Autor: Javaloyes Berenguer, José. 
   Franco y el exterior     
 
 ABC.    21/11/1975.  Página: 27. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

MERIDIANO MUNDIAL

FRANCO Y EL EXTERIOR

La línea que separa las distintas reacciones mundiales ante la desaparición de Franco no es una línea

recta, sino quebrada y sinuosa. La observación parece especialmente válida en lo que se refiere al mundo

occidental: a un lado, la frialdad, cuando no las reticencias y los juicios adversos; al otro, expresiones

tajantes y entusiasmadas ante lo que el Generalísimo representó desde que viniera a asumir el mando

militar y político de la España que se desangraba en una guerra civil hasta la hora en que completó la

edificación institucional del nuevo Estado.

Hechas las salvedades de los mundos hispanoamericano y árabe, cuya amistad a España se ha resuelto

siempre—salvo contadísimas excepciones— en la práctica rigurosa del principio de no injerencia, Franco

ha representado hasta su última hora el testimonio de una emoción histórica, desde la que apostaron y se

enfrentaron los hombres de una generación —aparte española— europeo y estadounidense.

La guerra que Franco ganó ha permanecido —en sus consecuencias prácticas, que no en sus más

profundos y objetivos significados— como la guerra que perdieron quienes en Europa tienen el poder

político formal o disponen de la influencia política más decisiva.

A partir de ahí es posible explicarlo casi todo: el juicio mayoritariamente hostil contra la personalidad de

Franco y contra las peculiaridades de un sistema político que (coparticipando de las mismas revisiones y

corrección reductora del Poder parlamentario operadas desde el final de la contienda mundial en las ahora

llamadas «democracias industriales») no ha alcanzado, desde el seno de sus propios principios dinámicos,

el grado de apertura para la representación política que le hubiera situado en nivel de libertades

sustancialmente parejo al que la victoria aliada preservó para la Europa occidental.

Ese mismo espíritu de revancha contra el desenlace de la contienda ideológica que significó la guerra

civil española —espíritu que en el plazo de tres décadas provocó dos veces las réplicas de las mayorías

españolas en la plaza de Oriente— ha sido el factor de responsabilidad más grave en el retardamiento del

desarrollo político y del ensanchamiento de la participación en el sistema político creado por Franco.

Hasta dónde la hostilidad polarizada por las instituciones franquistas haya venido determinada por las

peculiaridades ideológicas de ellas y sus insuficiencias de desarrollo, o por la significadísima

personalidad de su autor, es cosa que quizá quepa dilucidar en breve.

Quepa, en fin, la final consideración de que el árbitro definitivo y legítimo para dirimir sobre la figura de

Franco, en su persona y en sus formulaciones de convivencia, es el pueblo español.

José JAVALOYES.

 

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