Estatutos de autonomía. 
 Considerar a Galicia como un partido, error político de UCD  :   
 Declaraciones de García Sabell, presidente de la Real Academica Gallega y ex senador real. 
 ABC.    29/11/1979.  Página: 11-12. Páginas: 2. Párrafos: 12. 

CONSIDERAR A GALICIA COMO UN PARTIDO, ERROR POLÍTICO DE UCD

Declaraciones de García Sabell, presidente de la Real Academia Gallega

y ex senador real

Santiago de Compostela, 28. (Servicio especial.) «Galicia no es un partido. No

haberlo tenido en cuenta ha sido el gran tropezón político de UCD en mi tierra.»

Con estas palabras don Domingo García Sabell, historiador, presidente de la Real

Academia Gallega y ex senador real, resume el malestar creado en la región,

tanto por la forma como por el fondo del Estatuto de autonomía aprobado

exclusivamente por los votos del partido en el Gobierno.

—Señor Gancia Sabell: la aprobación del Estatuto de Galicia ha provocado una

honda de descontento en su tierra. ¿Es que no le satisface a ustedes su

contenido y lo consideran rechazable?

—Esta pregunta tiene dos partes que es preciso deslindar cuidadosamente. Una, la

forma en la que el Estatuto fue sacado adelante. Otra, su propio contenido.

Respecto a la primera debo decirle que consistió en una dura imposición. Se

aplicó un criterio simplista: como la UCD había ganado las elecciones en

Galicia, era ella la que habría de decidir el contenido de nuestro Estatuto.

Evidentemente, las elecciones las ganaron los de UCD. Pero utilizando en su

campaña la defensa de los derechos autonómicos de Galicia. Incluso el presidente

del partido, don Adolfo Suárez, prometió que a Galicia le serían reconocidos los

mismos derechos autonómicos que a Cataluña y a Euzkadi. Promesas que no cumplió,

y de la que no debe serle grato acordarse, a juzgar por su relación, por ejemplo

con los alcaldes de siete ciudades gallegas a los que últimamente no recibió

pretextando tener su agenda excesivamente cargada. Conviene hacer constar que

los propios parlamentarios gallegos de UCD, salvo pocas, aunque notorias

excepciones, lucharon tenazmente a favor de una auténtica autonomía de Galicia

sin cortapisas discriminatorias, chocando con los,criterios desdeñosamente

restrictivos de la organización central. A ésta le mareó la soberbia del poder y

la supuesta debilidad del país gallego.

Al desdén se sumó la ignorancia. Todo esto es lo que nos ofendió gravemente. Y

nos sigue ofendiendo.

—¡Pero aun admitiendo lo que usted dice, ¿no es el Estatuto de Galicia tan

valedero como el vasco o el catalán?

—De ninguna manera. Y esto ya se refiere al contenido. Se intentó colar casi de

contrabando una modificación al artículo treinta y dos que bloqueaba

sustancialmente la Afectividad autonómica del Estatuto. Al final, y después de

muchos debates, terminaron imponiendo una disposición adicional que modifica

algo estas restricciones, pero que es innegablemente discriminatoria si lo

comparamos con los Estatutos catalán y vasco, en los que no figura. Si se trata

de un criterio razonablemente necesario, ¿por qué no se aplicó a los Estatutos

de las otras dos nacionalidades históricas? Y no se diga que la autonomía —esto

es, el autogobierno— es distinto en cada caso. La autonomía como derecho es la

misma para todos.

—¿Ve usted más defectos en el Estatuto de Galicia?

—Veo muchos. No es cosa ahora de analizarlos uno por uno. Tiempo habrá para

ello. Pero, de todas formas, voy a ofrecerle un ejemplo. En nuestro Estatuto se

impuso la cifra del tres por ciento del censo como límite necesario para tener

acceso al Parlamento. Esta cifra es desmesuradamente alta y mucho más para

Galicia, pues dado su acusado porcentaje de abstención se transforma

inmediatamente, y en la realidad, en un siete o un ocho por ciento de los

votantes. Esta norma excluye del Parlamento gallego a partidos políticos que en

Galicia tienen un evidente peso específico y, por tanto, derecho a participar en

el desarrollo autonómico, si en verdad estamos en una democracia. Semejante

imposición, que en nada beneficia al proceso político gallego, sólo puede

comprenderse desde el punto de vista de un afán de asegurar un monopolio

electoral por parte de UCD en Galicia.

—Vistas así las cosas y de cara al referéndum, ¿cuál va a ser su actitud?

—Como ya le dije al comienzo de nuestra charla, distingo dos aspectos diferentes

del problema. El de la despectiva y, por tanto, ofensiva actitud de UCD central

en el modo de tratar nuestro Estatuto, ha producido en Galicia un indignado

rechazo que yo comparto y cuyas posibles consecuencias son ciertamente

inquietantes. No lo olvidemos.

El segundo aspecto es el de las posibilidades reales que encierra el texto

estatutario. ¿Debemos aceptarlo? ¿Debemos rehusarlo? Esto da lugar a una

delicada situación política, sumamente compleja, en la que es menester sopesar

con mucho tino los pros y los contras de esas dos actitudes, y que no se nos

diga que los gallegos somos difíciles de entender, cuando no tenemos la más

mínima culpa en esta triste y disparatada situación. El pueblo gallego tiene que

plantearse el dilema de la aceptación o del rechazo, justo porque UCD antes no

quiso, con una ceguera increíble y terca, reconocer y respetar la realidad

auténtica en Galicia, que es, en definitiva, a la que el Estatuto debe servir.

Hay una imagen de Galicia, absolutamente fantasmal, disparatada y tópica. Hay

también una imagen irritantemente angosta y mezquina. Insisto una vez más:

Galicia no es responsable de que así se la deforme y se la infravalore. Galicia

no es un partido.

No haberlo tenido en cuenta ha sido el gran tropezón político de UCD en mi

tierra.

 

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