Autor: Almela, José María. 
 El entierro de Franco. 
 Franco, enterrado en el Valle de los Caídos  :   
 Breve, pero emotiva ceremonia presidida por el Rey. 
 ABC.    25/11/1975.  Página: 9-10. Páginas: 2. Párrafos: 24. 

ABC. MARTES 25 DE NOVIEMBRE DE 1975. PAG. 9.

FRANCO, ENTERRADO EN EL VALLE DE LOS CAIDOS

Breve, pero emotiva ceremonia presidida por el Rey

Desde la explanada, cien mil personas asistieron al acto

Alas dos y diez de la tarde del pasado domingo, con asistencia del Rey de España, recibían sepultura en la

basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, en una fosa excavada detrás del altar mayor de la

misma, los restos mortales de Francisco Franco, fallecido Jefe del Estado español. Cincuenta minutos

antes, el camión militar que había conducido el féretro desde el Arco del Triunfo de la Moncloa había

llegado al pie de la escalinata del monasterio y había recibido el último homenaje de una multitud que se

hallaba congregada en el exterior de la basílica.

Antes, a las diez de la mañana presidida por los Reyes de España había tenido lugar una misa «corpore

insepulto», en la plaza de Oriente, a la que asistieron varios centenares de miles de personas. Acto al que

siguió un desfile militar ante el féretro. Posteriormente el cortejo fúnebre se dirigió hasta el Arco de la

Victoria, momento en el que el Jefe del Estado recibió el último homenaje del pueblo de Madrid

—Padre, ¿cuántas personas cree usted que habrá aquí, dentro de la basílica, para la ceremonia del entierro

del Generalísimo Franco?

Formulé esta pregunta a uno de los padres benedictinos, orden que cuida la basílica de la Santa Cruz del

Valle de los Caídos. Era en aquel momento la una y media de la tarde, y aunque la comitiva fúnebre aún

no había penetrado en el templo, el clamor de la multitud, los gritos de «¡Franco, Franco!» mezclados con

vivas al Rey de España, y los solemnes sones del himno nacional llegaban hasta el interior del templo

como el sordo y lejano rumor de un oleaje. Y el buen padre me contestó: «Mira hijo, que yo sepa, aparte

de autoridades y altos dignatarios, creo que están invitadas unas dos mil personas.»

—Padre, ¿y se podrá visitar la tumba de Franco esta tarde? Dudó unos instantes, pero me dijo

inmediatamente: «Sí, sí, claro. Ya me supongo que en cuanto se retiren Su Majestad y las autoridades, los

fieles podrán ver la tumba de Franco»

LA TUMBA

La tumba donde reposan ya los restos del Generalísimo Franco estaba abierta cuando los informadores

llegamos al interior de la basílica, y preparada ya para recibir el féretro. Está forrada de una aleación de

plomo y cinc, mide 226 centímetros de longitud por 126 de profundidad, con cuatro escudos realizados en

la Fundación del Generalísimo. El de la cabecera es el escudo nacional; el de los pies, el escudo del guión

militar del Generalísimo; el de la derecha, las insignias de capitán general, y el de la izquierda, el

emblema de Jefe Nacional del Movimiento. La lápida, de granito, es de forma trapezoidal, y su espesor es

de 20 centímetros. Pesa unos 1.500 kilos y sólo tiene esta inscripción: «Francisco Franco». Su adorno es

una sencilla cruz. Es una lápida similar a la que cubre los restos mortales de José Antonio. La tumba del

Caudillo está delante del coro, a espaldas del altar mayor, mientras que la de José Antonio está en la parte

anterior del altar.

Justo a las dos menos cuarto, la procesión fúnebre entraba en la basílica. Antes, ya dentro del templo,

pero todavía en sus umbrales, el superior de la orden benedictina, abad mitrado Luis María de Lojendio.

recibía el cadáver del Caudillo en una sencillísima ceremonia. Hasta allí, el féretro había sido llevado a

hombros por el marqués de Villaverde. el duque de Cádiz, nietos del Generalísimo, don Rafael Ardid y

ayudantes del que fuera Jefe del Estado español, pertenecientes a cada una de las tres Armas.

Recibido el cadáver, y a los solemnes acordes del himno nacional, se organizó la procesión fúnebre

encabezada por la Escolanía de la basílica —treinta y seis voces blancas— y precedida por la cruz alzada;

la presidencia la ostentaba Su Majestad el Rey, que al llegar al crucero ocupó un sitial del lado del

Evangelio. En el lado de la Epístola, el cardenal Enrique y Tarancón, arzobispo de Madrid-Alcalá y

presidente de la Conferencia Episcopal Española, acompañado del primado de España y arzobispo de

Toledo, monseñor González Martín, y el cardenal Bueno Monreal. arzobispo de Sevilla

En los lugares de honor, el Gobierno, con su presidente, señor Arias Navarro, a la cabeza; Consejo del

Reino, presidido por el señor Rodríguez de Valcárcel. y las demás autoridades. También ocuparon un

lugar destacado los familiares del Generalísimo, con el marqués de Villaverde a la cabeza. Las

representaciones extranjeras se situaron a la izquierda del altar mayor.

RESPONSO Y PROCESION FUNEBRE

Cinco minutos antes de las dos comenzé el solemne responso, oficiado por el abad mitrado de la basílica

con intervención de la Escolanía. Y a su término se organizó la procesión fúnebre que describiendo un

semicírculo alrededor del altar mayor, para pasar precisamente por delante del Rey de España, se dirigiría

hasta otro túmulo adornado por un tapiz que procedía de las Descalzas Reales y que, en aquel momento,

cubría la lápida. Allí sería depositado el féretro, unos instantes, mientras él ministro de Justicia, señor

Sánchez-Ventura, como notario mayor del Reino, pronunciaba la fórmula de juramento a la que habían de

responder el Jefe de la Casa Militar del Generalísimo, teniente general Sanchez-Gallano; el segundo jefe

de la Casa Militar, general Gavilán: y el jefe de la Casa Civil, señor Fuertes de Villavicencio.

La fórmula del juramento era ésta:

—«Juráis que el cuerpo que contiene esta caja es el de Francisco Franco Bahamonde, el mismo que os fue

entregado en el Palacio de Oriente, a las seis treinta horas de la mañana del viernes día 21 de

noviembre?»

—«Sí lo es, lo juro», respondieron las tres citadas personalidades. El primero en hacerlo fue el teniente

general Sánchez-Galiano, que no pudo contener unos sollozos.

DESMAYO DE MARIOLA

Minutos antes, a las 2,04 exactamente, cuando ia procesión fúnebre llegaba a la altura de Su Majestad el

Rey. Mariola MartínezBardiú Franco, hija del marqués de Villaverde, y esposa de don Rafael Ardid,

sufrió un desmayo. Fue rápidamente atendida y se repuso instantes después, pero ya permaneció sentada

durante el resto de la ceremonia

Entre tanto, el féretro ya había sido colocado sobre el túmulo para ser descendido con cuerdas, a pulso,

hasta el interior de la tumba. Previamente se habían retirado.

EL ENTIERRO DE FRANCO

la bandera nacional que lo envolvía y el espadín y bastón de mando, así como el gorro del uniforme de

gala de capitán general.

Descendido el féretro, la gran lápida fue empujada sobre tres barras cilíndricas, hasta deslizarse al punto

exacto donde debía ser colocada con precisión geométrica: una vez allí, se la alzó con dos "gatos", se

retiraron las barras deslizaderas y encajada con ayuda de dos palanquetas. Dos piezas de mármol, medidas

también al milímetro, sellaban poco después la tumba donde los restos del Generalísimo reposan.

La Escolanía entonaba etonces, en canto gregoriano, >Yo Soy la Resurrección y la Vida»; el Rey

avaneaba hacia la tumba donde oró brevemente inclinando la cabeza, para despedirse y retirarse a los

acordes del himno nacional, exactamente a las 2,22. Las autoridades reiteraban a los familiares de

Francisco Franco sus muestras de condolencia. La ceremonia del enterramiento había terminado.

DESPEDIDA DEL RET

El Rey de España, Don Juan Carlos I, salió a la gran explanada acompañado del abad mitrado y seguido

por los jefes se su Casa y sus ayudantes, donde fue acogido con vítores entusiastas. Pasó revista el

Rey a las tropas del batallón de Infantería del Ministerio del Ejército que rendían honores, y se retiró entre

gritos de entusiasmo de una multitud enfervorizada, que acababa de vivir instantes trascendentales en la

historia del país.

Cuando los informadores logramos salir a la calle, casi luchando a brazo partido con la multitud que

empezaba en aquel instante a invadir el templo para ver la tumba del Generalísimo, cuatro himnos

sonaban casi a la vez desde los cuatro puntos cardinales de la gran explanada de la basílica: el «Cara al

Sol», el «Orlamendi». el «Yo tenía un camarada» y el «Himno de la Legión». Veteranos excombatientes

—muchos del Cuerpo de Caballeros Mutilados —y jóvenes de la O. J. E. cantaban

con el mismo y patriótico entusiasmo.

PERFECTA REGULACIÓN DEL TRAFICO

No seria justo omitir en esta información el capítulo que merecen las fuerzas de Tráfico de la Guardia

Civil, que regularon a la perfección el tránsito por la autopista de la Coruña, tanto a la salida como a la

entrada de Madrid, con lo que no hubo el menor problema circulatorio, a pesar de que podrían calcularse

en casi cien mil las personas que asistieran —la gran mayoría desde la explanada, al aire libre— a las

exequias y la inhumación del cadáver del Generalísimo Franco. Y esas cien mil personas llegaron al Valle

de los Caídos en autocares y vehículos particulares de aparcamiento.

UNAS CUATROCIENTAS CORONAS

Unas cuatrocientas coronas de familia, amigos íntimos, instituciones y organismos fueron enviadas a los

funerales de Franco. Habían estado expuestas en el Palacio de Oriente, y el domingo por la mañana se

encontraban alineadas en la fachada de la basílica del Valle de los Caídos. Habían sido transportadas

desde Madrid por unas ocho o diez furgonetas, y representaban la ofrenda floral de los españoles al que

hasta el último aliento de su vida en la tierra había sido su Caudillo.

Los millares de banderas v guiones que se habían rendido al paso del cortejo fúnebre estaban otra vez

enhiestas, agitadas por la suave brisa de la cálida mañana otoñal. Franco ha prestado su último servicio a

España. Ha muerto en olor de multitud y ha tenido una de las más emotivas despedidas, tal vez, de la

Historia. Ahora, España camina de nuevo, precisamente porque el curso de esa Historia no se detiene.

Termina una etapa y empieza otra.— José María ALEMLA

 

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