"...lo hará"     
 
 Arriba.    18/07/1961.  Páginas: 1. Párrafos: 14. 

«...LO HARA»

Por el General GONZALEZ DE MENDOZA

Subsecretario de Ejército

El artículo 21 del Título XVII, Tratado segundo, de las «Ordenanzas dadas por S. M. el Bey Don Carlos

III en 22 de octubre de 1768 para el régimen, disciplina, subordinación y servido de sus Ejércitos»,

establece en sus dos lineas escasas esta sentencia heroica:

"El oficial que tuviese orden absoluta de conservar su puesto a toda costa, lo hará.»

Ese lo hará, que sirve de titulo a estas líneas, pudiera decirse que es un imperativo categórico de la

disciplina. Y el dramatismo del articulo esta en que en su laconismo lleva implícito el rechazo de

cualquier circunstancia de lugar, tiempo, medios u ocasión que pudiera Justificar, incluso sobradamente,

el no haberlo hecho.

Hay que reflexionar mucho y pesar detenidamente todas estas circunstancias de lugar, tiempo, medios y

ocasión antes de dar a un oficial, en el mas lato sentido, la orden absoluta de conservar "su puesto a toda

costa; pero una vez dada como fruto de la reflexión mas profunda, el oficial que la ha recibido—si merece

el nombre de tal—no tiene escape... lo hará.

¿Que por qué hacemos estas reflexiones? Pues porque hoy hace veinticinco años el Ejército español,

representado por sus oficiales, y éstos por su Caudillo en potencia, recibió la orden absoluta de conservar

su puesto a toda costa, y lo hizo.

Porque así como el precepto no admite más opción que cumplirlo o la muerte, la Patria dio la orden

porque no tenía tampoco mas opción que la conservara el Ejército en sus esencias o sucumbir.

Entre esas esencias figura el espíritu de las Ordenanzas que comentamos. Y reunido el precepto del

articulo que invocamos con el que señala el 57 al decir: «Todo mando militar ha de residir en uno solo, y

éste responder, de sus operaciones...», con el 12, cuando afirma: «El oficial cuyo propio honor y espíritu

no le estimulen a obrar siempre bien, vale muy poco para mi servido», teniendo como guía el final del

artículo noveno, que oriente: «... debiendo en los lances dudosos elegir el mas digno de su espíritu y

honor», prodigaron esa magnífica conjunción de nuestro Caudillo Franco con sus entusiastas oficiales,

que hoy hace ya un cuarto de siglo se pusieron al frente de una tropa que sin reparar en»... otras espedes

que distraigan CP hacer un pleno uso de ella...» (artículo 11) lanzaron el «lo hará» de las Ordenanzas casi

dos veces centenarias que crearon nuestro espíritu militar, y lo hicieron.

Si hemos contemplado ayer ese magnífico desfile militar, seguido de los alféreces provisionales, que ya

peinan canas, y de millares de ex combatientes, entonces algunos casi unos niños y hoy todos hombres

formados y encanecidos en las distintas actividades de la Patria, dispuestos a ponerla al frente de las

naciones civilizadas, se debe al indomable espíritu de nuestro substrato celtibérico, que, como en el lema

de la Jurisprudencia, no reconoce obstáculos.

Porque el Ejército empezó su Cruzada sólo con eso, con su espíritu. Faltaban aunas, faltaban municiones,

los Parques principales quedaron en poder del Gobierno que llevaba la Patria a su ruina. La pequeña

reserva de Marruecos, que no daba para todos, no podía repartirse entre todos los que en su entusiasmo se

levantaron, porque no había comunicación de unas zonas con otras.

El Tesoro no existía, las principales zonas industriales se perdieron o quedaron del otro lado. El llorado

general Mola llegó a dar la orden de requisar la pólvora de caza de las armerías particulares. Pero nadie

pensó en si al mes siguiente cobraría sus devengos o moriría de hambre; todos: militares, civiles y

famílias, habían optado por la muerte antes que el vilipendio y se dispusieron a salvarse, a ser posible, de

una y otro. Los escasos medios bélicos y el enorme espíritu de que se disponía bastaron para parar el

primer golpe y ganar poco a poco tiempo y espado.

La serenidad, la tenacidad, la paciencia y la clarividencia de nuestro Caudillo fueron formando unidades

organizadas y disciplinadas: primero, pequeñas; luego, mayores; finalmente, grandes, de los primitivos

tropeles entusiastas. Entre tanto, las poblaciones fueron entregando al incipiente Tesoro nacional sus

metales preciosos, sus alhajas, sus valores extranjeros... Y al propio tiempo que se formaba un Ejército

extraordinario se fue formando un Estado y una Nación.

En menos de tres años de actividad infatigable y triunfal se forjó un Ejército, un Pueblo y una Nación

nuevos. Y llegó aquel 1 de abril de 1939, en que el clarinazo famoso de «La guerra ha terminado», en

España empezó, realmente, a amanecer.

Las pruebas, sin embargo, nunca vienen solas. Y cuando más necesidad teníamos de paz interior, exterior

y colaboración surgió la segunda Guerra Mundial en septiembre de 1939, apenas con un respiro de seis

meses, que no sólo retrasó y puso en peligro nuestra recuperación, sino que nos obligó a mantener sobre

las armas contingentes muy superiores a nuestras posibilitiades teóricas y a dedicar al Ejército medios y

esfuerzos que podían haber acelerado la recuperación que la guerra y la ferocidad destructiva de nuestros

despechados adversarios hacían indispensable.

Pero los hombres de la Cruzada y su Caudillo no son propensos al desaliento. Con tenacidad ejemplar,

con un valor a toda prueba, con una indiferencia total a las amenazas y más que amenazas de los que

desde el exterior buscaban—y aún buscan— nuestra ruina, España y su Gobierno han sabido sortear todos

los escollos. Y hoy es una venturosa realidad el respeto y la colaboración de los países amigos y el

cumplimiento de la famosa promesa de Franco a los veinticinco años de lanzada: «Por la Patria, el Pac y

la Justicia».

Y todo ello porque la auténtica España entera: el Ejército, el Pueblo, el Requeté, la Falange, las JONS, los

combatientes, la retaguardia, los supervivientes, los muertos..., el celtíbero inmortal, recibieron, como

decimos, la orden absoluta de conservar la Patria a toda costa... y lo hicieron. Y, como entonces, si la

ocasión se presenta de nuevo, el español... lo hará.

 

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