Autor: Arrese Magra, José Luis. 
   Veinticico años     
 
 Arriba.    18/07/1961.  Página: 13. Páginas: 1. Párrafos: 20. 

VEINTICINCO ANOS

Por José Luis DE ÁBRESE

¡Veinticinco años! Toda una etapa, toda una ocasión para el recuerdo. Pero no caigamos en la tentación

de convertirnos en el clásico grupo de amigotes que aprovechan los días de fiesta para rendirse homenajes

y decirse por turno riguroso de aplaudo los méritos de cada uno.

Podríamos, sí, hacer un largo inventario de metas logradas para callar otra vez a los eternos descontentos

con esa especie de lista grande que ya tiene sucursal en todos los pueblos de España; pero tampoco es

bonito coger por los pelos las cosas tremendas de la estadística y soltarlas como latines a la vuelta del

primer aniversario.

La estadística tiene su fecha; una fecha propia, indiscutible, pero con aires de nostalgia, y, sobre todo, con

aires de nota necrológica; entonces resulta oportuna, porque es completa y suena a balance; pero nuestro

Régimen, para alegría de muchos y desesperación de algunos, tiene todavía por delante larga vida y

mucho andar.

Además, la estadística, soltada así, cada dos por tres, es cosa de viejos, que son los que tienen pasado y

necesitan pararse a menudo en el camino para tomar aliento, y en España, cada vez más, se precisa

ofrecer la ocasión a los jóvenes, que son el porvenir y el brío y el paso alegre, y, por que no decirlo, la

revolución.

Hablemos, pues, de aquello que nos queda por hacer, porque es más constructivo y porque queremos que

el futuro se nos meta en el alma, como una ilusión y no como una sombra que asuste a los débiles y a los

incapaces.

Hablemos, en primer lugar, de que no podemos seguir hablando del 18 de Julio como de algo nuestro,

patrimonialmente nuestro, que se hizo para nosotros y que nosotros lo administramos. El 18 de Julio lo

hicimos nosotros, sí, pero lo hicimos para España y para todos los españoles; porque el 18 de Julio fue

sobre todo, una fecha de ruptura, un gesto de insolidaridad con los hombres y las tácticas del siglo XIX; y

en esto sí que estábamos conformes los que luego nos vimos las caras en la dura batalla de las esquinas.

Es curiosa esta observación; el falangista español y el comunista español estaban disconformes en muchas

cosas, pero estaban totalmente de acuerdo en que de una o de otra manera lo que había que hacer era

mandar a paseo y para siempre tanta estupidez decimonónica, tanta organización de opereta y tanto

prohombre bobalicón y ausente que tocaba los problemas sin tocarlos, como los morfinómanos, como los

drogados, y que a cambio de no hacer, o peor dicho, de dejar hacer, dedicaban los más encendidos

discursos a exaltar las virtudes de la raza o a cantar cursiladas a la bandera o a pasear como símbolo de

España la bendita locura de Don Quijote.

Ellos no cogerían los problemas importantes, como cogió el Caballero las aspas del molino, cuando las

confundió con los brazos de un gigante; pero dedicaban su tiempo a la monserga, haciendo

consideraciones prudentes sobre los peligros del arrojo o convirtiendo el heroísmo en motivo de juegos

florales, o lo que es peor, riéndose de la costalada.

España y el mundo entero están metidos en problemas tan hondos, que todo lo que sea acercarse a

ellos, con ánimo curioso de turista y frases de almíbar, es volver al peor estilo del siglo XIX, y lo que ni el

falangista ni el comunista español aceptarían nunca es volver a la genuflexión y a los ramos de flores

como postura suprema de elegancia política.

En este XXV aniversario hay una cosa cierta entre todas las que nos depara el porvenir, y es que sólo

pervivirá como pueblo aquél que se decida a llamar a las cosas por su nombre, sin torceduras, sin

habilidades y sin narcóticos. Estamos en la hora de la verdad, y ya quedó para siempre a la orilla del

camino el alegre muestrario de los sucedáneos.

Con este ánimo formal y decidido tenemos que afrontar los problemas que aún no se han planteado y

aquellos que están todavía en período de solución. Con este ánimo y con un sentido jerárquico de las

cosas: sabiendo qué es lo primero y qué es lo segundo; porque en esta bullanga atroz de la posguerra

mundial, después del abrazo besucón que en la noche miedosa de la victoria se dieron los países más

heterogéneos, todo ha quedado revuelto en el mundo occidental.

Una de las frases más bonitas y más profundas de José Antonio es aquella de volver a establecer el orden

de las cosas por su propia jerarquía: «la jerarquía de los valores permanentes». No tiene todo un valor

uniforme como en esa confusa democracia parlamentaria que tanto favorece al comunismo: primero es

el hombre. luego el ciudadano: primero es el ser, luego el estar; primero es la hermandad social, luego el

disfrute económico.

De ahí que uno de los problemas más importantes, porque atañe sustancialmente a los seres humanos, es

el de la justicia social. Ahora se dice mucho eso de que el problema del mundo es un problema de

elevación del nivel de vida.

Es cierto, porque no hay empresa sin hombre, ni alegría perfecta sin un mínimo de bienestar; pero

cuidado con aquellos que todo lo simplifican y acaban diciendo que el nivel de vida se refiere al nivel

económico de las masas; porque más importante que lograr para todos los bolsillos unas monedas más, es

alcanzar para todas las almas una armonía mayor. Armonía del hombre consigo mismo, hasta sentirse con

plena dignidad protagonista de una vida que Dios ha hecho para que la vivamos dignamente; y armonía

del hombre con el prójimo, hasta lograr entre todos una hermandad entrañable, una solidaridad perfecta

que no consiste sólo en compartir las alegrías de los otros, sino también y principalmente en saber tomar

como propias las tristezas de cada uno. Y no hay tristeza mayor que aquella que viene por el turbio

camino de la injusticia.

El capitalismo, que ha tenido de todo menos de tonto, sabía como nadie que el beneficio es del que lo

produce, y al montar su sistema no trató de negar este axioma, sino de acercarlo a su provecho, afirmando

que el único productor es el capital y que el trabajo es simplemente una mercancía que se compra y que se

paga con el salario. Así estableció una divisoria y con ella una injusticia: la injusticia social.

Mientras haya dos mundos, el mundo del dinero, que prospera, y el mundo del trabajo, que vegeta;

mientras los beneficios vaya al uno con el esfuerzo del otro; mientras no se llegue a implantar la

participación del obrero en los beneficios de la producción y en la reacción de la empresa, que nadie

suponga afirmada la paz social, porque no hay paz duradera si tiene un trasfondo de innoble escamoteo.

Tenemos que desmontar el sistema capitalista. Es posible que esto nos sobrecoja, porque, justo o injusto,

lo indudable es que el capitalismo levantó un sistema financiero casi perfecto, y porque todo cambió,

aunque sea llevado con la mayor cautela, arrastra consigo un período de riesgos; pero ya se ha dicho

muchas veces: aquella juventud que estallaba de ardor y de entusiasmo en los cálidos trigales castellanos

el día del Alzamiento, no entendía de sutilezas ni de cautelas; se entregó a la angustia ciega de amar a

España, y, ciertamente, quería hacer de España un país rico; pero antes que nada, y, sobre todo, lo que

quería hacer era un país justo.

Hoy tenemos por delante la misma tarea y la misma exigencia, porque la juventud de hoy es la misma que

la juventud aquella; ni más ni menos rebelde, tal vez un poco más incómoda porque tal vez nosotros

también estemos empeñados en mantener el reloj de aquel 18 de Julio en una hora que para nosotros dice

mucho, pero que no podemos pretender que siga diciendo lo mismo a los que no conocieron la tortura

espiritual de entonces.

Del 18 de Julio lo importante es la esencia y no la presencia machacona de todas y cada una de las cosas

que a nosotros nos llenan de emoción. Es duro decirlo, pero, ¡qué le vamos a hacer!, es ley de vida;

también mi abuelo lloraba cuando me tenía en sus rodillas contándome la despedida de Valcarlos, y lo

importante del carlismo no es lo que pasó, sino lo que quedó.

Hoy, a los veinticinco años, tenemos un espléndido porvenir si sabemos poner en vigencia lo que es

permanente y dejar para el hogar de cada uno el capítulo de las emociones; si sabemos rechazar a tiempo

ese papel de viudos de la Falange que algunos querrían ofrecernos; si sabemos levantar bravamente la

bandera de la revolución social por encima de los egoísmos y de los rencores; si sabemos mirar el futuro

de las instituciones con mirada limpia, puestos los ojos en la conveniencia y en el porvenir de España; si

sabemos cerrar los oídos a la intriga y al apetito y a la murmuración y mantenernos unidos a las órdenes

de Franco.

Por de pronto, estamos ya en posesión de las tres esenciales circunstancias que deben rodear a todo

propósito revolucionario: una doctrina capaz de estructurar política, social y económicamente ai sistema;

una hora exacta, aquélla que los pueblos necesitan esperar para que haya madurado el pensamiento, y un

Caudillo decidido a llevar adelante la empresa.

Mirad si este XXV aniversario se nos presenta en sazón.

 

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