Autor: Barroso Sánchez Guerra, Antonio. 
   El ejército, salvagurada de la victoria     
 
 Arriba.    18/07/1961.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

EL EJERCITO, SALVAGUARDA DE LA VICTORIA

Por el Teniente General BARROSO

Ministro del Ejército

CUANDO vean la luz estas líneas que amablemente me ha pedido el diario ARRIBA, nuestro Ejército

habrá desfilado ante el pueblo en las más importantes capitales españolas. Este Ejército que ha salido de

sus cuarteles y de sus campos de instrucción, donde se afana cada día en ser mejor que el día anterior, ha

venido este año al asfalto ciudadano para recordar a todos que hace veinticinco sonó el definitivo toque de

llamada que congregó a su alrededor a la masa de buenos españoles que con él iban a emprender la

ingente tarea de salvar a la Patria amenazada en su propio ser, españoles que ayer también marcharon tras

las tropas para actualizar su presencia y su fe.

El Ejército que el 17 de julio inició en Melilla su protesta contra una situación insufrible, contra un caos

total, contra un desgobierno absoluto, interpretando el sentir y el deseo de los españoles para restablecer

el imperio de Dios, del Derecho y de la Ley, encontró eco inmediato en toda la faz de España, que se fue

sumando al Movimiento con una fe, un entusiasmo y una voluntad que jamás podremos olvidar quienes

tuvimos la inmensa dicha de poder participar desde los primeros momentos en la gloriosa responsabilidad

de este hecho trascendental para el porvenir de España.

Aquel Ejército de entonces tenía una fisonomía exterior distinta al que ha desfilado ayer por las calles de

las ciudades de España, pero su fisonomía ulterior, su espíritu, su patriotismo ha sido transmitido

inalterable a lo largo de estos veinticinco años y constituye el más preciado tesoro que guarda

celosamente el Ejército de hoy. El material y la técnica son ahora más costosos y complicados; el hombre

es el mismo continuador de las glorias hispánicas: el que en Covadonga defendía ya a Europa de la

invasión islámica; el que asombraba al mundo con el descubrimiento y conquista de un Continente; el que

luchaba incansable en defensa de la Cruz y se desangraba en todas las empresas nobles que le venían

impuestas por un imperio donde no se ponía el sol. Por eso tampoco podía faltar, y no faltó, la gallarda

presencia española ante el moderno Gengis-Kan, que desde hace cuarenta y cinco años pretende

derrumbar la civilización cristiana y quiso empezar por nuestra Patria como pieza clave de un plan

estratégico diabólico. Pero aquí se encontró con lo más sano del Ejército, de la Marina y de la Aviación

españolas, encuadrando a un buen pueblo que no se resignaba a morir, protegidos por Dios, que nos

dispensó su divino favor, supliendo la falta de medios materiales con que emprendimos la lucha.

Desde mi puesto de jefe de Operaciones del C. G. del Generalísimo, sé de los momentos difíciles, de las

incertidumbres pasadas en períodos de crisis operativas, del peso de la tremenda responsabilidad del

mando supremo, y por eso sé también del valor, de la serenidad, del genio previsor de un Caudillo que

nos condujo a la Victoria en la guerra y al propio tiempo preparaba la Victoria de la paz: Francisco

Franco. Y sé del temple de los mandos altos y bajos, y de los insomnios y desvelos de los

Estados Mayores de las Unidades, y del sacrificio de los soldados y milicias. Y sé, por último, de la fe

común que animaba a todos, una fe pétrea, que nos apiñaba en el mismo anhelo y no podía conducir sino

al aplastamiento del poderoso enemigo internacional que quiso barrer de la geografía el nombre de

España.

Todavía no nos perdona esta Victoria, y casi constantemente desata campañas basadas en la mentira, en la

calumnia, en la difamación. Algunos, entre nosotros, creerán que ya es tiempo de dejar de hablar de

nuestra Cruzada. No muerdan el anzuelo enemigo. No podemos estar callados en tanto no se callen

quienes

la perdieron. No podemos dejar de seguir proclamando la verdad, mientras nuestros enemigos nos acosen

con la mentira. Hemos de rebelarnos con santa indignación si achacan la victoria a la ayuda extranjera

recibida, porque eso es despreciar al millón de españoles que constituyó nuestro Ejército, en el que jamás

hubo más de treinta o treinta y cinco mil voluntarios extranjeros llegados por cierto después de los cientos

de miles que combatieron en el lado rojo, en sus Unidades de choque.

Y nos rebelamos cuando dicen que nuestros armamentos y municiones eran también productos de la

ayuda extranjera, pues la verdad es que la movilización industrial de nuestros recursos fue eficacísima, y

con ella atendimos a nuestras necesidades en todo momento, sin contar con que la superabundancia de

material que llegamos a poseer la debimos al propio bando rojo, que tras cada derrota dejaba en nuestro

poder un gigantesco arsenal.

Y también nos rebelamos si quieren sembrar confusión sobre la legitimidad de nuestra guerra, pues ésta

fue bendecida por Dios y calificada como Cruzada—la guerra justa por excelencia—por quien puede

hacerlo.

Pero no nos importa mucho, pues si ladran los perros es porque marchamos hacia una meta gloriosa y

próspera, conducidos por la mano firme de nuestro Caudillo. Y aquí está España, la España nueva en paz,

abierta a cuantos quieran contemplarla en su laborioso afán de superación. Y aquí está su Ejército,

salvaguarda de la Victoria que dio paso a la instauración de un Régimen necesario, querido y apoyado por

el sentido común del pueblo, que ve en su vitalidad y en su justicia social la mejor garantía de un futuro

que empieza a alcanzar cunas de prosperidad y grandeza. En el mundo atormentado y confuso de hoy, la

originalidad de nuestras concepciones, que con nuestra fe en Dios y nuestra unión son causa de nuestra

constante progresión y del orden que disfrutamos, bien merece servir de ejemplo en el que se mirase el

mundo occidental si no quiere perecer ante las concepciones orientales, cuyos éxitos se basan en que

mantienen una disciplina férrea y se presentan al exterior férreamente unidos, aunque desgraciadamente

sea para el mal y el ateísmo. La unión de los pueblos occidentales para el bien ha de ser tan sólida como

la de sus adversarios, y los españoles podemos decirlo con fundamento, pues con ella pudimos conseguir

una Victoria que parecía imposible contra el mismo enemigo.

 

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