Autor: Jiménez Blanco, José. 
   Las imprevisiones sucesorias     
 
 Informaciones.    08/11/1975.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

LAS IMPREVISIONES SUCESORIAS

Por José JIMENEZ-BLANCO

Todo el mundo parece estar en España pendiente del hecho sucesorio. En España y fuera de España. La

actitud más generalizada es la sensación de que vamos a ser testigos de un acontecimiento histórico. Esto

significa para algunos —lo que queda de las llamadas «familias» del Régimen— que «aquí no va a pasar

nada». Para otros, la llegada de don Juan Carlos marca el momento del «borrón y cuenta nueva», después

de cuarenta años de Régimen.

Eventualmente, la corona de don Juan Carlos sería asunto a debatir un poco más adelante, no mucho, pero

sí, lo suficiente como para que una prevista e inevitable debilitación del Estado español permita «partir de

cero». Lo cierto es que al momento de la sucesión se le conceden virtualidades casi mágicas para que todo

continúe igual o para que no quede nada de la historia de los últimos cuarenta años de vida española. En

estos días que estamos viviendo ahora, todo se ha paralizado a la expectativa de que muerto Franco, el

Príncipe don Juan Carlos sea definitivamente el Jefe del Estado. Se ha paralizado desde la maquinarla

administrativa hasta las huelgas y la actividad terrorista (lo cual se agradece). Todo parece en suspenso

hasta el momento culminante en que se cumplan las previsiones sucesorias.

¿Pero es posible, sencillamente posible, que después de cuarenta años de Jefatura del Estado de Franco, la

simple sustitución por el Príncipe don Juan Carlos, a título de Rey, permitía el puro continuismo o la

ruptura radical? Vamos a tratar de responder a las dos tesis que venimos manejando —continuismo versus

ruptura. Lo vamos a hacer refrescando la memoria del lector sobre lo que podemos llamar las

imprevisiones sucesorias, que afectan por igual a unos y a otros.

A los de la tesis del puro continuísmo les diríamos que a Franco, como figura de perfil histórico

irrepetible no se le sucede por un simple mecanismo legal. La Jefatura del Estado quedara ocupada por el

Príncipe don Juan Carlos, pero este no heredará, por la sencilla razón de que eso es transmisible, el haber

ganado una guerra civil, haber construido desde la raíz un Estado nuevo —así se decía en los años 40—.

haber obtenido un acatamiento de hecho de una buena mayoría de españoles, haber sacado a España de la

pobreza, y muchos etcéteras. La figura histórica que. se ha construido con todo ello desaparece con la

muerte de Franco La presencia de Franco en la Jefatura del Estado na significado, de hecho un

planteamiento de muchos problemas de la realidad española, que dura lo que dure la vida de Franco. A

partir de ese momento, el planteamiento pierde 10 que le daba torma y sentido, y se replantea por si

mismo de otra manera. Por ejemplo los problemas del derecho de asociación, de organización sindical de

representatividad de los gobernantes— a todos los niveles—, de relaciones con Europa, de libertades

públicas, de lealtades carismáticas, de singularidades regionanales, y muchas cosas más quedarán

automáticamente replanteadas desde la raíz con la desaparición de Franco.

El Príncipe hereda la titularidad de la Jefatura del Estado, pero no el consenso de hecho con que se ha

acatado la manera especifica con que Franco planteaba los problemas nacionales. A partir de su

desaparición se someterán a fuerte discusión todas esas cosas, aunque no sea más que porque las

«familias» del Régimen tienen respuestas propias y diferentes ante esos problemas y tratarán de hacerlas

prevalecer pero sin que exista ya el árbitro transcurrido que ha sido Franco para esas «familias». Pudiera

ser que de la discusión salieran robustecidos los planteamientos franquistas, pero la discusión no la evita

nadie, y la posibilidad histórica de llegar a nuevos planteamientos es algo más que una fantasía de

sociólogo.

A los partidarios de la tesis de la ruptura habría que recordarles que el Príncipe si hereda un Estado

fuertemente constituido, una sociedad que se ha desarrollado durante cuarenta años de vida española, y

toda una serie de valores que la mayoría no está dispuesta a mirar por la ventana de un día para otro.

Concretando, no es previsible que a lo Alfonso XIII, alguien diga que se va. Ni el Príncipe, ni el Ejército,

ni los demás resortes que tiene un Estado moderno se van a debilitar de la noche a la mañana.

La sociedad española en los últimos cuarenta años ha asistido al ensanchamiento y la consolidación de

unas clases medias (viejas y nuevas) que son históricamente facto res de estabilidad, y no de cambios

bruscos. Ya es difícil encontrar proletarios revolucionarios por el mundo, y España no es una excepción

—lo que no impide la existencia de proletariados fuertemente reivindicativos. Concretando, el valor del

orden público, que el Régimen ha esgrimido como factor de legitimación, se ha alojado de hecho en las

mentes de los españoles, y resulta difícil que se acostumbren a soportar unas calles, por poner un ejemplo,

menos seguras que las actuales. Resumiendo, la tesis de la ruptura a partir de la sucesión al trono de don

Juan Carlos, parece ignorar que los últimos cuarenta años no han pasado en vano, que existe un futuro

Rey, un Estado y una sociedad poco propicios para la ruptura.

Ante la nueva situación creada por la llegada al trono de don Juan Carlos, en España y fuera de ella, hay

que ir pensando en restar magia, encanto, romanticismo al fenómeno de la transición, y afanarse

en encarar los medianamente nuevos planteamiento, de los problemas españoles, sin limitarse a puro

continuismo que ya sencillamente no es posible, ni a una brusca ruptura con el pasado inmediato

que tampoco es posible como dicen algunos de los partidarios de esto último, no se dan «las

condiciones objetivas» para ello. Así, del continuismo habría que decir que no se dan «las

condiciones objetivas» para su propósito.

Ahora bien, la aceptación de figura del Príncipe don Juan Carlos por una respetable mayoría a

españoles —como reflejan algunas encuestas dignas de crédito—, y creo que sea aventurado

interpretarla como la negación de las dos tesis que venimos examinando. Los españoles esperan del

Príncipe, convertido en Rey, que al replantearse, como inevitablemente veo que va a ocurrir, los

problemas españoles ni hay puro continuismo ni hay pura ruptura. Por lo menos, el español que esto

escribe espera que don Juan Carlos, en el marco del Estado establecido, pero con todas las

modificaciones, innnovaciones y reformas que sean necesarias, acómeta la definitiva modernización de la

sociedad española. Es decir de una solución a los problemas replanteados —insisto, inevitablemente—

que nos permita responder a concepto de la Europa occidental. Las condiciones «objetivas» y

«subjetivas» nuevas lo hacen posible.

8 de noviembre de 1975

 

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