Autor: Conde, Perfecto. 
 Por las numerosas incorrecciones de la edición bilingüe. 
 Destacadas personalidades de la cultura, a favor de una nueva versión gallega de la Constitución     
 
   12/01/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 17. 

REGIONES

EL PAÍS, viernes 12 de enero de 1979

El texto bilingüe de la Constitución española, publicado y distribuido bajo

auspicios gubernamentales, constituye la mayor edición en gallego de todos los

tiempos, con una tirada superior al millón de ejemplares. Pero los errores

lingüísticos son tantos y de tal calibre que han dado pie a una pésima acogida a

esta edición en los medios culturales gallegos.

Ante el destrozo de la lengua de los cancioneiros en texto de tanta importancia,

la Junta de Galicia está buscando la fórmula de llevar a cabo una edición, con

carácter auténticamente oficial, en la que se subsanen todos los errores.

Perfecto Conde informa sobre el proceso de elaboración de la versión

gubernamental y da cuenta de una serie de irregularidades lingüísticas de bulto.

Por las numerosas incorrecciones de la edición bilingüe

Destacadas personalidades de la cultura, a favor de una nueva versión gallega de

la Constitución

Se ha dicho, sin que jamás fuera desmentido, que algún departamento o autoridad

gubernativa encargó la traducción al ex senador coruñés Manuel Iglesias Corral,

presidente de la Academia Gallega de Jurisprudencia y Legislación.

EL PAÍS quiso conocer este particular del propio interesado. Contestó

inicialmente que «alguien de la Administración hizo el encargo a un miembro de

la Academia», y que éste, «con el debido asesoramiento y formación lingüística,

ya que se trata de un poeta y literato, realizó una versión que luego resultó

modificada en algunas partes en Madrid». El señor Iglesias Corral negó que él

haya tenido nada que ver personalmente con la traducción, aunque sólo cinco

minutos más tarde telefonearía a la redacción de EL PAÍS para declarar que

asumía toda la responsabilidad de la versión al gallego del texto

constitucional.

No quiso, por otra parte, dar a conocer el miembro académico al que hizo

referencia, ni explicar cuáles fueron los asesoramientos buscados.

De entrada, resultó ya sorprendente en Galicia que se hiciera el encargo a

Iglesias Corral, ilustre especialista en cuestiones jurídicas, pero no tanto, al

menos que se sepa, en materia lingüística del gallego. Como sorprendió también

que no interviniera para nada en este asunto la Junta de Galicia, que tiene,

precisamente, una consejería de Cultura al frente de la cual está el numerario

de la Real Academia Gallega. Marino Dónega. Igualmente extraño podría ser el

hecho de que no se hubiera elegido para este fin a uno de los cultivadores más

asiduos de la lengua gallega en el que se dan las circunstancias de ser

presidente de la recién citada Academia y senador real.

El caso es que en Madrid se imprime una edición bilingüe de la Constitución, más

de un millón de ejemplares, la mayor edición en gallego de todos los tiempos,

que se distribuye por correo algunas jornadas antes del 6 de diciembre. Y surge

la sorpresa. Una lectura simplemente realizada con ojos de iniciación en

cuestiones idiomáticas del gallego deja atónito a quien abre las páginas del

folleto oficial. Es difícil imaginar que puedan acumularse tantos errores en el

espacio aproximado de unas 17.000 palabras que contiene la Constitución vertida

al gallego.

Sin criterio coherente

EL PAÍS, con la ayuda especializada de varios lingüistas, contabilizó algunos de

estos errores, cuya simple relación explicativa ocuparía pocas menos páginas que

el texto traducido. Entre las deficiencias más importantes, destaca la absoluta

falta de un criterio lingüístico coherente. Las contradicciones halladas en este

sentido son enormes (pro, prá, en algunos lugares; pra o para as, en otros; uso

indistinto de las formas ao, ó, el, il; factura de plurales con terminaciones

diferentes: oficiáis, españoles, civis, civiles, etcétera).

Igual incoherencia se mantiene en el uso de grupos cultos, lo que ha llevado a

los traductores a usar las palabras público, publicación, publicidade casi al

lado de otras como estabrecidos, doble, etcétera. Se utilizan palabras a las que

se les hace seguir falsas evoluciones a través de leyes fonéticas que les son

desconocidas por su carácter de palabras cultas. El resultado, buscando

seguramente la separación forzada del castellano, es una lengua inventada y

artificial, que presenta el uso indiferenciado de términos como ordeamento u

ordenamento, orgaización y organización, etcétera.

Entre las contradicciones, destaca también el uso de vulgarismos (adequirir por

adquirir, antre por entre, axuntarse por xuntarse, custión por cuestión, cencía

por ciencia, leises por leis, etcétera), arcaísmos y falsas formaciones sobre

ellos (tiduo, outo, padroazgo, creta, estinxidas, etcétera) o diferencialismos

gráficos como igoaldado, igoais, etcétera.

El uso abundante e inexplicable de castellanismos y la total ausencia de todo

tipo de estructura típicamente gallega raya ya en el atrevimiento de la

ignorancia más absoluta de los esfuerzos normativizadores emprendidos por los

organismos competentes como son el Instituto de Lingua Galega, la Real Academia

Gallega o la Cátedra de Gallego de la Universidad de Santiago. Sólo siendo así

se admite el uso de xuventude por mocedade, desempleo por desemprego, xunio

(junio) por xuño, etcétera.

Especialmente grave es el empleo de castellanismos morfosintácticos muy

especialmente reiterados y de los cuales son graves ejemplos las traducciones de

las formas compuestas castellanas sin respetar las normas gallegas (haxan tido,

houbese expirado, haxa sido esgotado) o la no traducción del futuro de

subjuntivo castellano en presente del mismo modo gallego (cando se remitirán).

Extraño color de la enseña nacional

En el límite de lo chusco o del intento desestabilizador está la traducción del

artículo que hace referencia a la bandera de España. Se dice en ella que es

roxa, amarela e roxa. Resulta que roxo, en gallego, no significa rojo sino

rubio, pardo. Bermello era la palabra o rubio que precisamente en gallego tiene

significado propio de rojo. En un momento se dice que os mestres, os país e, no

seu caso, os escolantes intervirán no control. Alguien quiso huir del castellano

y rechazó la palabra escolares que era lo que tenía que haber dicho porque

escolantes es lo mismo qué maestros y eso ya se expresaba al comienzo de la

frase. Más curiosa todavía es la expresión de que o Gobernó deberá presentar...

os presupostos... ao menos tres meses antes da expiración dos do ano derradeiro.

Curioso lapsus del traductor: derradeiro no es sólo útimo, sino el último de

todos, con lo cual si alguien reclama y el futuro Tribunal de Garantías

Constitucionales se atiene al texto gallego va a resultar que Galicia habrá de

esperar a que se conozca la fecha del juicio final para obtener presupuestos.

Todo esto es solamente una muestra.

No es de extrañar, por tanto, las protestas cualificadas. «Que la traducción

gallega de la Constitución contiene errores es un hecho comprobado por cuantos

la leyeron y parece natural que se señale por su indudable importancia. Pero no

es menos importante ni menos lamentable la anomalía cometida por el Gobierno al

prescindir de los cauces normales, que debería ser el primero en respetar, para

la tramitación del encargo de traducción.» Esta es la respuesta que dio a EL

PAÍS Ramón Piñeiro, filólogo y

miembro de la Real Academia Gallega.

Desconocimiento del estado actual del gallego

«Resulta chocante que los autores de esta traducción —contestó Constantino

García, catedrático de la Universidad de Santiago y director del Instituto de

Lingua Galega— desconozcan la realidad actual de la lengua gallega moderna y nos

den un texto lleno de vulgarismos e hipergalleguismos pasados de moda, de

arcaísmos que intentaron introducir los escritores finiseculares pero que no

llegaron a triunfar, de lusismos y castellanismos innecesarios, etcétera, amén

de ciertas incorrecciones gramaticales.»

«Es evidente que el texto gallego de la Constitución revela desconocimiento del

estado actual de la lengua escrita —opinó para EL PAÍS Ricardo Carballo Calero,

académico, escritor y catedrático de Lengua Gallega de la Universidad de

Santiago—. No parece que la importante misión de traducir a nuestro idioma

aquella ley fundamental haya sido tomada en serio por sus ejecutores o sus

comitentes. Unos y otros, o unos u otros, imaginan que con el idioma puede

cualquiera hacer combinaciones gratuitas. Estas personas ignoran los esfuerzos

de clarificación de la lengua que han sido realizados en los últimos años, y que

no puede desconocer nadie que quiera escribir en gallego. Arcaísmos hace tiempo

desechados, hipercasticismos corregidos definitivamente, vulgarismos

generalmente proscritos, giros sintácticos espúreos e incoherencia superlativa

en las soluciones a los problemas existentes, restan toda autoridad a este texto

increíble. Así destrozábamos el idioma en nuestra juventud; pero desde entonces

gracias a estudios muy rigurosos y a abnegados esfuerzos de meritorios

investigadores, hemos aprendido algo. Pero nr todos. Y fue entre estos último,

donde depositaron su confianza la autoridades responsables. Difícil mente

hubieran podido hacerli peor.»

No es muy diferente la opinió de Marino Dónega, consejero d Cultura de la Junta

de Galicia académico. «No es tan catastrófe como se dice a veces, pero incun

indudablemente en errores muy graves.» Al presidente Rosón le d jo, por carta,

el secretario general técnico de la Presidencia del Gobierno que todo había sido

producto de la «falta del debido sosigo» que impuso la premura tiempo.

 

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