Autor: Gómez Tello, José Luis. 
   Historia de la Falange hacia delante     
 
 Arriba.    18/07/1961.  Página: 17-19. Páginas: 2. Párrafos: 8. 

HISTORIA DE LA FALANGE Hacia delante

Por J. L. GOMEZ TELLO

He aquí, señalada en unas pocas imágenes, toda una parcela de Historia de España que culmina en la

conmemoración apretada de estos veinticinco años. Es también la historia de la Falange, en sus actos y en

sus hombres. Desde aquí se contempla una vez mas, sobre la marcha, la mañana clara con ligeras nubes

blancas del 29 de octubre de 1933 y el mitin de la Comedia— «yo creo que está alzada la bandera»—, en

que José Antonio pone en pie un haz de ideas nuevas: el espíritu de sacrificio y de disciplina, la consigna

de que la Falange no es un movimiento de derechas ni de izquierdas, la justicia social revolucionaria y la

Patria. Luego, la formación severa de los primeros muertos: el 1 de noviembre de 1933, José Ruiz de la

Hermosa; en enero de 1934, en una calle de Madrid, Francisco de Paula Sampol; el 9 de febrero, Matías

Montero; en el anochecer del 27 de marzo, el primer «flecha», Jesús Hernández. Aquí está el acto de la

fusión de Falange Española y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista—«la primera guerrilla del

estilo nuevo, los gallos de marzo»— , en el teatro Calderón de Valladolid. Es el 4 de marzo de 1934, y la

arrebatada oración de José Antonio: "Esta tierra de Castilla, que es la tierra sin galas, sin adornos, la tierra

absoluta...", y los disparos del marxismo al salir las escuadras y el signo de la Victoria.

Aquí se sugieren activamente, sin melancolías, las primeras canciones de combate, de los primeros

saludos, de las primeras camisas azules, de las banderas y los estandartes, de las primeras ventas de «FE»

en la acera «roja» de la Puerta del Sol o en el «Kremlin» del barrio de la Macarena. ¿Recordáis el medio

centenar de falangistas reunidos en las catacumbas del chalet del Marqués del Riscal para celebrar el I

Consejo Nacional de Falange, y desde allí irrumpir, en manifestación desbordadora, sobre un Madrid que

el 7 de octubre de 1934 percibía el estampido dinamitero de Asturias y, sobre todo, la túnica de la unidad,

nacional rasgada en la subasta separatista de los «escamots»? Aquí está el mitin del cine Madrid el 19 de

mayo de 1935 y la reunión en Gredos, el 16 de junio: «Debemos ir al alzamiento.» Son los títulos de

Santa Rebeldía de la Falange ante la catástrofe que latía en el aire cuando iba a comenzar el carnaval de

unas elecciones punteadas por las pistolas del marxismo, el ulular de las bandas comunistas, las

complicidades masónicas, la orgía de una garra internacional sobre España y la estupidez de las derechas.

Cuando nadie, en realidad, comprendía la dimensión de la tragedia. José Antonio, detenido el 14 de

marzo de 1936, escribe en los calabozos donde se encuentran ya centenares de falangistas: «Hoy están

frente a frente dos concepciones totales del mundo; cualquiera que venza interrumpirá definitivamente el

turno acostumbrado: o vence la concepción espiritual, occidental, cristiana, española de la existencia..., o

vence la concepción materialista, rusa.» ¿Se atrevería nadie a opinar que estas palabras, signadas

proféticamente con su propia sangre por José Antonio, no estaban destinadas para hoy? Y allí mismo,

cuando va a emprender el camino de la prisión de Alicante y de la muerte, el 20 de noviembre, lanza un

llamamiento que es el anticipo de la unificación en la hora del combate y en la hora de la paz: «La

Falange os convoca a todos: estudiantes, intelectuales, obreros, militares españoles.»

Aquí están, cargadas con la luz de las trincheras, las escenas familiares del alzamiento, de la guerra, de las

batallas y de la victoria. Y la figura erguida del Caudillo Francisco Franco en el balcón de Salamanca,

desde el que proclama el 19 de abril de 1937: «Urge ya acometer la gran tarea de la paz, cristalizando en

el Estado nuevo el pensamiento y el estilo de nuestra Revolución Nacional. Unidos por un pensamiento y

una disciplina; común, los españoles todos han de ocupar su puesto en la gran tarea.» La Falange

revolucionaria, las JONS impacientes y el Tradicionalismo heroico se unen. Y la cosecha dorada de la

Victoria del 1 de abril de 1939. Y en un ritmo que posee el secreto dinámico de los pueblos que hacen

historia, la puesta en marcha de una Patria, la reconstrucción, la política lúcida de una España en paz en

medio del océano de sangre de la segunda guerra mundial; la División Azul contra el comunismo, y luego

el cerco y la dignidad española alzándose en la inmensa concentración de la plaza de Oriente; y luego la

nueva victoria, que no es sólo para nosotros, sino para todas las razones de un mundo amenazado por el

viento del Este...

Esta Historia no puede sintetizarse aquí más que por unas cuantas fotografías; pero éstas son suficientes

para que todos recordemos los años que hemos vivido y para que percibamos cómo esta existencia

española reciente no se ha hecho por un azar ni se ha dejado llevar por esa falacia que está de moda: «El

sentido de la Historia.» Esta vida española se ha creado, jornada a jornada, acontecimiento tras

acontecimiento, en la adversidad o en el triunfo, porque había una idea, había un impulso, existía una

voluntad de hacerla así en los hombres que tomaron en sus manos la misión de amasar el destino.

Quizá para muchos el duro contorno de las circunstancias no les haya permitido ver toda la profundidad

que se encierra en este surco que la Falange ha abierto en España a lo largo de veinticinco años y más. En

ese surco hemos dejado a nuestros muertos y nuestra sangre, pero no porque fuéramos sólo vocación de

sangre y de muertos. Ni la violencia ni la guerra fueron doctrinales. Como tampoco lo fueron las

circunstancias periféricas de una hora del mundo y, sobre todo, de Europa, de la juventud de los pueblos

de Europa, que habían de señalarse en las formas exteriores de la Falange como en tantas otras

formaciones que llegaron con retraso y sin autenticidad, sin doctrina. La autenticidad y la doctrina de la

Falange, esenciales, vitales; poderosas, constituyeron desde el primer momento el resplandor interno y la

raíz de atracción de la juventud, que precisamente por esto encontró una razón legítima para morir. Fue

un pensamiento, una idea elaborada en plena lucha por un grupo de hombres que se anticipaban a su

tiempo. Y por eso se prolongaban en el futuro. Todo el proceso histórico posterior de España —y las

fórmulas irremediables para el mundo, si de verdad se quiere salvar—están en esa aspiración unificadora

de los hombres, las tierras y las clases sobre los postulados de Justicia y Patria. Fuera de esto no hay nada.

"Para encender una fe, no de derecha (que en el fondo aspira a conservarlo todo, hasta lo injusto) ni de

izquierda (que en el fondo aspira a destruirlo todo hasta lo bueno)....» «Implacablemente anticomunistas,

implacablemente anticapitalistas.» Estas fórmulas están ya hoy en el lenguaje del mundo, en el lenguaje

de muchos pueblos y de muchos sistemas de gobierno, e incluso en el lenguaje de muchos que se

asombrarían si se les dijera que son falangistas sin saberlo. Pero hace veinticinco años eran una bandera

alzada al viento de todos los desafíos. A esa bandera se ha permanecido fiel. Digámoslo de una vez: no

era fácil; hizo falta una fe apasionada, sin grietas, sin desmayos.

Esa bandera es la del Movimiento. La Unificación se hizo pensando en la paz cuando se estaba en plena

guerra, cuando había quien creía imposible la victoria. Francisco Franco adivina que la guerra, que se

hace porque la libertad y la independencia de la Patria, la defensa de los valores religiosos y la exigencia

de recuperar revolucionariamente el atraso de décadas de decadencia liberal exige este sacrificio planta

entonces, con esa fe española, de granito, los jalones por donde caminará el Movimiento una vez

conseguida la victoria. Y con la victoria ha de llegar también, en un abril de paz, sin aflojar la tensión de

una centinela impuesta por la constante ofensiva del enemigo—del enemigo de los dos lados—, el

momento en que la potencia de la doctrina se revela con todas sus posibilidades. La lucha no hizo sino

acerar, aclarar el pensamiento. Es un nuevo combate, del que desertan quienes no comprenden el milagro

secreto de la resistencia frente a fuerzas que se han juramentado para destruir la victoria; un combate en el

que inevitablemente tenía que haber hombres de poca fe o que no percibían que importaban más los

principios que las formas, en que había que salir al encuentro de un mundo con moldes nuevos y

desprenderse de los habían sido dados por otras circunstancias. Sacrificios a veces duros; camaradas que

se alejaron, hombres que se habían uncido al carro del triunfo, pero no eran soldados. Pero paralelamente

la doctrina ganaba en profundidad; era imitada inconscientemente en otros pueblos, encontraba en cada

hecho y en las palabras y doctrinas de los demás un refrendo inesperado, un impulso nuevo, un resorte

gigantesco de vida. Los hombres que habían ganado las batallas de la guerra ganaban también, incluso a

regañadientes, las más difíciles batallas de la paz en nosotros mismos y en el mundo. No somos nosotros

quienes lo decimos, sino nuestros enemigos, que, como en la hora fundacional, disparaban a bocajarro

desde las dos cunetas. Y puede estarse seguro de que si la España de Franco no contara en el mundo se

nos habría ignorado completamente, como en aquellas épocas en que el destino del pueblo español se

dictaba en las embajadas extranjeras en Madrid.

A la minoría inasequible al desaliento—que hoy ya sabemos que no es una frase para repetir, sino una

realidad en la carne y en el alma—, que alzó la bandera del 29 de octubre de 1933 para arrastrar tras si a

la mejor juventud de España, se unió la minoría que justifica con la construcción de la paz en plena

guerra, el sacrificio de la lucha, arrastrando la gran esperanza de todo un pueblo en armas. A ésta se

enlaza la minoría política y constructora que se niega a si misma el descanso bien ganado de la victoria

para movilizar al país en las tareas de una Revolución que va desde el pensamiento hasta la

industrialización. En las horas de flaqueza es esta minoría la que se encastilla en la disciplina y el

sacrificio, y algo hay en el ánimo del pueblo español que parece hacerle presentir que, sea la que sea la

zozobra o el ataque, existe una voluntad que vigila y hace marchar adelante. Es una gran empresa que va

moldeando esa unidad española, cuya raíz fue, desde la primera hora hasta hoy, la vocación de ser

Movimiento de unidad.

Contemplad estas imágenes, las de la epopeya militar de un pueblo heroico y las de la epopeya de los

trabajos de un pueblo con peso decisivo en el mundo. Contemplad y recordad que las cosas fueron así

 

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