Autor: Dávila, Carlos. 
 UCD está cayendo en la tentación de restar importancia a la derrota. 
 Todo es diferente después de Galicia     
 
 ABC.    25/10/1981.  Páginas: 2. Párrafos: 16. 

UCD está cayendo en la tentación de restar importancia a la derrota

Todo es diferente después de Galicia

Por Carlos DAVILA

«Agustín, te he dicho que es la última vez.» Con esta frase Leopoldo Calvo-

Sotelo condenaba definitivamente a Fernando Castedo. Era ya la noche prelectoral

de Galicia y Rodríguez Sahagún, que había recorrido, pueblo a pueblo, toda una

franja costera, cargaba sobre las dobladas espaldas del director general del

ente público toda la responsabilidad de unas declaraciones de Felipe González,

en las que el líder socialista aprovechaba el triunfo del PASOK —luego veremos

que el PSOE no está tan feliz—, y echaba su cuarto a espaldas, fuera de hora, a

favor de los socialistas gallegos. Aquella noche cayó Castedo.

Los ejecutivos centristas, apenas conocidas las cifras del desastre, abandonaron

Galicia casi de noche: en el primer avión. En el mismo en que Fraga, vestido de

montero, trataba de dormitar en turista con un pañuelo sobre los ojos. En el

análisis precipitado de estos hombres, una sola frase: «Esto ya no se sostiene.»

Cuatro días después del fracaso, sin embargo, ha vuelto una calma chicha y se

está cayendo paulatinamente en la tentación de restar importancia a la enorme

derrota gallega. Entre Rodríguez Sahagún y Meilán han logrado encubrir las

primeras iras y el cese de Castedo, precipitado, como digo, en la noche del día

19, ha encubierto la sensación de desmoronamiento colectivo que existía en el

partido sólo hace unas fechas. Ahora, irresponsablemente, se piensa que todo

puede mejorarse, que las causas del gran desastre son únicamente periféricas,

que la terapéutica no debe ser tan agresiva.

TODOS APUESTAN POR EL CAMBIO

En la Moncloa bastante tienen con ocuparse del PSOE, el gran partido de la

oposición con el que se está a punto de cortar toda relación. La tirantez ya es

insoportable y las declaraciones aberrantes de ese histrión a caballo entre el

esperpento y la bufonada que se llama Alfonso Guerra han complicado

decisivamente la situación. El afán de Calvo-Sotelo es ahora la OTAN, un

ejercicio parlamentario que no parece tan fácil de resolver. Los socialistas,

crecidos, van a arremeter con extrema violencia contra la oportunidad de

entrada. Pero el PSOE no debía hacerlo. Su campaña anti-ingreso es un modelo de

propósito realizado a la fuerza, que muchas gentes, algunas con el paso

prohibido en el Congreso de las raíces, han criticado con fuerza.

En la Ponencia internacional de esta asamblea «marxista-leninista», como la

denominaba un socialdemócrata que denunciaba así el tufo clamoroso de la

reunión, sólo la Agrupación de Camp de Turia se atreve a mencionar de pasada, y

sin convicción alguna, las siglas de OTAN.

¿Qué ha quedado tras Galicia? Sobre todo, un interés general en apostar por el

cambio. Por el cambio han ganado —dicen— los vencedores; por el cambio jugaron

los socialistas y están dispuestos a seguir haciéndolo, y al cambio se apuntarán

el partido del Gobierno si no quiere disolverse en el estruendo de un caos

electoral en 1983. Es ÜCD un partido «sui generis» nacido al calor del reparto

del Poder, un Poder que, cada día parece más lejano. ÜCD tiene una estructura

caciquil que ya no se puede mantener.

El ejemplo más claro ha sido Galicia, tierra ésta donde en 1979 la llamada al

voto útil fue definitiva para el triunfo centrista. Hoy el gallego de ciudad, y

en menor medida el paisano pueblerino (transportado, recuérdese, en volandas a

las urnas), ha reaccionado precisamente contra el voto útil y ha sido un aviso

de inapreciable valor. Jorge Verstringe, uno de los promotores del nuevo estilo

aliancista

enfrentado al que en 1977 le prestaron los santones provenientes de la

Dictadura, decía con toda la razón: «Ha muerto el voto útil y nosotros nos hemos

beneficiado de su desaparición.»

EL AVISO DE LOS EMPRESARIOS

Con la utilidad se ha acabado, quizá para siempre, el miedo. UCD debe estar al

tanto de esta fuga. El partido tiene en los próximos días que afrontar unido

como sea, incluidas suturas imperfectas de urgencia, el debate OTAN, porque el

ingreso de España en la Organización es un servicio histórico que justificaría,

en buena parte, el dilatado Gobierno centrista. Pero después no puede aplazarse

un día la resolución de la crisis interna. En diciembre cambiará el portavoz

parlamentario y, a partir de entonces, un candidato que se pretende salga por

consenso, Iñigo Cavero, se sentará en el primer banco de! partido. La salida de

Cavero del Ministerio de Cultura propiciará la recomposición gubernamental. Pero

no habrá crisis inmediata. La doctrina de la Moncloa es: «Antes retoques que

crisis».

Calvo-Sotelo está dispuesto a gobernar hasta marzo del 83. «¡Ay, si pudiera ser

mayo!», decía el jueves un centrista con la mayor estabilidad posible. En el

sencillo esquema del presidente, únicamente hay una decisión definitiva: una

sola crisis antes de las elecciones. La crisis, además, será suya, única y

exclusivamente. Por más que se diga, la intención del presidente en el famoso

debate de la colza fue estrictamente la que se reflejó en sus palabras: «No

estoy dispuesto a que nadie me haga la crisis.» Y ahora menos que nunca. ¿Quién

puede imponer condiciones en UCD a Calvo-Sotelo? La sola pregunta resulta

chusca.

El presidente, sin embargo, conoce la posibilidad de moverse con soltura en las

actuales estructuras; por eso, a mi juicio, está dispuesto a patrocinar la idea

de un Congreso extraordinario, allá por abril, cuando las aguas de los juicios

contra los golpistas hayan podido serenarse. La apuesta de Calvo-Sotelo choca de

nuevo frontalmente contra los suaristas y el «aparato». Pero ahora éstos, unos y

otros, tienen menos fuerza.

La clave radica en quien posee la llave de la intendencia. Calvo-Sotelo no las

tiene todas consigo. Los dineros electorales de los grandes Bancos se van a

canalizar la próxima vez por las arcas de los empresarios. La CEOE, en

definitiva, es dueña y señora del porvenir económico de los comicios venideros.

Las relaciones entre el Ejecutivo y la gran patronal funcionan en estos

momentos, sincopadamente y con grandes dificultades, entre recelos mutuos,

incomprensiones y algún que otro gesto impertinente por parte de los

empresarios.

La CEOE ha llevado a Fraga al triunfo gallego. Las cuentas de esta victoria son

bastante más amplias que las confesadas a media voz por los acólitos de Fraga.

La CEOE ha patrocinado una campaña brillante y generosa de Alianza y ha

escatimado apoyos económicos a UCD. Este ha sido su gran aviso. Pero los

empresarios metidos en política pueden equivocarse y patinar espectacularmente

en sucesivas convocatorias. También ellos se han decidido y han sentenciado el

futuro: gran derecha para todos e imposición de nombres en las candidaturas

resultantes. Una jugada de riesgo que no todos los partidos están dispuestos a

soportar. Ni siquiera Alianza Popular.

El congreso se aburrio

El PSOE se limitará a denunciar esta operación. No puede hacer otra cosa. De su

Congreso vigésimo noveno va a salir un Partido Socialista deteriorado en su

imagen democrática. El experto del grupo de los poderosos, el que ahora se

encargará precisamente de la Imagen, Guillermo Galeote, tendrá que convencer —y

él nunca pretende tamaña labor— de que las unanimidades encendidas pueden

expenderse como «serenidades democráticas». Ha sido éste el Congreso del

aburrimiento y de laminación de los disidentes.

Lo de menos es que el reducto testimonial e izquierdista que patrocinan

Castellanos y Gómez Llórente se hayan quedado en casa; lo demás es que, salvo el

«aparato», no ha ganado nadie. Pero casi todos han transigido, como lo ha hecho

el abanderado de la socialdemocracia, Luis Solana, que confesaba ciento

cincuenta voluntades en la sala de Plenos, que leyó entre risas impacientes su

enmienda a favor de la televisión privada y que, al final, ha tenido que pactar

con los socialcristianos de Barón, Pons y Peces Barba —otro de los que no

aguantan un solo instante más a Alfonso Guerra— y con los representantes de la

escuela sevillana del PSOE, que se ha hecho definitivamente con el Poder.

Un Poder que ha exagerado su control en la preparación del Congreso. «Esta es

una reunión de ingenieros de Caminos, pero de ingenieros mudos», decía un

diputado socialista y su frase estaba llena de razón para definir la actitud de

los compromisarios en busca permanente de la moderación y atentos sólo a no

disgustar demasiado a los grandes prebostes de la Ejecutiva. Felipe González,

acusado en Galicia de «pasar por las elecciones sin romperse ni mancharse», no

está contento del Congreso, como tampoco lo está de la marea que se le viene

encima tras el triunfo del PASOK griego. Es éste un partido radicalizado en

extremo, con Papandreu al borde siempre del alegato tercermundista, que poco

tiene que ver con la organización pretendidamente moderada que están

construyendo entre Felipe y Alfonso Guerra. Por eso, la doctrina fundamental del

PSOE con relación a Grecia viene a ser ésta: «Nos alegramos, pero nuestras

diferencias son muchas.» Entre ellas, desde luego, la propia personalidad de los

dirigentes: la capacidad política y técnica de Papandreu ha sido puesta en tela

de juicio; la de Felipe nadie la discute. Un abismo de competencia parece

separar a los dos líderes.

LA BORRACHERA DEL PODER

El PSOE no es el PASOK, y ello se debe, en buena medida, y es justo decirlo, a

Alfonso Guerra, el gran estratega del cambio interno. Cuando los felipistas

llegaron a la cúspide recogieron un partido agitado, convulso y doctrinario, con

nula presencia en el interior. Sus bases estaban fuera de España. Era un partido

republicano, federal y marxista que ni siquiera se planteaba la posibilidad de

poner en solfa sus principios fundacionales.

De aquel partido no ha quedado nada: el PSOE tiene hoy otros objetivos, como son

la democratización del Estado, la defensa de las libertades, la modernización de

la sociedad y la superación de la crisis económica, que le impiden apoyarse en

un modelo de organización horizontal donde cada agrupación, como sucedía antes,

campaba —¡y cómo lo hacía!— por sus respetos. Esta es la gran contribución de

los ejecutivos y ha sido también su gran riesgo porque se han emborrachado de

Poder.

Y han conseguido la paz, la paz artificial que en nada beneficia. Felipe ha

tenido que entrar, a toda prisa, e intervenir para agitar el cotarro de las

disidencias. Ha sido el único, por lo visto, que ha oteado con fijeza el

panorama y ha entrevisto las previsibles consecuencias de tal serenidad. La

ocultación de las diferencias, la expulsión de cualquier militante relacionado

con oscuros asuntos de corrupción y la negación sistemática a toda crítica

venida del exterior han sido graves defectos que han maleado toda la frenética

campaña socialista a la caza de una buena imagen.

La última actuación del partido y la persona e intransferible de Guerra en el

cese de Castedo han sido un ejemplo claro de cómo no se deben hacer las cosas,

de cómo amargar con supuestas cartas y velados pactos, ya no son intervenciones

de recibo en un sistema democrático, un sistema que se basa no en el consenso,

sino en la responsabilidad del Ejecutivo, que ganó las elecciones, para gobernar

a todo riesgo.

LA PRIMERA VICTORIA DE FRAGA

Esta semana, la NATO. Los papeles están repartidos, pero se han modificado

sustancialmente, las condiciones de los lectores. Por lo pronto, las de Fraga.

El líder de Alianza Popular pondrá cada día mayor precio a sus apoyos y ésta de

la OTAN será la primera piedra de toque para conocer cuál es el nuevo estado de

las relaciones AP-UCD y, sobre todo, entre Fraga y el Gobierno. Lo más posible

es que Manuel Fraga quiera gobernar conjuntamente con UCD en Galicia, porque un

ejecutivo bicolor de esta índole ha sido siempre su pregón político más querido.

En UCD hay reticencias de todos los colores a compartir mesa y mantel con

Alianza Popular, un partido que es, ahora mismo, el escogido, no el llamado.

La única frase brillante de Calvo-Sotelo en el frustrado mitin de Lugo: «Estáte

ahí, que ya te llamaré» se recuerda estos días con especial intención, y es que

Fraga tardó sólo unas horas en hablar la tarde del miércoles con La Moncloa. De

lo que se habló, sólo se conocen detalles marginales; puede preverse, sin

embargo, que Calvo-Sotelo, a falta de la decisión de su partido, comprometió su

apoyo personal a las ideas de Fraga sobre un Gobierno bipartito. Es éste un

Fraga distinto, exultante y arrolla-dor que ha ganado por primera vez; es un

Fraga que ha demostrado con su propio ejemplo que en política nadie está perdido

definitivamente. Aunque él haya tardado mucho en ganar y su victoria soto haya

sido parcial. Una victoria, por ahora, únicamente gallega.

 

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