Autor: Crespo García, Pedro. 
   La serenidad del Príncipe     
 
 ABC.    19/11/1975.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

MIERCOLES 19 DE NOVIEMBRE DE 1975, PAG. 9.

MERIDIANO NACIONAL

La serenidad del Príncipe

El final se adivina irremediablemente cercano. Resulta ya inútil insistir en la terminología clínica, en la

búsqueda del vocablo más apropiado. En la calle domina una sola evidencia. Franco ha sido objeto de tres

sucesivas intervenciones de urgencia y ni su excepcional naturaleza ha permitido efectuar una cuarta.

Parece que no hay más solución que la ausencia de cualquier solución. El milagro de una ejemplar agonía

sobrellevada con entereza y con la apoyatura de una irrepetible condición física semeja no poder

prolongarse indefinidamente.

Por mucho que sea el empeño de la larga treintena de especialistas volcados en la difícil y laboriosa

operación de dilatar una conclusión no por lógica menos dolorosa.

Quizá ha llegado el momento de que la paz que Francisco Franco ganó tan duramente y tan duramente

conservó durante casi cuarenta años le alcance. Nadie puede dudar de sus merecimientos.

HERENCIA.—Mientras Franco iniciaba —la nueva serie de hemorragias comenzó en la madrugada del

lunes al martes— su nueva agonía, en las Cortes se ponían dos importantes piedras de lo que será el

próximo edificio de España. De una España que tiene que ir haciéndose a la idea de que va a perder

definitivamente a Franco y de que nadie ha sabido nunca cuál era su pensamiento como para ponerse a

ejercer de exegeta en los días venideros.

De un lado se otorgaban al actual Gobierno plenos poderes para descolonizar el Sahara. Del otro se

aprobaba la ley de Bases de Régimen Local. Se decía adiós al último vestigio colonial y se abrían las

puertas —aunque mañana haya que cambiar y ampliar marco y hojas— a una mayor representación

ciudadana en los cargos públicos que atienden su propio gobierno.

Pero la herencia de Franco está en el presente. En lo que nos deja a los españoles. Sin más hipotecas

reales que algunos formulismos que la praxis del mañana dejará desprovistos de asperezas. Un país

considerado potencia media en lo militar, pero no a la cola de Europa; una nación indudablemente

próspera, aunque pasemos un momento difícil para todo el hemisferio y haya aún mucho por hacer, y un

Estado absolutamente perceptible, pero alejado de imposiciones dictatoriales, como algunos quizá

quisieran.

DESAFIOS.—Al joven Rey —porque habremos de irnos acostumbrando a la nueva denominación— le

aguardan interrogantes inmediatas y muy concretas en orden al nuevo capítulo de nuestra Historia que

comienza a escribirse por su mano. Y estas interrogantes, mejor sería llamarlas desafíos, no estriban en

cómo mantener como hasta ahora la nave del Estado, el barco de España, sino en avanzar con él, aunque

en las primeras horas no quepa desplegar todas las velas.

Se barajan infinidad de nombres —dos José Marías, dos Antonios, dos o tres Manueles, un Licinio, dos

Alejandros, un Laureano, otro Federico— para los que se consideran puestos clave: para las Presidencias

de las Cortes y del Gobierno.

Se formulan preguntas —¿seguirá habiendo Ministerios de Información, de Planificación, de Vivienda, de

Relaciones Sindicales?, ¿continuarán las Vicepresidencias?, ¿seguirán hasta su jubilación los consejeros

de designación directa?, ¿seguirán nombrándose consejeros o procuradores por este sistema—. Y se

fabrican, asimismo, decenas de respuestas hipotéticas.

La serenidad de Don Juan Carlos, que el país estima como prueba de la seguridad del Príncipe en si

mismo, es hoy nuestra mayor garantía. Con él, con el Rey, España debe estar segura de que no dilapidará

la herencia que recibe. Aunque se rejuvenezca, aunque se arriesgue en lógicos remozamientos y aunque

se vitalicen todas sus coordenadas interiores y exteriores. Y precisamente por todo ello.—Pedro

CRESPO.

 

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