Autor: Marsal, Juan F.. 
   Votar en Galicia     
 
 Diario de Barcelona.    24/09/1977.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

DIARIO DE BARCELONA 24 DE SETIEMBRE DE 1977

Opinión

Votar en Galicia

Juan F.MareaL

Ir a Galicia supone, recorrer la mitad de la península Ibérica; lo que si es u

pocos días después de unas elecciones generales, como las del pasado Í5 de

junio, permite un relevamiento visual de propaganda política. Mientra en todo el

Levante la propaganda de la llamada «oposición democrática» llegó en toda su

variedad todos los pueblos en Castilla, salvo en alguna ciudad universitaria

como Salamanca, bridó por su total auencia. Sólo llegaron el Gobierno y la

derecha y sus admoniciones son a veces tal ilustradoras como aquella pintada en

tierras de Zamora: «Campesinos, guardad vuestras gallinas que viene el PSOE. En

Galicia, siempre tras la propaganda derechista, llama la atención el esfuerzo de

los partidos nacionalislas... y sus mayores resultados. Los cachondos graffiti

de militantes anarcos lo acompañan a uno por toda la piel de loro.

Galicia rural era mi destino, concretamente un municipio de la provincia de

Lugo, en el corazón de Galicia. Sus coordenadas socio-económicas: 5000

habitantes repartidos en 30 aldeas, unan doce mil vacas lecheras -- que no es

moco de pavo— pastando en unos cien kilómetros cuadrados, escuela primaria

pública y privada, boyante iglesia.,feria mensual de ganado, ni cine ni teatro

ni biblioteca. Mucha televisión.

A quien ha conocido de vivencias el trágico subdesarrollo del tercer mundo en

Latinoamérica, la acepción de Galicia rural como subdesarrollada te parece un

prejuicio mal elaborado por peninsulares urbanos ansiosas de fardar frente a sus

parientes lejanos o próximos) rurales. En eso los emigrantes en Europa,

cuotidianamente atosigados por los trabajos del último escalón de la pirámide

laboral, baten el récord. Nunca he visto lanío alarde de Mercedes Benz o Volvos

último modelo como por los villorrios gallegos, trasegando amontonadas familias

de emigrados.

A trancas y barranca.» la Galicia más rural se ha desarrollado considerablemente

estas últimas décadas. (/o que no se puede decir de las despobladas Castillas).

En primer lugar la gente de las aldeas se ha ido a los pueblos, que han

prosperado. Oíros se han ido fuera de Galicia, pero envían sus ahorros al

pueblo. Bien lo saben las proliferadas agencias bancarias: Mucho del cultivo ha

sido abandonado. La gran innovación ha sido la industrialización de la leche, en

primer lagar, y de los pollos esa mezcla de harina de pescado y plástico- - que

ahora se inicia. El campo se ceñirá en torno a vacas y pollos; agricultura poca.

(En el pueblo en el que estuve, sólo el 10 por ciento de la superficie está

cultivada). Los camiones recojen a pie de vaca la leche que irá a parar a la

gran planta transformadora del inevitable pulpo multinacional. Esto ha producido

un considerable aumento del nivel de vida pero cada cual donde estaba— y

seguridad. La concentración parcelaria franquista fue una filfa.

Aquí sigue mandando el minifundio; las estacas, bancales y alumbres separadores

de minúsculas propiedades forman verdaderos laberintos sobre las verdes campos.

Por donde las cosechadoras no pueden pasar, sólo los conejos.

Las elecciones no son ni cura ni panacea pero dan por lo menos las primeras

rayas para un mapa del pensamiento político de la gente. En el municipio rural

gallego que conozco, del 50 por ciento ni eso.

Pues no miraron. Los paisanos —incluida la autoridad municipal que continúa

sentada bajo una impertérrita fotografía de Franco de las que sólo Por Favor se

atrevería a publicar entre nosotros— dan a eso tres razones: que muchos de tos

empadronados no estaban pues son emigrantes; que la distancia es mucha pura algo

como el votar que para ellos no es demasiado atractivo que es la «retranca»

(desconfianza —apatía— sequndas intenciones).

El 70 por ciento de los que votaron lo hicieron religiosamente por la UCD. A mi

pregunta, los votantes me dicen que lo que más les influyó fue la «lele» (el

único medio de comunicación colectiva, por cierto, común a todos nosotros, ¡ay

dolor!), otros más maliciosos me han hablado de «indicaciones» de los

funcionarios de educación o agricultura. El segundo partido votado fue Alianza

Popular con un 20 por ciento. Pero mí impresión es que en el corazón hubo muchos

más volos aliancistas. Allí también hubo «voto útil», pero de derecha, que cobró

i UCD (los paisanos, por cierto, se hacen lenguas de su cohetaneo Fraga). El día

de las elecciones había aún quien preguntaba a los sabidillos del pueblo: ¿a

quién hay que votar, a Franco o a «los otros»? En ese, medio no es sorprendente

que el PSOE sólo reúnen 94 votos y el PC 19 de inconfesos rotantes. (El 10 %

apenas entre ambos). Lo más sorprendente fue el centenar de votos escasos que

cosecharon, pese a todos sus esfuerzos pictóricos y oratorios, los partidos

nacionalistas gallego. La conciencia de pertenencia llega que en lo linguístico

familiar o folklórico es su indiscutible presencia no ha llegada en la Galicia

rural a hacerse política. Lo conservador puede más. La «admiratio Cataloniae»

que cortésmente profesan los lugareños con los catalanes que conocen, lleva

también «retranca».

En resumen, mis impresiones de apresurado antropólogo (los hay que conocen

menos campo aún y tienen cátedra) me llevan a la conclusión de que en la

(Galicia rural, que es mucha Galicia, —no hablo ni puedo sobre (os gallegos de

las ciudades— es profundamente conservadora sea con vestimenta franquista o la

que venga. No me parecen sus habitantes unos «manipulados» como les parecen a

sus culturalmente lejanos parientes de la vida urbana. Un reverencial sentido de

propiedad, que haría palidecer de envidia a «els burgesos calalans», está en el

meollo de su sistema de valores. Viven, como captara el gran sociólogo burgués

Mar Weber, en un mundo objetivamente depediente; en tos márgenes del sistema

capitalista pero creyéndose aún que es el tradicional. Pero tan sólido como las

vallas de los minifundios, últimos y subconscientes monumentos de la revolución

hermandina que alló a sus antepasados contra tos nobles con cuyos herederos

comparten hoy, irónicamente, la misma orientación de voto. (¡Oh vericuetos de la

«falsa conciencia»!). En definitiva, nada nuevo bajó el sol. En otras tierras

alias de más allá del océano, en el altiplano del Mélico central, también los

campesinos minifunistus hijos de la revolución mexicana son hoy los más

acendrados defensores del PRI.

 

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