Autor: García Escudero, José María (NEMO). 
   Franco, ese hombre...     
 
 Ya.    20/11/1975.  Página: 8. Páginas: 1. Párrafos: 30. 

ya.pág. 8

20-XI-75

FRANCO, ESE HOMBRE…

SI abrimos las memorias de Azaña, apreciamos que su acritud se acrecienta con los militares. Sólo

concede importancia a Masquetet y a Franco; "el más temible", escribe, "el único temible".

Lo escribía en agosto de 1931. Estamos ahora en 1975 y ante la vida entera del hombre que, durante cerca

de cuarenta años, ha presidido el periodo histórico que debe llevar con entera justicia su nombre, no sólo

porque él lo abrió y mantuvo, sino por el papel singularísimo que desempeñó en él. Durante cerca de

medio siglo, Franco ha sido mucho más que Jefe del Gobierno y Jefe del Estado; ha sido como el espacio

dentro del cual se ha desarrollado la política y, en muchos aspectos, la vida en general. Ahora bien,

¿cómo era Franco; cuál era su personalidad?

Entre la docena de biografías que se le han dedicado, hay de todo: desde la casi hagiografía hasta el

panfleto. Señalo mi preferencia por dos: la del inglés Crozier, que empieza confesando su disconformidad

con el movimiento que Franco conduce y acaba expresando su admiración por el biografiado, y la de

Ricardo de la Cierva, que a quien la lea con prevención considerando el lugar y circunstancias de su

edición, pero sepa leerla, reserva numerosas sorpresas. Las líneas que siguen no pretenden ser un retrato,

sino, a lo sumo, un boceto al carboncillo, que, sin embargo, tiene la pretensión de haber recogido algunos

rasgos característicos del original. No pretende juzgar, sino describir, y contempla la persona, no la obra

de Franco. Por eso su titulo sólo podía ser el del buen documental cinematográfico que hace años realizó

José Luis Sáenz de Heredia, a quien lo tomo prestado: "Franco, ese hombre..."

MILITAR ANTE TODO

Crozier nos descubre que la explicación del político era el militar. "Sobre todo—escribe—, Franco es un

soldado profesional dedicado a mantener la disciplina y el orden." No un ideólogo, sino " una inteligencia

calculadora, bien provista de astucia, excepcionalmente adaptada al logro de victorias y al mantenimiento

del poder y mucho menos a la elaboración de contribuciones a la teoría política"; "hombre de principios,

no de ideología", y esos principios son—repite—: deber, disciplina y orden. Compara el "Diario de una

bandera", que Franco publicó en 1922, con "Mi lucha", que Hitler empezó a escribir poco después, para

destacar las diferencias. Aunque las dos obras corresponden a períodos de humillación nacional, que sus

autores resienten profundamente, lo que en Hitler es megalomanía, en Franco es profesionalismo,

exaltación de las virtudes militares, lealtad, modestia y una falta de interés casi total por la política.

"Repugna a los ideólogos—ha escrito Fernández Figueroa—, imagino, porque enmarañan la realidad y, a

ratos, la disfrazan. Su brújula es la del sentido común ordinario, despierto, movido por una voluntad de

poder que se apoya en el orden, la jerarquía y la disciplina. Sabe que los hombres, bien mandados,

obedecen, y él posee el secreto del mando." La coincidencia entre dos juicios procedentes de

comentaristas tan dispares es casi completa. Agreguemos una tercera opinión: la de José María Pemán.

"Para Franco—escribe—, la vida política es vida militar." Por eso, "en la nómina de sus colaboradores le

tranquilizará más un general que un intelectual".

ES el mejor punto de partida para entender la gran figura histórica que estamos contemplando: Franco,

militar, cuya biografía, hasta su exaltación a la Jefatura del Estado, contrasta por su profesionalidad con la

de otros militares tempranamente politizados. Ahora bien: es su larga historia militar, hasta 1936, la que

explica lo que Franco será como político a partir de esa fecha: el hombre que acepta un puesto de la

máxima responsabilidad, y como tiene la obligación de mandar, manda, y cuenta, naturalmente, con ser

obedecido, y se hace obedecer si no. Este hombre no se podía conformar con la simple apariencia del

poder, sino que exigiría auténtico poder; plenitud de mando, pero porque solamente así pueden funcionar

las instituciones correspondientes—Ejército o Estado—; no en nombre de esta o de aquella ideología;

distinción fundamental para descartar un tópico—el de caudillo fascista— que por si sólo descalifica al

que lo emplea.

Le apartaban de ese tópico formación y temperamento.

En cuanto a la primera, por cuanto el militar políticamente suele ser moderado, lo es o acaba siéndolo en

todas partes; lo ha sido siempre en nuestra historia. En el caso de Franco, además, su formación en

Marruecos le dio la serie de cualidades que permitieron hablar de "las raices africanas" de su política: la

espera paciente, la táctica del blocao, la administración pacífica del "chauchau", de la negociación; todo

lo opuesto al canon romántico del huracán centelleante, que tan bien cuadraría, en cambio, con el

inspirado demagogo político. Su valor personal indiscutible iría siempre precedido, acompañado y

prolongado por la previsión y la inteligencia. Recuérdese el elogio que Indalecio Prieto hizo de él en su

famoso discurso de Cuenca, el 1 de mayo de 1936: "Le he conocido de cerca cuando era comandante. Le

he visto luchar en África, y, para mí, el general Franco, que entonces peleaba en la Legión a las órdenes

del hoy también general Millán Astray, llega a la fórmula suprema del valor; es hombre sereno en la

lucha. Tengo que rendir este homenaje a la verdad." Las anécdotas son tan numerosas como se quiera;

más, naturalmente, conforme aumentan las responsabilidades y el estratega tiene que sobreponerse al

táctico, y el hombre de Estado al estratega. Nada permitió nunca ver en él al Hitler o al Mussolini ibérico

que tantos se empeñaron en ver.

Pero es que muy poco nos hace ver en él al ibero del tópico. Ciano se dio cuenta. "Franco —escribía—ha

dado prueba de poseer cualidades singulares en un español. Es tranquilo, discreto, de pocas palabras." Por

eso Hitler no le entendió en absoluto. Sin duda le aplicaba el tópico mencionado: la imagen convencional

que él se hacía de los latinos. ¡ Naturalmente, no .coincidían! Y es que Franco—nueva y decisiva

característica—. con ser y no poder ser más que profundamente español, lo ha sido a través de su Galicia

natal.

LA TIERRA, LA CAZA Y LA PESCA

DE un historiador tan hostil a al como Salvador de Madariaga es el texto siguiente: "El general Franco es

gallego, y el gallego es el único europeo que le gana al inglés en el número de cosas que lleva en la

cabeza simultáneamente. El inglés es capaz de perseguir a la vez dos líneas mentales; el gallego, lo menos

tres, y aun suele llevar otra en la trastienda." Años después, el mismo Madariaga ha recordado en sus

Memorias una conversación con Franco en tiempos de la República: "Me llamó la atención por su

inteligencia concreta y exacta más que original y deslumbrante, así como por su tendencia natural a

pensar en términos de espíritu público, sin ostentación alguna de hacerlo." Pero lo que más interesa de los

juicios de Madariaga es la asociación que establece entre su éxito político de Franco y su "galleguismo".

También Rafael Benítez Claros, en el excelente retrato que hace de é]len el libro "La España de los

españoles", observa que, precisamente porque las cualidades del gallego son comunitarias y sociales,

pueden ser especialmente eficaces en lo político.

La primera es "la blandura de tono, la distensión de carácter". Frente al "hombre de perfiles ariscos" que

es por lo general el español, "ante los gestos excesivos y disparados de nativos y extraños", Franco va a

oponer "su remanso racial, aquel sosiego que confunde y contagia luego el nerviosismo... esta suavidad

extrema, bajo la cual subsiste, sin embargo, una decisión inquebrantable". Después están mis otras

cualidades: la "penetración sagaz" de los hombres y de los problemas, "una desconcertante calma frente a

las situaciones y una capacidad Inagotable de espera para la maduración—y resolución final—de las

mismas; una persistencia laboriosa, o constancia, en la persecución de los objetivos y una cautela política

extremada en !a administración de todo ello".

El citado Fernández Figueroa señala que "su genio es el del cazador a la espera: la paciencia. Pocos

hombres de Gobierno han usado con tanto tino como él este recurso. Exige cálculo y temple: dos

cualidades que le son inherentes". "Hombre de una pieza, que no es fanático—al revés que se piensa—,

sino dúctil, calculador y sereno; evita el conflicto en lo que puede, incluso lo desatiende hasta el límite—

el tiempo, con su simple paso, arregla bastantes conflictos, quizá ficticios—; cuando percibe que se torna

vidrioso, lo saja y sanciona. Entonces no cede "

VOLVIENDO a las comparaciones deportivas (las aficiones de un hombre le definen), Jaime de Foxá le

explicó por la pesca. Enumeraba las virtudes que exige ese deporte, a saber: espíritu de observación,

optimismo, tenacidad, resistencia ante la adversidad, confianza en la buena fortuna, paciencia, espíritu

crítico y un cierto fondo de leve ironía, e invitaba a que se comprobase, repasando la historia de Franco,

e1 tales rasgos no pertenecían a su silueta humana. Franco, cazador a la espera, pescador paciente; el

hombre sin nervios, que por esta razón irritó durante la guerra civil a alemanes e italianos, exasperó a

Hitler en Hendaya e impacientó durante la paz a los españoles, simplemente porque su ritmo era distinto y

más lento del de todos ellos.

Distinto, pero no impopular por eso, sino, al contrarío. Ricardo de la Cierva menciona a Felipe II como el

monarca más admirado por Franco; acaso por eso la figura del soberano de El Escorial sea clave para

entender la del Caudillo de El Pardo. Por de pronto, en ninguno de ellos la personalidad se produce por la

primacía de una gran cualidad que eclipse a los demás, sino por la organización del conjunto de

facultades, incluyendo a las menores, que así resultan potenciadas; pero prefiero remitirme a los

excelentes estudios histórico sobre el que fue llamado por antonomasia "el rey prudente". Pues bien:

seguramente haya sido éste el soberano más popular que hayan tenido los españoles y, sin embargo, fue el

más diferente de la generalidad de su pueblo.

A la popularidad de Felipe II contribuyó la de sus ideales. ¿Ocurrió lo mismo en el caso de Franco ?

UN GUIÓN DE CINE: "RAZA"

Otro de sus biógrafos, y no simpatizante, Soldston, lo ve claramente: era "cabalmente lo que decía ser: un

devoto profundo, un firme autoritario, de mente tradicional, intensamente patriota". Una vez más tenemos

que volver a recordar su condición militar. La ideología de Franco era la de aquella parte del Ejército que

a lo largo de la guerra de Marruecos se fue nacionalizando en contraste con una política que no sólo le era

hostil, sino a la que juzgaba fatal para el país. La consecuencia sería la reacción en nombre de unos

principios fundamentales, pocos, claros y firmes, que vamos a encontrar inalterables a lo largo de la vida

de Franco.

Son los que declaró en los dos discursos que pronunció el 1 de octubre de 1936: ante la Junta de Defensa

Nacional, el primero, cuando asumió todos los poderes del Estado, y el segundo, aquella misma noche,

dirigiéndose al país por la radio. Todo lo que a lo largo de treinta y tantos años diría Franco después

estaba anunciado en las dos intervenciones mencionadas. Pero todavía podemos recurrir a un testimonio

superior, a mi juicio, a cualquier otro, por lo sintético, vivo y espontáneo: el guión cinematográfico que

Franco escribió, bajo el seudónimo de Jaime de Andrade, y que con su mismo título. "Raza", llevó a la

pantalla José Luis Sáenz de Heredia, posterior e igualmente afortunado realizador de "Franco, ese

hombre".

"Raza" es la historia de una familia española desde los tiempos de Santiago de Cuba hasta la guerra civil.

El dilatado y accidentado relato da ocasión a su autor para levantar las paredes maestras de su edificio

ideológico; a saber:

1. La familia tradicional que ha hecho del deber una religión en contraste con el materialismo general.

2. Amor al mar.

3. El ejemplo del padre; su sacrificio en el cumplimiento del deber. Santiago de Cuba. Y la bandera

clavada; no hay rendición. Pero, "al final, sin armas, sin efectivos, sin política exterior, aislados del

mundo, tendremos la culpa los militares".

4. El recuerdo de la grandeza pasada; el dolor ante la decadencia.

5. Marruecos. Los que critican las que les parecen "quijotescas aventuras para conquistar arenas y

peñascales".

6. La desviación del hijo mayor y su redención posterior. La carrera militar del hijo segundo; las

virtudes castrenses y su aplicación cívica; el buen mando, la obediencia; la lealtad, valor fundamental. El

sacrificio del hijo tercero, religioso.

7. Patriotismo. "¡Qué hermoso es ser español!... España es la nación más amada de Dios." Recuérdese

(naturalmente, sin la extremosidad con que se expresa el personaje del guión) la ofrenda de Franco al

apóstol Santiago en julio de 1971 y su recuerdo de las circunstancias en que renovó la secular tradición, el

21 de julio de 1937, en plena batalla de Brunete.

8. Y los de enfrente. Dos conceptos fundamentales: estimación ("¡qué satisfacción ver

los valientes! Pecan los que los menosprecian; rebajan nuestra victoria o injurian a nuestra raza") y

redención (la revolución como engaño al pueblo).

El valor representativo de la historia me parece evidente. Pero no sólo respecto de su autor. "Raza" es

mucho más que un autorretrato; es el retrato de una sociedad. Esa ideología, que era la de Franco, era

también la de la gran masa que sostuvo la causa nacional; la que podría llamarse opinión media o

denominador político común de esa España. En 1961 el jesuíta Juan Rey publicó, con el título "Por qué

luchó un millón de muertos", una colección de documentos inéditos de combatientes nacionales y de

familiares suyos; las opiniones, las convicciones, la fe que manifiestan son exactamente las de "Raza". Y

la experiencia de superponer las distintas ideologías que concurrieron al Alzamiento para descubrir en

qué coincidían, daría como resultado unos principios muy parecidos a los que personalmente profesaba

Francisco Franco.

Principios ampliamente nacionales más que específicamente políticos. Su programa sería por eso

combatir los que muchos años después llamó "demonios familiares de los españoles", a saber: "espíritu

anárquico, crítica negativa, insolidaridad entre los hombres, extremismo y enemistad mutua". No sería

difícil encontrar el antídoto a esos "demonios" en las ordenanzas militares, pero también puede servirnos

el estudio que se ha hecho del léxico político de Franco. He aquí sus palabras clave: autoridad,

continuidad, convivencia, fe, realidad, servicio, trabajo, unidad, voluntad... Predominio de la función

representativa o conceptual en las palabras que emplea, con ausencia casi total de la función expresiva y

de la anécdota, de los relativos y de los superlativos, así como de las imágenes, de no ser las que Antonio

Cillán Apalategui, autor del estudio a que me refiero, denomina imágenes "amarillentas", nada

fulgurantes. La más usada, la de "cauce".

"PODER: LO QUE SE PUEDE"

NADA, pues, de enigmático en el pensamiento de Franco. Ahora, pongámoslo en relación con el

temperamento que he descrito al principio. El resultado es que ese pensamiento iba a estar servido por un

sentido de la realidad que pondría flexibilidad en la ideología a compás de las circunstancias. "Para los

gallegos—escribe Pemán—, el poder no es un sustantivo; es un verbo deslizante, es lo que se puede." Y

un critico de su sistema como Max Gallo reconocía que "el Caudillo sabe plegarse a los hechos". Con lo

que se consigue muchas veces acabar conduciendo a los hechos, pero, en todo caso, se cumple esa regla

primera de la política que es plegarse a la realidad. Más todavía: se logra corregir los defectos y completar

las insuficiencias que cualquier ideología presenta frente a una vida que cada día es nueva y más rica y

compleja que todas las doctrinas en que se la quiera encerrar. Es eso, y la capacidad de maniobra que

supone, lo que distinguía a Franco de sus imitadores; los que pretendían ser más franquistas que él

mismo.

LES faltaba también el sentido del humor, el "acentuado trasfondo irónico" que señala Areilza, el cual ha

escrito lo que todos sabemos: que "en muchos aspectos, Franco ha sido el gran moderador del

franquismo". Lo típico de los archifranquistas sería la tendencia a incomunicarse en posiciones cerradas;

sería, en cambio, típico de Franco dejar siempre una puerta abierta a otras posibilidades por ese último

primor de la prudencia que es desconfiar hasta de lo que parece evidente, por si a última hora la evidencia

se equivoca. Fue lo que le permitió salvar el dificilísimo trance de la guerra mundial y permanecer,

mientras delante de él desfilaban los fascismos, el renacer de las democracias, Hitler y Eisenhower, la

planificación, la liberalización, la Iglesia de Trento y la del Concilio, el estalinismo y el cisma del

comunismo, la rebelión del Tercer Mundo y la crisis de la sociedad de consumo, con una "capacidad de

supervivencia que no ha tenido igual en nuestra época.

Eso, de fronteras afuera. En el interior, ¿dónde estaba esa válvula de escape? A mi juicio, en esto: Franco

acotó un espacio, tan amplio como le permitían sus principios—y un poco, más—, y dentro de él dejó

moverse a la política. Si en el aspecto internacional demostró una capacidad de adaptación muy superior a

la que calculaban los que se obstinaban en vincularle a unas adherencias de las que se desprendió sin

dificultad, en lo interno su capacidad de cambio estuvo facilitada por la diversidad de piezas que podía

manejar.

El problema que planteó la década de los sesenta fue la paulatina inutilización de esas piezas ("Ya no hay

fuerzas—escribiría Emilio Romero—; ni ésta, ni otras. Franco las ha sobrevivido") o su cambio de signo

y la aparición de otras que, sin ser hostiles, se escapaban de la ideología acuñada en 1936 y debían ser

objeto de una nueva integración sobre bases que tampoco podían ser las de 1936 (no la adhesión, sino la

participación, como declaró Arias Navarro, presidente del Gobierno). A lo que se unía la obligada

previsión del momento en que faltase la excepcional capacidad de convocatoria del Jefe del Estado. El

conjunto de esas circunstancias constituía el reto del posfranquismo. De ese reto, el mismo Franco se

daba cuenta, naturalmente. Es conocida su respuesta a quien le preguntaba por el futuro. "Ya estamos en

él", le contestó.

Ahora, ante el enorme vacío que deja su muerte, es cuando estamos plenamente en él.

José María GARCIA ESCUDERO

 

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