Autor: Primo de Rivera y Sáenz de Heredia, Miguel. 
   La verdad entera     
 
 Arriba.    18/07/1961.  Páginas: 1. Párrafos: 17. 

LA VERDAD ENTERA

Por MIGUEL PRIMO DE RIVERA

EN todo caso, pero mucho más cuando las circunstancias del individuo o de la comunidad política son

difíciles y hasta agobiantes, sólo una resuelta actitud, de viril enfrentamiento con la realidad, puede ser

solución salvadora.

España, en 1936, había llegado —si es que así puede decirse— a la culminación de lo que se deshace, de

lo que no tiene sentido ni explicación siquiera de por qué se deshace, ya que los grupos políticos de lo que

se llamaba —y siguen llamando— izquierda y derecha achicaban sus fundamentales razones polémicas

dentro de los estrechos marcos del rencor y del egoísmo.

Insospechadamente, con sorpresa de todos y recelo de muchos, irrumpen en la ingrata palestra unos seres

extraños, difícilmente clasificables, dentro de la aceptada denominación de izquierdas y derechas.

Discrepan y coinciden ocasionalmente con unos y con otros de los bandos antagónicos, y lo mismo sus

coincidencias que sus discrepancias con derechas e izquierdas se formulan en términos terribles, casi

bíblicos, y, por fin, a tiros.

A esos seres extraños se les llama falangistas.

Al principio se les da poca importancia, vienen bullendo desde el año 33. Pero ni la derecha ni la

izquierda se preocupan demasiado de ellos.

Pero las cosas en España se van poniendo mal, muy mal. Hay que andarse con mucho tiempo y todo

cuenta, por pequeño que aparezca.

El Gobierno de la República ha advertido algo que le preocupa seriamente en lo que a esos seres extraños

se refiere, y sin contemplaciones legales de ningún género los va encerrando en cárceles de toda España.

Y, por fin, en la más peregrina proclamación pública que jamás haya hecho ningún Gobierno, éste de la

República, que preside Casares Quiroga, abdicando de toda la hermosura democrática que le arropa, se

declara beligerante frente a la Falange.

Los falangistas son ya muchos. Han dicho y hecho cosas serias. Y su emblema, el yugo y las flechas de

Isabel y Fernando, se ha ido prendiendo en la camisa de muchos obreros, de muchos profesores, de

muchos estudiantes y en la guerrera de muchos militares.

Los falangistas tienen ya un copioso fichero de afiliados que hay que guardar y proteger con riguroso

secreto y con especialísima reserva.

Yo revisé ese fichero por última vez a principios de 1936. Había que camuflar un buen número de

nombres cuya presencia en nuestras filas podría acarrear graves daños a todos.

Entre los afiliados de primera línea, que por aquel entonces eran varios miles en Madrid, había una ficha

en la que se leía: "Alfonso Mariátegui. Duque de Almazán".

La afiliación en primera línea suponía el aceptar toda clase de riesgos, y mi buen amigo el duque de

Almazán los aceptó de buen grado, sirviendo y cumpliendo ejemplarmente.

En el mismo fichero, protegido por la palabra "reservadísimo" y con una nota "para prestar la más

conteniente colaboración", había otro nombre: Ángel Pestaña.

¿Ángel Pestaña, el famoso líder anarcosindicalista, y el duque de Almazán en la misma línea política?

¿Qué venía ocurriendo en nuestro país para que apareciesen juntos, encuadrados en igual propósito, estos

dos hombres tan aparentemente dispares?

Él hecho tiene para mí una explicación sencilla: La Falange había dicho la verdad entera, esa verdad que,

sofocada y falseada por las medias verdades de los unos y de los otros, parecía no existir, pero que en la

hora crítica convocó a muchos miles de españoles enteros, como el duque de Almazán y como Ángel

Pestaña.

Esta verdad entera y salvadora tendría hoy que encontrarla y decirla el llamado Occidente para salvar a un

mundo que en tanto se asemeja a nuestra España de 1936.

Verdad dura e incómoda. Verdad de renuncias y de sacrificios, pero verdad católica —universal— y

eterna, a la que Franco ha dado veinticinco años de firmeza.

 

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