Nuevas garantías para la mujer trabajadora     
 
 ABC.    27/03/1962.  Página: 39. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

NUEVAS GARANTÍAS PARA LA MUJER TRABAJADORA

El decreto del Ministerio de Trabajo de 1 dé febrero pasado se proyecta clara y sobriamente en varias direcciones. De éstas, tres son las principales: la mujer disfrutará de igual salario que el hombre en los trabajos de idéntico rendimiento; el Cambio de estado civil no rompe la relación laboral, y la trabajadora, al contraer matrimonio, tiene opción a continuar, a rescindir con indemnización y a quedar por cinco años en excedencia voluntaria, y tercera, las normas reguladoras del aprendizaje, admisión, período de pruebas, clasificación, ascensos, retribuciones especiales, premios, pluses, primas y todas las de carácter análogo responderán a un criterio de igualdad entre ambos sexos. No hay más tareas laborales exceptuadas para la mujer que las de carácter penoso, peligroso, insalubre, o sea, las señaladas reglamentariamente en consonancia con leyes específicas o convenios internacionales. En síntesis muy apretada, esa es, actualmente, la situación legal de la mujer trabajadora en España.

El tema del trabajo femenino, por otra parte, es tan viejo como el mundo. Lo más probable también es que dure tanto como el mundo. Hoy por hoy, en unos setenta y seis países, la mujer goza de los mismos privilegios que el hombre, pero en ninguno de manera absoluta. En Ceylán no hay "primera ministra", sino que la viuda de Bandaranaike—lo recordó hace unos meses la revista "Mundo"— se llama "primer ministro". El aserto de Fray Luis de que " algunos nombres que significan de suyo cosas femeninas cuando aluden a "algún accidente viril toman letras viriles", continúa vigente, más o menos atenuado, en zonas escasas. Ahora mismo, en unos diez países se niega a las mujeres el derecho a expresar sus opiniones políticas. En más de veinte, esos derechos están muy reducidos. En varios —ya pocos—, la mujer no tiene, ni en la vida pública ni en la privada, voz ni voto, y en otras sociedades no digamos que la mujer "vive", sino que "arrastra" una existencia, meramente orgánica, en inconcebibles condiciones de inferioridad. Todavía, en lugares que tío citamos, perdura la degradante práctica del harén. Pero vamos a otra cosa.

En España, el trabajo de la mujer "fuera de su hogar" no ha sido tan excesivo como en otras naciones.

Hay en nuestra geografía más de quince millones de mujeres. Catorce millones quinientas siete mil figuraban ya en el censo de 1950, y trabajan "fuera de su hogar" menos de dos millones, o sea, un 15,84 por 100 del total de la población activa. En Italia, un 25,5 por 100. En Francia, un 34,60 por 100, y el 27 por 100 en Estados Unidos. Todo ello referido a los totales de censos activos. En Bélgica, con cuatro millones—en cifras redondas—de población, trabajan ochocientas mil mujeres, la mayoría en factorías de un gran país pequeño, pero fuertemente industrializado. Las comparaciones, en estos casos, no son temibles. En España, la enseñanza primaria y el servicio doméstico absorben el mayor número de nuestras trabajadoras fuera del hogar. Orgullosamente, por añadidura, podemos subrayar que los hidalgos sentimientos´ cristianos de nuestro pueblo, donde los salarios no han sido siempre justos, se anticiparon a las prescripciones legales en cuanto afecta al respeto y protección moral a la mujer trabajadora. Todos sabemos que las preferencias de nuestras compatriotas van hacia el trabajo hogareño después de contraer matrimonio. Ello es, gracias a Dios, incuestionable, y el preámbulo del decreto que comentamos dice—de puño y letra del ministro—que cuando las circunstancias de la familia lo permitan, ese es —el trabajo en el hogar—"la versión más noble y trascendente del esfuerzo femenino".

El decreto del Ministerio de Trabajo fue consecuencia de la ley de 22 de julio del año pasado, que estableció el principio de "no discriminación", por razón de sexo o estado, aspiración tenazmente defendida por la Sección Femenina. El dinamismo del Sr. Sanz Orrio, su afán de hacer pronto la justicia, tardó muy pocos meses en dictar las normas que competen a su Departamento. JDllo es tanto más plausible cuanto más se considere que la Administración no actúa con la velocidad del rayo. Sobre todo, hay que agradecer al ministro la cristiana, españolísima matización de ese decreto. No se trata de una "igualdad material", porque semejante cosa—son palabras del propio ministro-—, "más que demagógica resultaría utópica". Se trata de suprimir diferencias injustas y de acentuar nobles tradiciones españolas, como son las de garantizar en la ley "el debido respeto a la mujer trabajadora". El compromiso que contrajo el Estado en días de heroica lucha, "libertad a la mujer casada del taller y de la fábrica", está en pie. Pero eso no se consigue por el camino de las discriminaciones, que encubren una forma de posible explotación, sino por el más recto sendero de la justicia laboral, que da, en esta coyuntura, un nuevo paso, y no minúsculo, hacia su meta.

 

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