Autor: Miguel Rodríguez, Amando de. 
 La paja en el [ojo] ajeno. 
 Las mujeres se incorporan al trabajo extradoméstico     
 
 Blanco y Negro.     Página: 32-37. Páginas: 6. Párrafos: 65. 

LA PAJA EN EL OJO AJENO

LAS MUJERES SE INCORPORAN AL TRABAJO EXTRADOMESTICO

Por Amando de Miguel

UNO de los acontecimientos básicos, incontrovertibles, y más influyentes en la lista de cambios sociales que caracterizan a la actual sociedad española es la incorporación masiva, espectacular de las mujeres a la actividad laboral extradoméstica. El asunto es controvertido por la dificultad de medir su incidencia real y de evaluar su significación. Trataré de presentar algunos datos y argumentos para esta gran polémica. Al lector interesado le remitiré a una información más detallada que sobre este punto se contendrá en un libro de pronta edición por la Sociedad de Estudios y Publicaciones.

El trabajo femenino ¿tiene que ver con el desarrollo?

La participación de la mujer en la población activa no es fácil de determinar, y menos fácil aún de predecir. En primer lugar, en un país como España, las mujeres ocultan cuidadosamente el hecho de realizar un trabajo remunerado, y esto resulta condicionado no sólo por el nivel de desarrollo de la economía, sino por otros muchos factores de índole cultural muy difíciles de precisar. Por otro lado, cada país y casi cada fuente informativa tiene un criterio distinto para determinar en qué punto se distingue a la mujer de «sus labores» de la que se encuentra en la población «activa». En muchas tareas, como el trabajo en el campo, el pequeño comercio familiar, ciertos oficios de tipo casero (costureras, planchadoras, peluqueras...), etc., es muy difícil determinar esa distinción con suficiente objetividad.

Todo ello hace que tratar de predecir la participación futura de las mujeres en la población activa resulte bastante arriesgado. Y, sin embargo, el dato es muy importante, porque la propensión de las mujeres a emplearse fuera del hogar debe guardar una relación muy estrecha con otros factores definitorios del cambio social, y, desde luego, con el grado de eficacia del sistema educativo.

Si consideramos la proporción de mujeres activas del total de la población femenina de quince a sesenta y cuatro años, para una serie de países europeos, en 1950 y 1965, encontraremos las siguientes relaciones:

1.—En general, los países más desarrollados cuentan con tasas más altas de participación femenina.

Concretamente las más altas de 1965 corresponden a Finlandia, Austria, Dinamarca y Gran Bretaña. Las más bajas son las de España, Holanda, Portugal, Italia e Irlanda. No es sólo el nivel de desarrollo lo que las condiciona, sino la natalidad y el clima de valores. Un país poco desarrollado, como Yugoslavia, puede influir en una mayor participación femenina fuera del hogar debido a la mentalidad socialista. Al contrario, un país adelantado, como Holanda, puede retener en casa a un gran contingente de mujeres debido a una natalidad bastante elevada y a la imposición de ciertos valores religiosos y familiares. Sospechamos, por otra parte, que las oscilaciones de país a país pueden deberse también a distintas definiciones estadísticas, pues, a nuestro juicio, debería existir una relación más clara entre estos porcentajes y el nivel general de desarrollo. Más adelante comprobaremos esa sospecha con algunos datos más precisos.

2.—En conjunto, la variable que parece explicar las diferencias más acusadas es el sistema económico (capitalista o socialista) y no tanto el grado de desarrollo del mismo. En este sentido, la baja tasa de participación femenina en la fuerza de trabajo no-agrícola la encontramos tanto en Estados Unidos como en algunos de los países más atrasados de África o Asia. Parece ser, por otro lado, que Bulgaria, el país socialista más «ortodoxo», y no precisamente el más desarrollado, es de todos los del mundo el que cuenta con una mayor participación de las mujeres en la fuerza de trabajo.

3.—El peso de las razones «estadísticas» se adivina, además, porque las variaciones de los porcentajes, de 1950 a 1965, no son, por lo general, muy grandes en la lista de países europeos que comentamos, y, sin embargo, en ese tiempo han sido bastante profundos otros cambios correlativos. Es posible que la tasa global no diga gran cosa, en la medida en que pueden cruzarse movimientos no necesariamente congruentes e incluso contradictorios, como luego veremos. En concreto, dado un cierto nivel de desarrollo, es previsible una retirada del trabajo en el caso de las mujeres campesinas, o también de las amas de casa que no cuentan con servicio, y acompañar todo ello a una incorporación de las «mujeres en otros sectores, en alguno de los cuales, como los servicios, es difícil la contabilidad de las mujeres activas.

4.—En cualquier caso, sea por la razón que sea, llama la atención el nivel tan extraordinariamente baja que en este aspecto corresponde a España, especialmente en 1950. En ese año ni siquiera estaban activas un quinto de las mujeres adultas españolas. ¿Qué hacía el resto?

5.—En opinión de algunos expertos de las Naciones Unidas que han estudiado estos datos, apenas va a haber cambios significativos en este aspecto. A nuestro juicio, esa presunción es demasiado conservadora.

Al menos para España, el cálculo de las Naciones Unidas de que en 1980 sólo habrá un 28 por 100 de la población activa femenina del total de población de mujeres en edad laboral, resulta totalmente superado por la realidad, ya que ese porcentaje se había alcanzado en 1965 según los datos oficiales que nosotros hemos manejado. En los quince años siguientes, todo hace suponer que va a incrementarse de un modo muy notable el trabajo de la mujer fuera del hogar.

Si consideramos ahora con más detalle la evolución de la población activa por sexos, en España, desde 1950 a 1970, y la comparamos con la que ha tenido lugar en Francia de 1946 a 1967, notamos estas líneas de evolución a lo largo de las dos décadas:

A) La población activa total española crece ligeramente en números absolutos (menos de dos millones de personas en quince años) y se mantiene constante en términos relativos (en relación a la población total) en torno al 38 por 100 (una relación bastante más baja que la francesa, si bien ésta baja cada vez más —51 por 100 en 1946 y 40 por 100 en 1967— por el «boom» natalista de la posguerra).

B) En valores absolutos, la población activa masculina apenas se altera en ninguno de los países durante las dos décadas consideradas. En España crece espectacularmente la población activa femenina (aunque parece estancarse en el último lustro) y se mantiene constante en Francia, En consecuencia lógica, la población activa femenina representa en España un porcentaje cada vez mayor (con el estancamiento último señalado) en el total general de población, de población activa y de población de mujeres en edad laboral. En Francia esas proporciones descienden, si bien todavía son mucho" más altas que las españolas.

Esas tendencias a largo plazo van a continuar su marcha en España durante los próximos lustros, superando incluso el aparente bache (más virtual que real) de los últimos cinco años. En 1980 las mujeres constituirán una tercera parte del total de la fuerza de trabajo (frente ´a sólo un 16 por 100 en 1950 y un 20 por 100 en 1960) y un 39 por 100 del total de población femenina en edad laboral (frente a un 17 por 101 en 1950 y un 23 por 100 en 1960)

Si estas previsiones se realizan llegaremos a confluir, aunque paulatinamente, con la situación francesa, de la cual nos separa todavía un gran trecho. En Francia, el peso relativo de la población activa femenina se encuentra estabilizado en el período 1954-67 a un nivel aún más alto que el que nosotros prevemos para España en 1980.

Razones para que las mujeres se queden en la casa, aun sin la pierna quebrada

Es muy importante que hacia 1975, a estructura laboral española cuente con dos, tres

9 cuatro millones de mujeres activas

Por una u otra razón, el grado de participación de la mujer en la vida laboral ha sido tradicionalmente muy bajo en España (aparte de venir seguramente infraestimado en las estadísticas, no nos cansaremos de repetirlo). No creemos que esa situación pueda mantenerse por más tiempo en la medida en que se están desarrollando todos los demás elemento; de la estructura ocupacional.

Al bajo nivel de empleo de 1a población femenina han estado ligados en las últimas décadas los siguientes fenómenos, todos ellos incompatibles con un aprovechamiento óptimo (es decir, no sólo «económico») de los recursos humanos:

1,—Pluriempleo y horas extra de los varones.

2.—Deficiente escolarización de tos niños en edad preescolar (tres a cinco años) y ausencia notable de los servicios de guarderías infantiles.

3.—Edad de retiro muy alta.

4.—Escasa motivación para seguir estudiando en el caso de las mujeres jóvenes.

5.—Excesivo predominio de la empresa familiar y las actividades artesanales en el sector no-agrario. La mujer, en ese caso, «trabaja en casa» y no se prepara para un trabajo asalariado —que implica una formación especial fuera de ella.

6.—Una mentalidad oficialmente aceptada poco favorable al trabajo de la mujer, que se traduce en la dirección antifeminista de la política laboral, la legislación, y, en general, de la vida política.

7. — Equipamiento inadecuado de los hogares y precio alto de los alimentos, lo cual demanda una gran actividad a las amas de casa, en la preparación de éstos; y junto a ello, falta de autoservicios (o similares) que permitan la comida de mediodía fuera del hogar.

8.—Abundancia de mano de obra no calificada "masculina.

9.—Escasa oferta de puestos de trabajo «cómodos» para las mujeres (jornada reducida, trabajo limpio y no esforzado, etc.).

Algunos de esos factores están cambiando, o van a cambiar en los próximos lustros a causa de los procesos de industrialización, emigración, urbanización, educación de masas, mejor equipamiento familiar y colectivo, mayor flexibilidad de la jornada de trabajo, y, sobre todo, la creciente terciarización de la fuerza de trabajo. De hecho, como vemos, es indiscutible el ascenso de la población activa femenina en las dos últimas décadas. Aparte de una mejora de las estadísticas (lo que lleva a registrar cada vez mejor el trabajo femenino), el factor que más ha debido de cambiar es el de la mentalidad (está mejor visto que una mujer trabaje) y el de oferta laboral.

Las previsiones oficiales (una vez más) no coinciden

Es tan obvio y tan claro este proceso que asombra lo poco certeras que han sido algunas estimaciones al imaginar cuál podía ser la evolución futura de la participación femenina en el conjunto de la fuerza laboral El error es siempre por defecto al considerar el número absoluto, puesto que en casi todas las previsiones (excepto la del I Plan) se empieza por infraestimar el crecimiento de la población activa total.

Pero no sólo eso; todas las fuentes consultadas calculan muy por debajo de la realidad (y de nuestra propia estimación) la tasa de actividad femenina. Veamos algunos ejemplos:

Un estudio de la O. C. D. E. calculaba en 1966 que para 1970 habría sólo 2,7 millones de mujeres activas, lo que representa un 22 por 100 del total de la fuerza de trabajo. Este cálculo nos parece totalmente desafortunado. En su lugar yo estimo para ese año una población activa femenina de 3,8 millones, lo que representa un 29 por 100 del total de población activa. La discrepancia, con ser grande, no es menor que la que se obtiene entre mi estimación y la de la O. I. T. (publicada en 1969), y, como es lógico, aumenta con el tiempo. Así, por ejemplo, para 1975 (y no es una fecha demasiado lejana), el estudio de la O. I. T. prevé tan sólo 2,4 millones de mujeres activas; según sus cálculos, un 19 por 100 del total de población activa. Anticipo para ese año 4,2 millones de mujeres y un 31 por 100 del total de la fuerza de trabajo.

Una prueba de que la tendencia apuntada por la O. I. T. no es correcta, es que ya en 1960 había más mujeres en la población activa que las que ese organismo anticipa para 1970. Dos años antes de esa fecha, según la Encuesta de Población Activa (que no recoge bien todos los casos de mujeres trabajando), se encontraban en la población laboral 600.000 mujeres más que las calculadas por la O. I. T. para dos años después. Sería absurdo pensar que en los últimos años se hubieran retirado un millón de mujeres de la población activa. Para 1980 esas dos magnitudes ascenderán a 4,8 millones y al 33 por 100, respectivamente, según nuestros cálculos. Curiosamente, mi previsión para 1975 se parece mucho a la realizada en 1963 en un estudio llevado a cabo por el Ministerio de Educación y la O. C. D. E., y que las otras fuentes no parecen haber tenido en cuenta. La única fuente oficial con la que coincido —y que naturalmente es discrepante de las otras estimaciones oficiales— es el modelo econométrico de política laboral realizado por el Ministerio de Trabajo. Resulta curioso y chocante que ese organismo estime que en 1970 hay 600.000 mujeres activas más que las cifras «reales» que nos proporciona el Instituto de Estadística.

LA PAJA EN EL OJO AJENO

La estimación propia, que, como digo, fue avanzada en su día en el Informe de F. O. E. S. S. A., ha tropezado con algunas críticas, derivadas de la hipótesis opuesta de que la población activa femenina no va a crecer como yo supongo. Es posible que no se pueda comprobar nunca si nuestra previsión era correcta o no por defecto de las estadísticas, pero al menos va quedando patente que los errores de organismos tan preclaros como la O. C. D. E., la O. I. T. o la Comisaría del Plan no pueden ser de mayor bulto.

A pesar de tanta evidencia, las críticas arrecian. La opinión de Salustiano del Campo es que la estimación de la población activa femenina que calculan los organismos oficiales españoles para los próximos años no corresponderá con la realidad futura..., porque ésta verá unas tasas inferiores a las previstas. En este sentido, su discrepancia con la previsión que realiza el Informe F. O. E. S. S.A. no puede ser mayor y se remacha con el comentario irónico de que:

«la marca aparentemente tan difícil de batir de encontrar un organismo privado que gane en optimismo a la Comisaría del Plan de Desarrollo Económico y Social se ha batido repetidamente en los dos Informes sociológicos sobre la situación social de España de F. O. E. S. S.A.»

que estiman, como queda apuntado, una creciente participación de las mujeres en la población activa, muy superior a los cálculos oficiales.

Desde luego no es el primer caso en que «la marca del optimismo» de la Comisaría del Plan queda batida... por la propia evolución de la realidad. A los sociólogos le corresponde en estos casos no ser optimistas ni presimistas, sino acercarse con sus predicciones a la realidad y en todo momento razonarlas para aprovechar los errores propios y ajenos.

Una cosa es evidente en esta especie de juego de la gallina ciega por acertar cuál va a ser la evolución de la fuerza laboral femenina: que la propia Comisaría del Plan, al redactar el III Plan se adapta más al tipo de previsiones que se realizaban en el informe F. O. E. S. S.A. de 1970, aunque las cifras siguen quedando por debajo de ese aparente «optimismo» que según Salustiano del Campo distingue a los autores del citado Informe.

La discusión no es puramente académica, sino que contiene una dimensión de indudable valor político. El que se realice una u otra anticipación del futuro posibilitará que lleguemos o no a una «sociedad de servicios», con los cambios sociales que ese tránsito acarrea. Es muy importante que hacia 1975 la estructura laboral española cuente con dos, tres o cuatro millones de mujeres activas. El que funcione una u otra de esas tres dispares opciones significa mucho, concretamente para la confección de uno u otro plan de reforma educativa, tendrá que ver a su vez con la demanda de ciertos servicios sociales, se relacionará incluso con las tasas de natalidad y, en general, con el concepto dominante del papel de la mujer y de la estructura familiar.

Feminización, industrialización y tercialización

El hecho de que en una generación (1950-80) las mujeres activas en España pasen de 1,7 millones a 3,8 millones, debe considerarse como uno de los cambios más significativos de la historia social de estos años. Lo más claro es la participación de la mujer en los servicios: en 1940 sólo existían en ese sector medio millón de mujeres, superarán los dos millones en 1970 y se acercarán quizá a los tres en 1980. Esta incorporación masiva tiene que traducirse también en un acceso casi universal de las mujeres a los estudios de tipo medio (el equivalente al Bachillerato unificado por lo menos). Ambos procesos han de enlazarse en una secuencia perfecta; de otro modo, el coste que haya de pagar el desarrollo general de la economía puede ser enorme.

Da la impresión de que las mujeres se están integrando en todos los ámbitos de la vida laboral. En este proceso se ven favorecidas quizá por los esquemas de mecanización, automatización y burocratización de la industria, que crea para ellas multitud de puestos semi-especializados y bastante «limpios», Hasta cierto punto han debido de ocupar también muchos puestos que han dejado vacantes los emigrantes varones al marcharse al extranjero.

Hay que pensar que la progresiva urbanización del país ofrecerá un número creciente de puestos de trabajo al ama de casa

En el Informe F. O. E. S. S. A. de 1970 preveíamos este aumento de las trabajadoras en los sectores fabriles más típicos debidos a:

«Las características tecnológicas de muchas industrias modernas —trabajo cómodo, exigencia de destreza manual, tareas repetitivas, etcétera— a los que se adapta muy bien la mano de obra femenina.»

Pues bien, estos datos extractados de la tabla 1.23 del citado Informe (con todos los inconvenientes que se quiera de la infraestimación de la fuente) creemos que confirma con toda claridad esa hipótesis:

El aumento no puede ser más espectacular, sobre todo en los dos últimos años. No hay ningún ramo industrial en que se registren aumentos relativos tan considerables para la población masculina.

Ante esa evidencia, sorprende la afirmación de M. A. Duran en un reciente libro que critica la hipótesis general del citado Informe y dice textualmente:

«Las características tecnológicas de la industria moderna tampoco han empezado a ejercer influencias en el trabajo femenino, que mantiene unas tasas de participación en la industria estables. A corto plazo no es previsible tampoco un cambio en este sector, dada la inexistencia de centros de formación profesional industrial femenina y la fuerte presión en sentido contrario que han venido ejerciendo la Iglesia Católica, Sección Femenina del Movimiento, etcétera» (1).

La suma de errores de este párrafo no puede ser mayor. Está claro que la participación femenina en la industria, y en la más típicamente fabril, están aumentando y cada vez más. El que, en efecto, la formación profesional se haya montado casi exclusivamente para varones no es impedimento absoluto.

Muchas obreras

(1) M. A. DURAN, El trabajo de la mujer en España (Madrid, Tecnos, 1972), pág. 243, se formarán seguramente en el extranjero o sobre el propio lugar del trabajo, ya que precisamente esas «nuevas características tecnológicas» de la industria requieren empleos fácilmente asimilables y repetitivos. Por otra parte, el creciente grado de burocratización de la industria hace que los nuevos empleos sean sobre todo no manuales, poco calificados (secretarias, recepcionistas, perforistas, vendedoras, etcétera), para los cuales no se suele exigir una formación profesional demasiado específica y muchas veces se ofrecen directa y preferentemente a mujeres.

El que la Iglesia Católica o la Sección Femenina del Movimiento se oponga a la formación profesional de la mujer no es gran obstáculo. En primer lugar, porque esas dos instituciones mantienen muchas escuelas dé formación profesional para mujeres, y en segundo y definitivo lugar, porque no creemos que la opinión pretendidamente antifeminista de la Iglesia o de la Sección Femenina (valga la redundancia) sea tenida muy en cuenta por los miles de mujeres que se incorporan cada año a los empleos industriales.

En último término, aceptaríamos el razonamiento de Duran de que no tendría que suceder ese incremento de la población femenina en los ramos industrial... pero sucede.

Sin embargo, repetimos, si es significativo el aumento de la actividad femenina en el sector secundario, todavía lo es mucho más en el terciario, sobre todo lo va a ser.

Tenemos, por ejemplo, el caso del comercio. Sólo ocupaba a 100.000 mujeres en 1950, que pasan a ser más de medio millón en los últimos años. El salto es impresionante. Tiene que serlo, pues todavía en 1960 la participación femenina en este sector era sólo del 19 por 100 frente al 44 por 100 en Japón o Bélgica, y aún más en otros países europeos.

Para que esa participación siga aumentando tiene que producirse una continua sustitución del pequeño comercio artesanal por los «grandes almacenes», supermercados o cadenas de tiendas. Esa sustitución ya ha comenzado y tendrá que afianzarse con el tiempo.

El trabajo de la mujer casada

Casi todo el mundo está de acuerdo en que la mujer soltera o sin hijos debe y puede trabajar fuera del hogar. Ahora bien, el cambio cualitativamente más importante es el que propicia la actividad extradoméstica de las mujeres casadas con hijos. Esta es la situación más polémica.

La actividad laboral del ama de casa no es un lujo ni una manifestación de una preparación profesional, sino más bien una necesidad de acuerdo con las actitudes que expresan las propias entrevistadas. Considérense tan sólo estos datos extraídos del Informe F.O.E.S.S.A. de 1970:

LA PAJA EN EL OJO AJENO

La infrarrepresentación de las mujeres casadas en la población activa no proviene tan sólo de los deberes que han de desempeñar en el hogar. La prueba es que el grueso de la fuerza de trabajo femenina se recluta de la clase media-baja y obrera, donde el trabajo fuera del hogar es a pleno tiempo y requiere un esfuerzo más «duro» en muchos aspectos. En cambio, en los ambientes profesionales, donde las mujeres cuentan con servicio, menos hijos, facilidades de guarderías y medio-pensionados, nivel educativo, posibilidad para desempeñar trabajos cómodos a media jornada, es decir, donde sería más fácil trabajar sin desatender las obligaciones, familiares, es ahí donde se desaprovecha más la potencial fuerza laboral femenina. La verdadera norma social (hecha a la medida de las clases desahogadas) es auténticamente discriminatoria:

«El varón, cuando pueda, que trabaje; la mujer, cuando pueda, que no trabaje». Esta norma no sólo determina la baja proporción de mujeres en la población activa, sino la particular vocación de algunas ocupaciones típicamente definidas como «femeninas». En ellas abunda siempre la oferta de mano de obra y los salarios son más pequeños. Una ocupación «femenina» casi se puede definir por esta característica de un bajo nivel diferencial de salarios.

Es claro que, de momento, el trabajo del ama de casa se produce cuando se acumula más necesidad económica. El servicio doméstico no «libera» precisamente a las «señoras» para ponerse a trabajar. He aquí un enorme derroche de nuestra todavía débil estructura de recursos

humanos que una inteligente planificación debería aprovechar.

Una de las razones para fundamentar el previsible incremento de las mujeres que trabajan fuera del hogar es que la actividad laboral de las amas de casa tienen que ver no sólo con su «necesidad», sino con las condiciones exteriores que les permiten uno.

Es claro que las clases más modestas son ahora las que más se resisten al trabajo de la mujer cuando no tiene cargas familiares, y las clases obrera y media-baja las que más se oponen cuando la mujer tiene hijos. Aunque en la clase más pudiente no se dé todavía una alta proporción de amas de casa que trabajen, sin embargo en ellas aparece bastante fuerte la actitud en pro del trabajo femenino. Siguiendo con la interpretación «cínica», hemos de reconocer el «progreso» que supone que las mujeres de clase alta sean más «liberales» y aprueban el trabajo de las mujeres... de clase baja. Estas últimas trabajan, he ahí la contradicción dolorosa: su situación se enfrenta a las convicciones más arraigadas u otro tipo de trabajo.

Las dos grandes actividades que ofrecen puestos de trabajo al ama de casa son todavía el campo y el comercio. Las dos son regresivas, sobre todo la primera, y de carácter famIliar en la mayoría de los dos casos. Pero sucede al mismo tiempo que esas oportunidades van decreciendo en cuanto ascendemos del nivel de urbanización, para aumentar otras nuevas. En las ciudades se hacen mucho más frecuentes las oportunidades para trabajar en el servicio doméstico, servicios personales, trabajo administrativo e industrial. Hay que pensar, por tanto, que la progresiva urbanización del país ofrecerá un número creciente de puestos de trabajo al ama de casa.

Estos son los resultados que se contienen en el Informe F. O. E. S. S.A. de 1970 en relación a la pregunta de si una mujer debe trabajar en diversas circunstancias que en ellas perduran de que la «mujer no debe trabajar».

La existencia de hijos pequeños parece ser lo que más condiciona esa aceptación de la actividad laboral y, por tanto, las dos pautas señaladas de descenso de la natalidad y menor espaciamiento de los hijos pueden operar con bastante intensidad en una notable expansión de la fuerza laboral femenina.

En cualquier caso, la norma vigente que registran esos datos sobrepasa la incidencia real del trabajo femenino. La mayoría de las mujeres que no tienen hijos pequeños no trabaja, pero debe trabajar, en opinión de ellas mismas. Esta discrepancia sería la última razón que avale nuestro «optimismo».

Amando de Miguel

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