Autor: Blanco Vila, Luis. 
   De la España de Franco a la del príncipe     
 
 Ya.    20/11/1975.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

BOLETIN DE URGENCIAS

DE LA ESPAÑA DE FRANCO A LA DEL PRINCIPE

ESCRIBO desde el foso de la ignorancia, sin más horizonte que los comunicados que llegan

intermitentemente, como la muerte en sus asaltos. Dejo los altos panegíricos a quienes tienen voz

reconocida, la conducción del duelo a quien corresponde, el responso a la Iglesia y comparto,

sencillamente, la tristeza que nos aflige. Por encima de las recetas para el futuro, conviene encararse con

el presente y dar testimonio de que la nación no ha sufrido detrimento en su curso, de que el otoño sigue

siendo iconoclasta con las faringes y el sol, más o menos atemperada por el ciclo otoñal, sale cada día

sobre España. Es el tono implacable de la Naturaleza, su curso irresistible por muchas barreras de

sentimientos que quieran oponérsele.

La España del Príncipe

Y de pronto, la España de Franco se convierte en la España del Príncipe. ¿De pronto? No es justo

introducir el factor sorpresa en las instituciones preparadas para suceder a Franco. En puridad de ejercicio

informativo, no se puede decir que "de pronto" se haya producido el cambio. Las previsiones estaban ahí,

la constitucionalidad de la monarquía lo es desde hace bastantes lustros. ¿Qué ha cambiado, qué está

cambiando entonces para que los grupos políticos que están dentro se atrevan, siquiera, a condicionar sus

adhesiones cuando los de fuera—ilegales, por supuesto, anticonstitucionales—conceden a la situación una

pausa expectante?

La España del Príncipe—la del Rey dentro de unos días—se mueve dentro de las mismas coordenadas,

incluso políticas, que la España de ayer. Lo que parece admitirse, sin embargo, es que la exploración a

fondo de la verdadera naturaleza de la nación va a comenzar ahora porque—y esto sí que es

profundamente necesario—las dimensiones reales del talante político de España se han descuidado

durante los últimos años.

La prospección política

VA a costar mucho acostumbrarse a mirar hacia la Jefatura del Estado sin encontrar a Franco en la

cúspide. Para la mayoría absoluta del país es la única referencia que ha contemplado desde su más

temprano uso de razón. En la figura histórica de Franco han descansado confianzas y responsabilidades,

quejas y hasta críticas; todo, en definitiva, salía disparado hacia El Pardo como última instancia.

Ciertamente, de la adhesión o la conformidad hay ahora que dar el paso a la participación. El Rey no va a

ser la última instancia, sino que va a estar por encima de todas ellas. Vamos a ver si una prospección

política a fondo—que se impone, desde luego—nos permite de una vez adivinar cuál es la España real,

cuál es el talante político de una población que en tales materias lleva unos cuantos lustros con las aulas

cerradas. Importa mucho, repito, llegar a fondo, incluso para quienes están soñando—ilusamente, a mi

juicio—con una. España despendolada y de signo contrario.

Los cínicos

Y por supuesto, nadie tiene derecho a escandalizarse de planteamientos que partan de premisas como las

apuntadas. Los patrimonios son revisables, por lo menos hasta llegar a la escritura de propiedad. Los

codazos, en cambio, no son admisibles. Es una vieja práctica que no corresponde a un estilo nuevo. El

cinismo tampoco tiene por qué presentar carta de naturaleza en los momentos actuales. Se admiten

definiciones, pero sólo una por individuo. Los que han abusado de la palabra deben ser más templados y

más breves, porque no les pertenece en exclusiva. No hay opiniones que deban ser borradas del encerado

sin haber dado tiempo para su lectura. En suma, no hay vencedores. No hay vencidos.

Luis BLANCO VILA

 

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