Autor: Álvarez, Bautista. 
   Autonomía, nuevo disfraz del imperialismo     
 
 Diario 16.    30/09/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Autonomía, nuevo disfraz del imperialismo

Bautista Alvarez [Presidente de Unión do Pobo Galego] (UPG)

Es evidente que durante los últimos tiempos —ya en las postrimerías de la

dictadura franquista— se han acentuado las luchas de liberación en las naciones

sometidas al Estado español, principalmente en Euskadi y Galicia. Pueden diferir

las formas de opresión, e incluso de combate, caracterizándose, en los casos de

Cataluña y Vascongadas, por una explotación de tipo cultural y político,

mientras Galicia sufre, además, un dominio económico ejercido a través de los

mecanismos clásicos de la dependencia colonial.

Las estructuras políticas heredadas del franquismo resultan arcaicas e

inservibles, o cuando menos peligrosas, para que la oligarquía española pueda

seguir ostentando posiciones hegemónicas de clase.

Necesita remozarlas y modernizar un sistema capaz de resolver a su favor el

creciente conflicto social.

Prescindiendo de que pueda conseguirlo —la pelota está todavía en el aire y la

crisis económica aumenta—, ésta es la tarea en la que están empeñados los

albaceas de cuarenta años de dictadura fascista.

Son los que actualmente controlan la reforma desde arriba, arrinconada ya la

táctica inmovilista del bunker deteriorado y arcaizante. Son, asimismo, los que

necesitan conducir urgentemente el problema nacional (de las naciones del

Estado), a una solución que no rebase los planteamientos "regionalistas" de los

que siempre defendieron una concepción mítica de la España unitaria e

Imperialista. No deja de ser sintomático que las reivindicaciones autonómicas

estén conducidas, algunas veces, por quienes hicieran dogma de la "sagrada

unidad de la Patria". Es la prueba más evidente de que lo que se persigue es

abortar los movimientos de liberación de las naciones oprimidas a través de la

inoperante e inadecuada descentralización, administrativa. Hacia estos objetivos

se canaliza la corriente política favorable a la concesión de estatutos de

autonomía, desvirtuados cuando se intenta aplicarlos de forma igualitaria sobre

una proliferación artificial y tendenciosa de entidades geográficas

desprovistas de todo carácter nacional.

No entra en mis cálculos trazar loa perfiles del conflicto en Euskadi y

Cataluña. Además de las diferencias que las separan del caso de Galicia

(estructura de clases, nivel de dependencia, etcétera), considera existen plumas

más autorizadas para abordarlos. Galicia es un caso típico de nación colonizada

dentro del Estado Español. Y esta dependencia colonial no se define por el mayor

o menor nivel de desarrollo, sino por la carencia de una clase autóctona

dominante, situación de ningún modo asimilable a la existente en otras zonas

deprimidas. La opresión de Galicia no consiste en superponer el problema

cultural y lingüístico a la depresión económica andaluza, error frecuentemente

cometido por aquellos que prescinden de este carácter específico del hecho

colonial. Andalucía —al igual que Extremadura— está explotada en gran medida,

por su oligarquía latifundista, y estas relaciones de explotación no se

destruyen consumando un proceso de independencia política. Por el contrario, la

opresión en Galicia se ejerce a través de mecanismos externos a su estructura

social, por una oligarquía Que subordina las posibilidades de desarrollo

económico a los intereses del capitalismo español. La independencia nacional

destruye, en este caso, la causa principal de las relaciones de explotación,

sentando las bases para la eliminación definitiva de una residual contradicción

interna de clases. El movimiento nacionalista que culmina en el estatuto de

1936, aun cuando intuyó el matiz colonial existente en la dependencia nacional

de Galicia, no pasó de utilizar este término con otro matiz que el de un mero

radicalismo verbal. Quizá fuera la ausencia de un análisis serio a este respecto

y de las implicaciones políticas que de este hecho se derivan, el motivo que le

animara a considerar la autonomía como un paso previo en la estrategia de

autodeterminación, objetivo que en el fondo perseguía.

Unidad y consenso

Para no repetir errores del pasado, de mayor gravedad al soslayar la experiencia

acumulada, no debemos olvidar los análisis que el Estatuto merecía a los

observadores de la época, considerado como simple descentralización

administrativa y no política. La Asamblea de Galicia carecía en absoluto de

facultades de carácter institucional. En otras palabras; no era el Estatuto

emanación de ésta, sino gratuita concesión autonómica de la Constitución

republicana, mareo Jurídico que la Asamblea no podía rebasar. Nada nuevo, por

otra parle, teniendo en cuenta que ninguna fórmula descentralizadora de los

Estados unitarios tolera mermas de soberanía en favor de entidades

administrativas inferiores.

Centremos el problema. Mientras no abdiquemos del nacionalismo españolista no

pasaremos de arbitrar medidas políticas Incapaces de dar solución al problema

nacional. Mientras no lleguemos al convencimiento de que el Estado que configuró

varios siglos de historia en la peninsula no es más que el Instrumento con que

España llevó adelante el despojo de soberanía de las naciones oprimidas —únicas

y legitimas titulares de la misma— solamente cambiaremos la forma de una

idéntica ambición Imperialista.

La autonomía no es un paso —que algunos erróneamente consideran minimalista—

hacia el objetivo final de liberación. Es una táctica de Imposible confluencia,

por sí misma, en una estrategia de autodeterminación nacional, y cuyo logro en

cierto modo trata de sabotear. Si estamos dispuestos a reconocer el derecho que

las naciones tienen a regirse por sí mismas, dejemos que sean ellas las que

erijan sus propias instituciones soberanas, a través de los respectivos procesos

constituyentes. Si por este procedimiento se llega a una articulación federal de

los distintos Estados nacionales, la unidad será —en tal caso—fruto del libre

consenso y nunca el yugo que, por muchas autonomías que diga conceder, fue

siempre para nosotros la bandera de España.

 

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