El testamento de Franco     
 
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EL TESTAMENTO DE FRANCO

MADRID, 20. (INFORMACIONES.)

«Españoles: Franco ha muerto.» Con estas palabras, entrecortadas por la emoción, el presidente del

Gobierno, don Carlos Arias Navarro, se ha dirigido al país a través de la televisión a las diez en punto de

la mañana. El señor Arias, visiblemente conturbado, leyó un mensaje del Generalísimo a los españoles en

el que Franco pide perdón a todos y se declara fiel hijo de la Iglesia, al tiempo que exhorta al país a

apoyar firmemente al nuevo Rey. He aquí las palabras del presidente y el texto del testamento de Franco:

«Españoles, Franco ha muerto: el hombre de excepción que ante Dios y ante la Historia asumió la

inmensa responsabilidad del más exigente y sacrificado servicio a España, ha entregado su vida, quemada

día a día, hora a hora, en el cumplimiento de una misión trascendental.

Yo sé que en estos momentos mi voz llegará a vuestros hogares entrecortada y confundida por el

murmullo de vuestros sollozos y de vuestras plegarias. Es natural. Es el llanto de España, que siente como

nunca la angustia infinita de su orfandad. Es la hora del dolor y de la tristeza, pero no es la hora del

abatimiento ni de la desesperanza. Es cierto que Franco, el que durante tantos años fue nuestro Caudillo,

ya no está entre nosotros; pero nos deja su obra, nos queda su ejemplo, nos lega un mandato histórico de

inexcusable cumplimiento. Porque fui testigo de su última jornada de trabajo, cuando ya la muerte había

hecho presa en su corazón, puedo aseguraros que para vosotros y para España fue su último pensamiento,

plasmado en este mensaje con que nuestro Caudillo se despide de esta España a la que tanto quiso y tan

apasionadamente sirvió.»

MENSAJE POSTUMO DE FRANCO

«Españoles, al llegar para mí la hora de rendir la vida ante el Altísimo y comparecer ante su inapelable

juicio, pido a Dios que me acoja benigno a su presencia, pues quise vivir y morir como católico. En el

nombre de Cristo, me honro y ha sido mi voluntad constante ser hijo fiel de la Iglesia, en cuyo seno voy a

morir. Pido perdón a todos como de todo corazón perdono a, cuantos se declararon mis enemigos sin que

yo los tuviera como tales. Creo y deseo no haber tenido otros que aquellos que lo fueron de España, a la

que amo hasta el último momento y a la que prometí ser fiel hasta el último aliento de mi vida, que ya sé

próximo. Quiero agradecer a cuantos han colaborado con entusiasmo, entrega y abnegación en la gran

empresa de hacer una España unida, grande y libre. Por el amor que siento por nuestra Patria, os pido que

perseveréis en la unidad y en la paz, y que rodeéis al futuro Rey de España, don Juan Carlos de Borbón,

del mismo afecto y lealtad que a mí me habéis brindado, y le prestéis en todo momento el mismo apoyo

de colaboración que de vosotros he tenido.

No olvidéis que los enemigos de España y de la civilización cristiana están alerta. Velad también vosotros

y para ello deponed frente a los supremos intereses de la Patria y del pueblo español toda mira personal.

No cejéis en alcanzar la justicia social y la cultura para todos los hombres de España, y hacer de ello

vuestro primordial objetivo.

Mantened la unidad de las tierras de España exaltando la rica multiplicidad de sus regiones como fuente

de la fortaleza de la unidad de la Patria. Quisiera, en mi último momento, unir los nombres de Dios y de

España y abrazaros a todos para gritar juntos, por última vez, en los umbrales de mi muerte, ¡Arriba

España! ¡Viva España!»

El señor Arias acabó su breve discurso entre sollozos. Al parecer tuvo que repetir la grabación del mismo,

pues la emoción le embargó en un momento dado, interrumpiendo sus palabras. El mensaje del Caudillo

lo llevaba escrito y lo sacó visiblemente del interior de su americana, desdoblándolo ante las cámaras

antes de leerlo.

 

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