Odios.... Excluídos     
 
 Arriba.    06/12/1975.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

ODIOS ...EXCLUIDOS

FRANCO ha muerto. Esta frase se habrá leído, pronunciado y escuchado miles de veces en todo el

mundo. Políticos, periodistas, escritores, lectores, radioescuchas y telespectadores hemos contribuido

a dejar huella de un hecho histórico que. por sus características, se eleva por sí solo a nivel mundial.

Las ceremonias del juramento y la coronación del Príncipe de España ante las Cortes y el Consejo del

Reino, y el panorama que a partir de ese momento, siendo ya Rey de España, expuso en su primer acto

oficial, ofrece oportunidad para comentar algunas cosas.

Los «profetas» interesados en catástrofes y especializados en temas españoles, reconcerán en su fuero

interno que España no es lo que fue..., afortunadamente. Y supongo que reconocerán a Franco —aunque

no públicamente— un mínimo de influencia en estos cuarenta años.

Si en el conjunto de realizaciones —aciertos y errores— durante este largo período les resultase un saldo

negativo, me permitiría recomendarles que visitasen al oftalmólogo, al psiquiatra o a algún especialista en

«liberaciones».

Todos los seres humanos acertamos y nos equivocamos, por supuesto pero en cualquier caso, para hablar,

escribir, escuchar o leer se requiere un mínimo de libertad, en primer lugar personal, para no reaccionar

—en contra y por principio— llevados del primer impulso. Y quien esto escribe no se conforma con

mínimos.

También se necesita «—este mínimo— para poder expresarse y para rectificar errores en lo dicho, en lo

escrito, en lo escuchado y en lo leído. Y si mérito tiene acertar, no tiene menos equivocarse y

reconocerlo.

Rectificar no es dar marcha atrás, sino al revés, es dar un gran paso adelante. Libera..., libera del error;

uno menos.

La época que se abre en la Historia de España —creada por Franco y continuada por Juan Carlos I— es

claramente una nueva época que, por evolución natural, tenderá a abrir más el panorama político de

España eliminando recelos y desconfianzas, hasta donde sea posible. Todo tiene límites. Los «ilimitados»,

o no se dan cuenta de lo que dicen, o su decir infunde sospechas.

Los que queremos que España sea cada vez más de todos los españoles, considerados uno a uno por ser

personas, somos inmensa mayoría respecto a los que por odio y por su pariente próximo, el resentimiento,

quisieran volver a pasadas situaciones de anarquía, subversión, engaño, revancha y vuelta a empezar. Los

resentidos llevan dentro de sí mismos el triste poder de la destrucción. La libertad personal y colectiva es

creadora y uno de sus mayores enemigos es el odio destructor, que se opone a todo aquello que, según sus

particulares formas de entender la convivencia humana, no coincide con lo que la realidad de nuestros

días requiere: participación de todos, excepto de los que han flecho del odio su profesión, su punto de

apoyo, el eje principal de sus vidas.

El resentido está incapacitado para convivir humanamente y, como en algunos casos esta situación llega a

ser como una segunda naturaleza, se transforma en enfermedad patológica, con el consiguiente peligro de

contagio, si bien es cierto que su onda expansiva o su virus sólo puede alcanzar a aquellos que de alguna

manera han comenzado ya a ser víctimas de tal microbio.

Pretender mantener, fortalecer y perfeccionar la actual convivencia requerirá aceptación amplísima de esa

mayoría y exclusión de la minoría incapacitada para entender cualquier otra forma de vida distinta a la

dictadura. Si empezáramos a poner calificativos a la dictadura lograríamos una buena colección, pero

todas ellas no dejarían de ser lo que eran antes de adjetivarlas: dictaduras.

El resentimiento se engendra dentro de una persona, tanto más cuanto esta persona se niega —

generalmente por incapacidad personal no reconocida— a aceptar aspectos concretos y parciales de la

realidad, no coincidentes con sus opiniones o enfoques. Estos aspectos pueden tomar la forma dé

objetivos a lograr o de objetivos logrados que, por costosa que haya sido su obtención, la persona que se

considera propietaria en exclusiva de ellos se niega en redondo a compartir.

Tanto en un caso como en otro, el resentimiento divide, desune y colabora a hacer imposible la

realización de cualquier proyecto de convivencia.

Luís LAGO («La Actualidad Española»)

 

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