Autor: Paz Andrade, Valentín. 
   Galicia, en el umbral de la autonomía     
 
 El País.    23/03/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 21. 

TRIBUNA LIBRE

Calida, en el umbral de la autonomía

En la historia reciente de Galicia lucen dos fechas estelares. Me estoy

refiriendo, claro está, a los anales políticos de la posdictadura, lastrados aún

de tanta ganga... anacrónica. No sobrará añadir que apunto a cronologías

concretas: la del 15 de junio y la del 4 de diciembre de 1977.

Tanto una como otra abren capítulos miliarios del proceso de cambio histórico en

que, de una u otra manera, todos ponemos las manos. Cambio de destino, que no de

postura. De las estructuras, y no sólo de las etiquetas.

La primera de ambas movilizaciones del cuerpo social galaico, orientada a la

exteriorización formal de su voluntad política, se mantuvo dentro de la

coordenada general. La segunda, en el ámbito propio, tuvo un acento específico.

Entre una y otra, a través de la lente global, se aprecian sólo líneas de

coherencia externa. Es el filtrar ambos fenómenos de masas por el tamiz de la

interpretación socio-política, cuando la perspectiva se torna distinta. Cuando

afloran al plano dialéctico connotaciones diferenciales, sean o no convergentes.

Valdrá la pena reparar en algunas de las más ostensibles.

Lo que representa el 15 de junio

Mediante reestreno del rito electoral, el pueblo se pronunció el 15 de junio,

inequívocamente, en favor de la democracia y en contra de la dictadura. Sin

embargo, copiosos vestigios de la segunda han conseguido reflotar, bien a cara

descubierta, bien bajo disfraz democrático; con predominio numérico del segundo

grupo sobre el primero, como es sabido.

Bajo el mismo ángulo, las cosas se han sucedido en Galicia, como en casi todo el

resto de España. Sin embargo, algunas diferencias cuantitativas se acusan. No

tanto cualitativas, dado que el proceso electoral fue impulsado a la brava. Sin

tiempo para la decantación, ni la más elemental depuración. Más bien con

indulgencia plenaria para el tránsfuga, por muy entregado que haya estado al

régimen autocrático.

Dentro del marco así esbozado, no es indiferente cierto rasgo típico. El de que

en Galicia el índice de abstención haya llegado al 40 % del censo. Más o menos

el mismo que se había registrado ante las urnas del referéndum, el 15 de

diciembre de 1976.

El dato en sí, y más su reiteración, revelan un grado de atonía innegable. Sin

embargo, pierde mucho de su significado si se tiene en cuenta otro presupuesto

perentorio. El de que casi un tercio de la población del país permanece en la

inmigración.

Basta un sustraendo de semejante masividad para revelar que la imagen emergente

de las urnas

VALENTÍN PAZ ANDRADE Senador por Pontevedra resultó severamente mutilada. Y para

aconsejar que los valores de decisión, en orden al futuro, y más al futuro

autonómico, debieran ligarse también a otros elementos representativos de las

estructuras del país, así como de su voluntad política.

Lo que representa "O Catro de Nadar

El día «4 de Nadal» se ha concelebrado en los cuatro mayores núcleos urbanos de

Galicia la Xornada por la autonomía. No estaba en esta ocasión puesta en juego —

como en la primera— la suerte de la democracia. Se trataba de una opción

distinta, aunque inscrita dentro del mismo proceso, mucho más específica en

orden al futuro de la nacionalidad.

Era nada menos que la batalla al aire libre, en la calle, a pecho descubierto,

por la conquista de la autonomía. O sea, de la batalla contra el centralismo

obliterante y monolítico, que vino estrangulando durante siglos el ser y el

estar de Galicia, perpetuándola en la depresión socioeconómica, con todas las

salidas obturadas menos el aliviadero de la emigración.

Así como la jornada del 15 de junio tuvo un carácter monoliberatorio, la del 4

de diciembre respondió a un cartel múltiple de reivindicaciones. Ha encarnado,

por primera vez en forma tan multitudinaria y expresiva, la protesta popular,

militante contra la depresión socioeconómica regional, la fuga del ahorro

interno y retornante a la inversión extrarregional, el subdesarrollo rural, el

infradesarrollo o el polidesarrollo industriales, la marginación secular de la

vertiente atlántica, del idioma propio en la vida y en la escuela gallegas de la

problemática de las pesquerías, las readaptaciones del caciquismo... contra la

desocupación resultante que genera pobreza interior y expulsión de las energías

humanas y naturales para crear trabajo y prosperidad en otras latitudes. Y

cuanto ha venido deteriorando la imagen del país como pueblo responsable y

libre.

El cuadro reivindicativo así esbozado puso su acento definitorio en las calles

el día 4 de Nadal. Más que complementaria, fue una jornada superadora, en

masividad, en definición y en expresividad de la del 15 de junio. Constituyó la

proclamación de la exigencia de redimir al país de las taras seculares, como

ligada medularmente a la conquista de la autonomía.

La diagonal azul en rectángulo blanco, ondeante sobre un millón de brazos, y

500.000 gargantas

monolingües, en aquella oportunidad ha construido algo único. Algo de energía

civil y semiología política, mucho más claro, palpitante y definitorio que

cuanto se ha logrado el 15 de junio. Ha erigido, aunque sólo fuese por horas, el

monumento vivo más dimensionado y elocuente que la resignada Galicia ha elevado

al aire de la libertad sobre sus propios pies.

Autenticidad "versus" simulación

Sin comenzar por reconocer a las premisas que acaban de perfilarse el peso

político y el calibre dialéctico que tienen, se corre un grave peligro: el de

conducir, aunque sea involuntariamente, el régimen preautonómico de Galicia, que

ahora sale del horno, hacia una nueva frustración.

Los motivos para la alarma no parecen banales. Pudieran arrancar del retraso en

la concesión y el recorte concedido. Del retraso, con relación al ritmo

acelerado que el mismo proceso revistió para Cataluña e incluso para el País

Vasco, y del recorte en las aspiraciones mínimas contenidas en la demanda

inicial, y a última hora nuevamente mediatizadas.

Dentro de la misma órbita se ha caído en una deplorable tentación. La de

sobrevalorar los resultados de las elecciones del 15 de junio y olvidar en

absoluto lo que han representado las manifestaciones del 4 de diciembre. Lo que

han representado en cuanto a superación del capillismo de partido, de apertura a

todas las fuerzas políticas y representaciones sociales, de consagración popular

de la unidad gallega, de condena al caciquismo endodictatorial vestido como

cordero democrático.

En contraste con la exigencia de consenso, que se impuso con tensión monocorde a

la Asamblea de Parlamentairos, en nombre de los reflejos externos de la

unanimidad, ahora se adopta distinta táctica. La de confeccionar el futuro

equipo dirigente a espaldas de la Asamblea, y ofrecerlo a ésta en día próximo

como un lo tomas o lo dejas, hoy de tan escasa ortodoxia. Ofrecérselo, además,

desde Madrid con el sello de superimposición más típico en las praxis del

centralismo sucursalista.

Después de los pasos dados, para completar la jugada y reverdecer su estilo,

sólo faltaría que de la noche a la mañana se reentronizara en la cabecera de la

Xunta a un «pura sangre» del viejo caciquismo crecido a la sombra de Meirás, y

apresuradamente regenerado. Galicia ha podido con mayores fraudes políticos, con

más toscas simulaciones y, tal vez, con peores adversidades... Ha podido, pero

antes de que los tiempos cambiaran.

 

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