El PSOE y la autonomía gallega     
 
 El País.    12/08/1980.  Página: 8. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

OPINIÓN

EL PAÍS, martes 12 de agosto de 1980

EL PAÍS

El PSOE y la autonomía gallega

EL CONGRESO extraordinario del Partido Socialista de Galicia (PSOE), que

concluyó el pasado domingo, había sido convocado para elegir una nueva comisión

ejecutiva y para discutir y aprobar una ponencia política centrada en la

estrategia respecto al Estatuto de Galicia.

Sólo una lista de candidatos a la comisión ejecutiva fue sometida a votación de

los delegados. Pero esa carrera en solitario de la candidatura triunfadora,

encabezada por Francisco Vázquez como secretario general, no fue resultado de

negociaciones previas para lograr una síntesis de las tendencias existentes

dentro de la organización, sino la consecuencia de la decisión adoptada por sus

adversarios de no participar en una competición que consideraban de antemano

perdida. El claro predominio en la comisión ejecutiva de la corriente

nacionalista, aplicando el adjetivo con todas las cautelas y reservas a las que

obligan la propia ambigüedad del término y la existencia de grupos galleguistas

de izquierda e incluso independentistas al margen del PSOE, puede crear roces

con el Comité Nacional de Galicia, en el que los recién elegidos no tienen

mayoría.

En cualquier caso, el congreso extraordinario de los socialistas gallegos parece

confirmar, pocas semanas después del celebrado por los socialistas catalanes, la

tendencia a la centrifugación del principal partido de la oposición

parlamentaria, que se distancia progresivamente de sus tradiciones históricas

como partido centralizado y unitario. Un líder del sector crítico ha bautizado,

bastante cruelmente, esta transformación como el tránsito del centralismo

burocrático al policentrismo caciquil. Sin embargo, esa mutación histórica —

nadie puede negar seriamente que se ha producido realmente— no tiene por qué ser

negativa si los socialistas extraen hasta sus últimas consecuencias la lección

de esas experiencias.

Por lo demás, no sólo el PSOE se halla sometido a esas tensiones. Así, el

próximo congreso de los comunistas catalanes es contemplado con recelo e

inquietud por las esferas dirigentes del PCE, demasiado acostumbradas hasta

ahora a considerar que la autonomía era buena para el país, pero no tan buena

para su propia organización. Y el abandono por Clavero de las filas de UCD

enseña, en el campo del centrismo, que si un partido tira demasiado de la cuerda

centralista ésta termina por romperse y por dejar libres a los notables locales

para la eventual fundación de grupos nacionalistas o regionalistas.

Socialistas, centristas y comunistas se enfrentan, en última instancia, con un

mismo problema que, de no ser resuelto, puede conducirles a una irremediable

decadencia. Los intentos de controlar desde las oficinas centrales, de manera

rígida y con criterios administrativos y jerárquicos, a las organizaciones

periféricas están destinados a vaciarlas de vida y de militancia, a

transformarlas en simples agencias electorales y a tentar a los líderes locales,

desplazados o arrinconados, con el proyecto de abrir tienda propia. Frente a

este peligro de unas siglas que se limiten a recubrir un aparato administrativo

gobernado desde el centro y sin auténtico arraigo en la sociedad se levanta la

amenaza opuesta de un partido formalmente unitario, pero desprovisto de una

voluntad política coherente y gobernado en cada comunidad autónoma o provincia

por los notables locales, sin tener en cuenta más intereses que los suyos

propios. Tan sólo la articulación del momento de la representatividad social y

territorial con el momento de la elaboración de programas globalmente aplicables

a la vida española en su conjunto podrá sacar a centristas, socialistas y

comunistas de la necesidad de tener que elegir entre dos males.

El resultado del congreso de los socialistas gallegos confirma, por lo demás,

que la ausencia de una voluntad política coherente en el primer partido de la

oposición y la insurgencia de los líderes gallegos frente a las directrices de

la ejecutiva estatal fueron la causa de las inconsecuencias del PSOE en el

debate del Estatuto de Galicia en el pasado diciembre. En apariencia, el casus

belli que justificó la ruptura por los socialistas del acuerdo anteriormente

alcanzado con los centristas fue la disposición transitoria tercera del

Estatuto, que confía la delimitación de competencias a la Cortes Generales en

vez de a la comisión mixta.

La desconcertante desconfianza de los socialistas, que forman el segundo grupo

parlamentario, en la capacidad de las Cortes Generales para realizar con rapidez

y equidad la asignación de competencias mediante leyes resultaba tanto más

sorprendente cuanto que el mecanismo alternativo consistiría, en su casi

exclusiva negociación, a menos que el paisaje electoral gallego fuera sacudido

por un terremoto, entre el Gobierno de UCD y la Junta gallega de UCD. En efecto,

en los comicios de marzo de 1979, UCD barrió en las elecciones al Senado (doce

escaños sobre dieciséis) y ganó holgadamente las destinadas al Congreso

(diecisiete diputados frente a seis socialistas y cuatro de Coalición

Democrática). Si las tendencias electorales no fueran drásticamente alteradas en

el futuro, es evidente que las negociaciones entre el Gobierno y la Junta

serian, o bien un simple ejercicio de ventriloquia del palacio de la Moncloa, o

bien una pugna de intereses entre los líderes nacionales y los notables gallegos

de UCD.

En cualquier caso, y con independencia de las razones que llevaron al PSOE a

encampanarse frente al Estatuto de Galicia como consecuencia de la insurrección

de buena parte de los socialistas gallegos frente a la comisión ejecutiva

nacional, lo cierto es que la ponencia política aprobada por el Congreso

extraordinario dosifica el aceite y el vinagre respecto al referéndum popular

que debe aprobarlo o rechazarlo. Aun reafirmando su rechazo del texto aprobado

por las Cortes, la resolución de los socialistas gallegos abre algunas

perspectivas razonables para negociar con UCD un cambio de postura. Pero ya

habrá tiempo de analizar ese tema, que se inscribe en el marco más general de la

estrategia del PSOE para los próximos meses y de su pugna con Adolfo Suárez.

Como se sabe, los referendos acogidos al artículo 15 i y a la disposición

transitoria segunda no precisan otra mayoría que la de los votos emitidos, de

forma tal que el Estatuto podría ser legamente aprobado aunque la abstención

fuera escandalosa. Sin contar con que una mayoría de votos negativos bloquearía

al Estatuto para largo tiempo, la decisión del PSOE de lanzarse a la campaña del

no sería, a medio y largo plazo, peligrosa para sus intereses políticos, ya que,

presumiblemente, no conseguiría más que abonar el campo del nacionalismo gallego

para que otros grupos radicales a su izquierda recogieran los frutos. El País

Vasco y Cataluña han enseñado ya que con el nacionalismo no se juega y que los

aprendices de brujo que, en la izquierda, piensan que pueden dominarlo terminan

anegados por las aguas de la tormenta que han provocado. Lo que el futuro

reserva al PSOE en Andalucía y en Galicia depende, en gran parte, de que los

socialistas no caigan en la tentación de abandonar su rígido y criticable

centralismo para transformarse en abanderado de un nacionalismo emocional, del

que otros serán los principales beneficiarios.

 

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