Autor: Areilza y Martínez-Rodas, José María de. 
   La Tregua     
 
 Informaciones.    15/11/1975.  Página: 1, 12. Páginas: 2. Párrafos: 11. 

INFORMACIONES políticas

Revista semanal de Política Nacional y Extranjera

NUM. 29

Sábado 15 de noviembre de 1975

LA TREGUA

Por José María DE AREILZA

HAY no sólo un general y lógico estado de expectación en el país con motivo de la grave enfermedad del

Generalísimo Franco, sino una repentina suspensión de hostilidades políticas y sociales, que sorprenden a

los más avisados observadores. Porque la realidad es que esta paz provisional se guarda, por el momento,

con una rigurosa disciplina. Sin entrar en ese tema, que algún día merecerá ser explorado hasta donde

alcance la luz en tan sombríos pasadizos, sí parece conveniente analizar hoy la tregua.

La tregua es un acuerdo tácito o explícito para mantener durante un tiempo la paz. Sus causas pueden ser

muchas; sus propósitos suelen ser diversos, y su duración, generalmente, limitada. La tregua es un

paréntesis y no el cierre de un capítulo. Es un plazo y no una era. Un respiro y no una etapa. Equivocar el

juicio y tomar por acuerdos definitivos (o que son esperas temporales, sería una grave equivocación. La

tregua es una disposición de ánimo para ver venir los acontecimientos sin pronunciarse todavía sobre

ellos. Medio país se apunta hoy a La tregua en una respetuosa y esperanzada actitud que da mucho que

pensar, pero que no supone la solución de los problemas pendientes por el camino del silencio que conoce

el derecho administrativo. El silencio puede romperse. La tregua puede cualquier día terminar.

En España tenemos un conjunto de cuestiones irresueltas que afectan al cuerpo social de la nación. Para

hacer frente a esos grandes temas ya no será posible invocar en el futuro la voluntad indiscutida o la

determinación pura y simple del mando. Habrá que pasar al consenso. Porque el sistema de la imposición

inapelable —aunque resulte justificado en contadas ocasiones— es siempre provisional y acaba por

estallar, como un traje con costuras demasiado estrechas. Entre nosotros los hilos de unión habían

comenzado a romperse visiblemente, desde hace ya algún tiempo. En este momento, hay un clima

extendido en el país, a uno y otro lado de las reales o imaginarias líneas divisorias, en el que se coincide

al menos en un punto: el sistema de relación entre administradores y administrados va a cambiar. En esa

nueva relación habrá más compromiso, más negociación, más debate y menor ejercicio de autoridad

indiscutida. Por tanto, la presencia del voto popular no podrá ser artificial y otorgada, sino efectiva y

reconocida.

Oigo decir a ciertas gentes escépticas, y conservadoras, que sustancialmente nuestros defectos

tradicionales siguen vigentes en su plenitud y que dada la persistencia de los pecados capitales que

predominan en la idiosincrasia del español, nada serio puede Intentarse que no haya sido ensayado antes

con notorio fracaso. Un sistema de convivencia pacífica bajo la ley —añaden— en el seno dé una

sociedad democrática es algo inviable en un pueblo que no funciona sino es con la norma impuesta. Creo

que: esa tesis, vigente todavía en el pensamiento de importantes sectores políticos, es cada vez más

utópica. Creo también que en algunos casos no se ha tratado de creencia firme, sino más bien de un

decorado mental para justificar la detentación exclusiva de instrumentos de poder. Lo que sucede

posiblemente es lo contrario: el español medio es hoy bastante más inteligente de lo que sus presuntos

tutores quieren suponer. Y también más realista. Es decir, menos envidioso, menos violento, menos

intransigente. Y más solidario, más pragmático, más inclinado a la transacción que a la discordia.

Pienso que la España de hoy se ríe —con razón— de muchos falsos mitos y tabúes que amargaron con su

sombra la vida española durante décadas; que no acepta esas explosiones del individualismo solitario, a lo

celtíbero, que tanto se han exaltado por algunos como signos de un recio simbolismo hispánico y racial.

Esa gran zona media de españoles prefiere el diálogo a la amenaza, el entendimiento a la violencia, la

permeabilidad social al ridículo encasillamiento de los privilegios, la justicia a la trampa. Y no renuncia a

su porvenir por mucho que éste se haga esperar con dilaciones incomprensibles.

La tregua que presenciamos, y en la que nos hallamos, de momento, tiene una parte de explicación en ese

nuevo estilo que predomina en la sociedad actual, quizá poco politizada, pero muy sensibilizada a ciertos

estímulos. Una gran parte del país espera el desenlace del cambio. Pero quiere cambio con seguridad, sin

alterar el desarrollo económico y el progreso social. Para ello no hay sino un camino, que es el de partir

de la legalidad institucional hacia el horizonte plenario de un Estado moderno.

Los problemas que han de encontrarse en ese camino son considerables, ya lo sabemos. En la nueva etapa

no se podrá negar un puesto en el debate nacional a todos aquellos sectores que —sin poder ser acusados

de votos de obediencia extraños al interés nacional— no han logrado hacerse oír todavía y reclaman

justamente el ser de alguna manera partícipes de las decisiones. Si de verdad queremos que la nueva

maquinaria funcione, la invitación leal y sin reservas debe cursarse sin demasiada tardanza.

Quedan, desde luego, otras opciones. La inmovilidad apoyada en la fuerza —esto es, en el miedo— y la

ruptura brutal. Pero no hay que confundir posibilidades con soluciones. El pueblo español —del que

apenas sabemos sino a través de algunas encuestas posiblemente incompletas— no parece inclinarse ni a

la hibernación ni a la combustión. Con una alta dosis de buen sentido, los españoles empiezan a parecerse

sorprendentemente, e n algunos datos de su comportamiento colectivo, a los pueblos más maduros de

Occidente.

La tregua es síntoma de responsabilidad. Pero no significa que tos problemas se hayan resuelto o que se

disuelvan por si mismos. Media España ha abierto un crédito, si no de confianza, sí al menos de

expectativa hacia los gestos y hacia los actos con los que la nueva etapa que se inicia definiría sus

propósitos y su rumbo. Espera que ese rumbo sea aceptable en sus líneas de partida por todos. Es una gran

oportunidad histórica. Cuarenta años se terminan con un batanee que ha dejado como legado irrevocable e

indiscutible un país distinto y una nación nueva. Construyamos para ese país un Estado moderno,

adecuado a su personalidad actual, en él que se sientan igualmente incluidos todos los que, sin

excepciones» forman nuestra colectividad. Partamos del edificio que tenemos y hagamos la obra con

audacia y con imaginación, pero también con firmeza y con tino. Es la hora y el momento de un gran

pacto nacional que no necesita ser formal o explícito para que todos lo entiendan, con un solo y único

aglutinante: el patriotismo.

Así, la tregua se volverá armisticio; el armisticio traerá el diálogo, y el diálogo, sincero y honesto

desembocará en la paz, en la paz civil entre españoles que pueda durar hasta el siglo que viene.

Después, que nuestros nietos organicen el país a su manera.

12 INFORMACIONES POLITICAS

15 de noviembre de 1975

 

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