Autor: Turrión de Eusebio, Manuel. 
   Sempre en Galiza     
 
 El País.    24/03/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

TRIBUNA LIBRE

Sempre en Galiza

MANUEL TURRION Diputado del PSOE por Madrid

Tres poderosos motivos me empujan a escribir estas líneas cuando acabo de saber

que, al fin, ya tienen preautonomía las que Castelao llamó «as tres

nacionalidades —Cataluña, Euskadi e Caliza—» («Sempre en Galiza», pág. 223). En

primer lugar, una fortísima e inolvidable ligazón une mi propia vida con

Galicia: mis dos últimos años de prisión franquista transcurrieron en la de

«Santa Isabel» de Santiago de Compostela y mi familia sabe bien hasta qué punto

si hoy sigo vivo lo debo a la ayuda generosa y arriesgada de los antifascistas

de la nación gallega.

En segundo lugar, porque, como parlamentario, tengo la directísima obligación de

atender y defender deseos e intereses gallegos. En efecto, soy diputado por

Madrid y eso significa que me han votado docenas de miles de gallegos. Téngase

en cuenta que en 1970 fueron censados en la provincia de Madrid casi 70.000

gallegos (más que los que tienen las capitales de Lugo o Pontevedra, o la propia

Santiago de Compostela).

En tercer lugar, porque es deber de todo afiliado al PSOE «acatar y defender

públicamente las resoluciones del Congreso Federal», órgano soberano del

partido; y el XXVII Congreso (diciembre de 1976) afirmó en su resolución

titulada «Nacionalidades», entre otras cosas, que: «El PSOE es plenamente

consciente de que el proceso revolucionario al que presta su concurso en el seno

del Estado español está íntimamente relacionado con la lucha por la conquista de

las libertades de los pueblos que lo componen...

La autonomía, en cuanto supone para el Partido Socialista un profundo incremento

del acervo cultural y material de los pueblos, continuará siendo firmemente

apoyada por éste en las diversas nacionalidades del Estado español... En esta

línez, el Partido Socialista propugnará el ejercicio libre del derecho a la

autodeterminación por la totalidad de las nacionalidades y regiones que

compondrán, en pie de igualdad, el Estedo federal que preconizamos...»

Sangría de hombres y mujeres

Todo eso es lo que me empuja a escribir estas líneas. Con inevitable tristeza.

Con la misma inevitable tristeza con la que cualquier gallego tiene que

contemplar la intolerable situación actual de Galicia. Porque es intolerable que

a muchos más de un millón de gallegos les haya llegado fuera de Galicia la

noticia de que el señor Suárez ha tenido a bien «conceder» esta cojituerta

preautonomía a su nación.

Porque la opresión capitalista que se ejerce sobre Galicia, explotándola, fuerza

a los gallegos a sufrir el látigo de la emigración para buscar en otras

provincias y naciones el trabajo que no encuentran en su tierra, pues no

emigran, como se quiere hacer creer, porque les empuje a ello su espíritu

aventurero, sino que abandonan el terruño por necesidad, pura y simplemente, en

busca de una situación económica que allí no les es posible lograr.

He recordado antes que en el censo de 1970 se contabilizaron en la provincia de

Madrid casi 70.000 gallegos. Pero es que en otras provincias españolas se censó

un cuarto de millón más; y hay que tener en cuenta el millón largo de gallegos

que están en ultramar, y otro cuarto de millón en Europa. Esta brutal sangría de

hombres y mujeres ha degradado de tal forma el equilibrio de edades de la

población gallega, que hace ya varios años que en las provincias de Lugo y

Orense se muere más gente que la que nace. Se trata de un genocidio, según

afirma un sociólogo, incruento pero tan eficaz a medio plazo como un genocidio

que usara la bomba atómica o las armas bacteriológicas. El resultado va a ser

(está ya siendo) el mismo: la despoblación, la desertización, etcétera. Quizá

así la televisión derechista pueda cantar alegremente a Galicia como la «reserva

europea de los lobos».

Sangría de recursos

La sangría de hombres y mujeres no es la única a la que el sistema capitalista

somete a Galicia. Con idéntica torpeza e indiferencia, típicas de los barberos

medievales, también sangra a Galicia apropiándose de su riqueza, de su plusvalía

y de su energía. Galicia consume menos de la mitad de la energía eléctrica que

produce sin que reciba ningún tipo de ventaja y entrega en sus puertos los

productos del mar a unos precios mínimos que son cien veces aumentados antes de

llegar al consumidor. Galicia ahorra, y mucho, pero sus ahorros, muchas veces

fruto de los envíos de los emigrantes amontonados a golpe de sacrificio, de

sudor, de lejanía y de. dolor, son «captados» por un sistema financiero sometido

al capitalismo foráneo y depredador que los saca fuera de Galicia para beneficio

de quienes no son gallegos. Galicia trabaja y crea plusvalías, pero el sistema

capitalista se las expropia. Legalmente, eso sí, a través de un robo

sistematizado que se disfraza con el eufemismo de «economía social de mercado».

Muchos campesinos gallegos no se habrán enterado de la noticia de la

preautonomía porque, a la sazón, andaban por los caminos y corredoiras luchando

en la «huelga de la leche», en un desesperado intento de denunciar cómo las

empresas capitalistas se apropian de la plusvalía que crean con sus vacas, sus

tierras y su trabajo excesivo y extenuante.

El desprecio del idioma

A esta «preautonomía» habría que llamarla cojituerta y malformada (un «mal

parit» dirían los catalanes) aunque sólo fuera por el ignorante desprecio que el

señor Suárez ha impuesto en ella al idioma gallego. El señor Suárez tiene una

ignorancia casi universal, que se hace universal sin casi cuando se trata del

tema de los idiomas peninsulares. Recuérdense sus donosas declaraciones a la

prensa extranjera sobre la incapacidad científica del idioma catalán. No es

extraño que haya aceptado y/o impuesto el desprecio al idioma gallego, pese a

que sus cuatro millones de hablantes (en la provincia de Pontevedra, por

ejemplo, lo habla el 95 %) le acerquen al número de hablantes del idioma danés,

por poner un ejemplo de idioma oficial europeo; o sea, 26 veces superior al de

los hablantes del islandés, que es otro idioma oficial europeo. Pese a que haya

demostraciones científicas de que tres de cada cuatro niños gallegos que no

alcanzan la titulación primaria son gallegoparlantes. O de que el 18 % de las

amas de casa pontevedresas gallegoparlantes son analfabetas, frente a sólo el 4

% de las castellanoparlantes, lo cual prueba que esos fracasos escolares se

deben a la salvajada pedagógica que supone intentar enseñar a leer y escribir a

alguien en un idioma que no entiende.

Está tristemente claro que estas tristezas que acompañan a la cojituerta

preautonomía de Galicia se deben achacar a que, para desgracia de Galicia, la ha

gestionado una mayoría de UCD y AP. Una mayoría con notorios antecedentes de

antigalleguidad. Por desgracia para Galicia, he dicho, que no por la voluntad

libre de los gallegos. Porque no se olvide que las elecciones del 15 de junio se

realizaron en Galicia, un país donde la inmensa mayoría vive en pequeños núcleos

que no rebasan los quinientos habitantes, bajo la férrea autoridad del aparato

intacto y prepotente de los caciques y alcaldes franquistas.

Pero aunque es deber de inesquivable realismo anotar las tristezas, no hay que

perder la esperanza. «Las cosas son como son... hasta que dejan de serlo», dice

nuestro cancionerillo. Ya están los permanentes e inalterables, por su propia

naturaleza, principios del movimiento en la misma cuneta que el Reich nazi de

los mil años. Otros obstáculos caerán también. Como afirmó el XXVII Congreso del

PSOE: «...La lucha por las libertades de las nacionalidades y regiones se

inserta dentro de nuestra política para la autogestión de la sociedad.» Sépanlo

Galicia y los gallegos, y luchemos por que así sea.

 

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