Estado fundado por Franco puede ser, para el mundo y ante el futuro, la

solución que libre a los pueblos de Occidente del rodillo destructor del materialismo marxista.

(20-V-45. Valladolid. Discurso con motivo de la clausura del Congreso Agrario del Duero.)

* * *

La revolución española no puede comprenderse sin conocer el estado político, económico y social que la

precedió, sin el análisis de un siglo de desdichas, que ya hace más de cuarenta y cinco años hacía

exclamar a aquel gran patriota que se llamó don Antonio Maura aquellas frases de que "la revolución era

de todo punto necesaria para la vida del país".

Existe, a nuestro juicio, en lo conservador, una parte de doctrina pura y verdadera: el orden económico no

es un capricho, sino un proceso alcanzado por la aportación de siglos y basado en los principios de la

propiedad privada y de la iniciativa privada; en cambio, encontramos bastardo el defender con este noble

escudo los abusos del capital, las explotaciones sociales o el mantenimiento de posiciones injustas y

arbitrariamente alcanzadas. Así también, considerando puro y plausible, el ideal de elevar y dignificar al

hombre, redimiéndole por la justicia social de sus miserias y necesidades, condenamos de la manera más

absoluta la explotación de estos anhelos de las masas para incurrir en la aberración de destruir un orden

económico, que, desaparecido, sumiría a las naciones en la catástrofe, y que, forzosamente, con el tiempo

habría de volver a levantar.

(20-VI-45. En la inauguración de las emisiones para América de Radio Nacional.)

* * *

No podemos descansar en nuestras obras, pues no ha acabado todavía la batalla; hemos de estar alerta y

velar las armas. Desterrado el enemigo de nuestro suelo, vive y se agita desde fuera de España. Son su

blanco nuestras juventudes y esta unidad, esta fe y esta disciplina. Y como no se destruyen los edificios

por las almenas de las torres, sino por sus bases, donde está su cimiento y fortaleza, de ahí las iras contra

la Falange, el que se hostilice a nuestro Ejército y que se intente explotar la buena fe de nuestros

muchachos, que tan gran labor realizan en favor de la Patria.

(18-I-45. Discurso con motivo de la clausura del IV Congreso del F. de J.)

* * *

Persiste en el mundo un viejo concepto de derechas e izquierdas por nosotros superado. Nosotros hemos

lanzado por la borda hace diez años esas viejas clasificaciones. Aceptamos de la derecha lo que es

permanente e inalienable: el mantenimiento de nuestra fe católica, el servicio a la grandeza de la Patria y

la conservación de los principios del progreso económico. Lo demás lo rechazamos por viejo y atrasado.

Propugnamos, por otra parte, la justicia social más amplia, más generosa y justa que hayan reivindicado

jamás ninguno de los movimientos poéticos y sociales que acaudillaban las izquierdas. La tabla de

derechos del ser humano, para nosotros, supera a cuanto puedan encerrar los programas materialistas más

avanzados, pues a los bienes materiales unimos la dignificación del individuo y los más pródigos bienes

espirituales. A la reunión de los hombres en grupos heterogéneos que bastardean toda política, nosotros lo

sustituimos por los naturales y tradicionales en la sociedad.

Precisamente los que defienden el viejo sistema, el voto inteligente lo suplantan con el voto ciego, en que

se pierde en la masa heterogénea de los sufragios, lo que facilita las oligarquías y la profesionalidad en la

política. No se quiera la voluntad de la Nación, sino la explotación de esa voluntad; no el interés de los

sectores de la Nación, sino el de las minorías gobernantes de los partidos. Pero, ¿qué voy a deciros, si el

pueblo católico de España creyó, cándido, que se le ofrecía una República de San Vicente Ferrer y se le

sirvió la más laica, materialista y masónica que, según propia definición, ha existido? Y a las clases

trabajadoras se les habló de la justicia y del Gobierno para el pueblo, para acabar en cierre de fábricas, en

ruinas de campos, en masas ingentes de parados y en automóviles suntuosos en los que los líderes

socialistas salpicaban de barro a sus viejos camaradas.

(14-V-46. Discurso ante las Cortes Españolas.)

* * *

Asistimos en estos momentos a una lucha entre dos concepciones: la una, bárbara y cruel, y la otra,

anticuada e injusta. En esta lucha de las ideas no será nunca la fuerza la que dé la victoria; podrá retrasar

el momento de la verdad, pero ésta se impondrá inexorablemente. España, ante esas concepciones, en

pugna con sus realidades y con los principios espirituales, patrióticos y sociales que constituyendo la base

de nuestra tradición son indispensables para nuestra existencia, buscó aquella verdad por sus propios

caminos. El que para nuestra vida ulterior repudiemos unos sistemas, no implica hostilidad hacia quienes

gustosos los padecen.

Si el juicio que se haya de formar de una política, según la teoría clásica, ha de descansar en la forma

como se logre la mejora y el bienestar, del individuo, no hemos de medirlo solamente en las sociedades

católicas por los bienes materiales que momentáneamente les satisfaga, sino por los espirituales que le

ofrezca y por la proyección del hombre sobre la historia. Los pueblos católicos han de mirar, en primer

término, si la política sirve o contraría el fin para el que el hombre está sobre la tierra. Toda política que

malogre ese designio habrá forzosamente de rechazarse.

(II-V-47. Alocución del Día de la Victoria.)

* * *

Hemos de pechar con la incomprensión si queremos salvarnos e incluso pasar por ser tachados

de debeladores de la temosa trilogía "libertad, Igualdad y fraternidad", como si no amásemos a la libertad.

Pero nuestra libertad no cabe fuera de un orden que sabemos se convierte en anarquía: nuestra libertad se

asienta sobre la seguridad social y se subordina al interés supremo de la Nación.

Nuestra igualdad reposa en la elevación moral y económica de las clases modestas y trabajadoras, en la

equitativa retribución del trabajo, en la participación en los beneficios del capital humano, en la previsión

social, en las mutualidades y en esa obra de auxilio, cristalización hermosa de la caridad cristiana; no

destruye las jerarquías ni las naturales diferencias humanas, pero las aminora y no las deja en la libre

explotación del hombre por el hombre.

Nuestra fraternidad no es una frase de ateneo ni formalista para declaraciones, sino una realidad que

descansa en un sentido católico de la vida y en la inigualable fraternidad cristiana.

(29-III-48. Discurso a las Falanges Juveniles.)

* * *

Las razones de nuestro Movimiento no pueden limitarse al hecho inicial de nuestra Cruzada; su

virtualidad descansa precisamente en haber sabido dar forma a aquel ansia colectiva española y alzarse

contra la decadencia que venía torciendo el destino histórico de nuestro pueblo a través de los egoísmos e

intereses acumulados en dos siglos de total abandono.

Si alguien, empequeñeciendo sus horizontes, le bastaba con alcanzar el que España no desapareciese

como nación, otros, con mayor responsabilidad y visión, no nos conformamos ni nos conformaremos

jamás "con retroceder a una situación en que las mismas causas provocarían a plazo fijo los mismos

efectos. Nuestra revolución no merecería este nombre si no estuviese llena de un contenido doctrinal que

nos arrastra con carácter de permanencia a servir el destino histórico español cambiando para un siglo el

signo de nuestra historia.

(28-III-50. Alocución al Frente de Juventudes.)

* * *

El Movimiento político español no sólo no se ha apartado lo más mínimo de sus directrices generales,

sino que ofrece en orden a su ejecución y realizaciones una obra ingente, como no hubiera podido hace

veinte años figurarse. Respecto a esa fantástica repulsa popular a que usted alude hacia el Movimiento,

sucede todo lo contrario, pues son las clases populares las que más lo estiman y comprenden; si alguna

incomprensión pudiera encontrarse habría que buscarla en esos pequeños sectores de las clases

privilegiadas que, como me confesaba un día un fuerte empresario, "los que murmuran es que quieren

desviar la atención de lo que se benefician".

Eso que usted llama oposición monárquica católica contra el Régimen no existe en realidad; no se puede

confundir lo católico, en lo que existe la mayor unanimidad en la Nación, con unas docenas de personas

residuos de la vieja política o aspirantes a politicastros, que a nadie convencen ni inquietan lo mas

mínimo a nuestro Régimen. Entre treinta millones de españoles forzosamente tiene que existir algún que

otro pequeño grupo de insolidarios e incomprensivos,

(IVI59. Declaraciones a Carlos Denegrí, enviado especial de "Excelsior" de Méjico.)

* * *

El comunismo soviético no teme a los Estados liberales, porque la debilidad congénita del sistema le

"permite ir deshojando la alcachofa. Se irrita, en cambio, ante los Estados confesionales anticomunistas,

que por conocer su filosofía y sus métodos imperialistas y agresivos, oponen idea a idea, disciplina a

disciplina, eficacia a eficacia soluciones concretas a promesas utópicas y fronteras libres a "telones de

acero".

(4-VI-61. Discurso en la apertura de la VII Legislatura de las Cortes Españolas.)

 

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