Franco preside, en El Escorial, el capítulo de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo     
 
 ABC.    14/04/1961.  Página: 33-35. Páginas: 3. Párrafos: 43. 

ABC. V 1 E R N E S 14 D E ABR I L DE 1961. EDICIÓN DE LA MAÑANA. PAG. 33

FRANCO PRESIDE, EN EL ESCORIAL, EL CAPITULO DE LA REAL Y MILITAR ORDEN DE

SAN HERMENEGILDO

"Si al Ejército se le encomienda el ser depositario fiel de las esencias de la Patria, tiene que cuidar como

su más estimada joya el honor y los altos valores espirituales", dijo el Jefe del Estado

A LA MISA OFICIADA EN LA BASÍLICA ASISTIERON, CON VARIOS MINISTROS,

REPRESENTACIONES DE OTRAS ORDENES MILITARES Y DIVERSAS PERSONALIDADES

En la reunión del Capítulo de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo, celebrado ayer por la mañana

en San Lorenzo de El Escorial, Su Excelencia el Jefe del Estado pronunció el siguiente discurso:

Señores generales, jefes y oficiales, caballeros de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo:

En la exposición que el gran canciller de nuestra Orden ha hecho de la historia y trascendencia de la

misma, ha centrado perfectamente la importancia que ha tenido para estimular la constancia y las virtudes

en nuestros Ejércitos. Entre las Ordenes Militares de nuestra nación ninguna conserva tan clara y lozana

su actividad como la de San Hermenegildo, cuyo Capítulo se ha reunido hoy en este Monasterio de El

Escorial con la solemnidad que estas reuniones extraordinarias han revestido siempre en las contadas

ocasiones en que el Capitulo se reunió bajo la presidencia del Jefe del Estado, a todos los efectos su

Soberano.

Si se examinan los momentos en que esta Orden fue creada, inmediatos a nuestra guerra de la

Independencia, se comprende la necesidad sentida, a raíz de aquellos acontecimientos que conmovieron

las entrañas de la Patria, de cuidar de los altos valores del espíritu y estimular la cohesión, la unidad y la

disciplina de sus Ejércitos, evidentemente alteradas como consecuencia de las vicisitudes porque tuvieron

que pasar.

No podía haberse buscado advocación más apropiada que la de colocarla bajo el nombre de aquel santo

mártir, príncipe español, cuya fe, lealtad y constancia no fueron jamás en la historia superadas. Su

renuncia al reinado y a la gloria, y su entrega voluntaria al verdugo antes que renunciar a su fe, había

necesariamente de producir grandes frutos. Así fue la conversión al catolicismo del Bey, su padre, y la

subsiguiente de toda España bajo el reinado de Recaredo, que vino a constituir el hito más importante en

la vida de nuestra nación.

Aspiraba nuestra Orden, siguiendo tan alto ejemplo, a lograr un mejor cuidado del honor y de las altas

virtudes militares, constituyendo un preciado galardón otorgado a la constancia en el servicio sin mácula.

El imprimir al militar el cuidarse de mantener siempre limpia su hoja de servicios; el evitar, por todo los

medios, echarla una mancha que no pueda lavarse, y el sujetarse anualmente al juicio formal de sus

superiores, ha sido el norte durante siglo y medio de toda la vida militar de los cuadros de mando del

Ejército, bajo la custodia fiel del Capítulo de la Orden, presididos por su gran canciller, cuyo cargo va

unido al del general presidente del más alto Tribunal de justicia militar de la nación.

Pese a la rigidez y exigencia de su Reglamento, la Orden de San Hermenegildo imperó sin interrupción al

correr de su siglo y medio de existencia, ejerciendo su acción beneficiosa en todas las grandes crisis de

nuestra Patria. ¿Cuántos desde su nacimiento prefirieron, como su Patrono, la muerte al deshonor? Bien

recientes están los casos gloriosos de tantos compañeros que durante nuestra Guerra de Liberación

escogieron la muerte a servir con las armas en el ejército rojo, contra el interés supremo de la Patria.

¡Cuánta constancia y renuncias gloriosas!

Hay que vivirla para comprender la cantidad de mortificaciones y renuncias que entraña la vida militar: la

subordinación sin réplica ni vacilación a los mandatos del superior, el sacrificar siempre vida y familia a

lo que el deber nos marca, ¡ Y qué fácilmente se puede caer en la censura, perdiendo para toda la vida

este bello y honroso galardón!

La Orden es tan seria y se hila en ella tan delgado que recuerdo siempre la impresión que me causó en la

juventud, siendo yo comandante, el conocer que uno de nuestros más distinguidos y preclaros generales

de la guerra de África, que iba, a ser destinado de presidente al Consejo Supremo de Guerra y Marina, no

lo fue porque muchos años antes le había sido negada la Cruz de San Hermenegildo. Aquel dignísimo

general tuvo que pasar por el dolor de presentarse al ministro y rogarle no le hiciese al final de su vida

pasar por la mortificación de tener que encargar a otro teniente general subordinado el ejercer la gran

Cancillería de la Orden por no poder él desempeñarla.

Si en todos los tiempos la Orden de San Hermenegildo tuvo una acción beneficiosa sobre los cuadros de

jefes y oficiales, resistiendo a todos los vendavales que la Patria sufrió, en los tiempos que vivimos

alcanza una importancia todavía mayor ante la invasión materialista y la honda crisis en el mundo de los

valores del espíritu.

Si al Ejército se le encomienda el ser depositario fiel de las esencias de la Patria, tiene que cuidar como su

más estimada joya el honor y esos altos valores espirituales. La afirmación de este vigor, fortaleza y

cuidado de nuestras virtudes es la alta significación del acto a que asistimos.

Queda clausurado el capítulo de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo.

RECIBIMIENTO AL GENERALISIMO EN LA LONJA

Su Excelencia el Jefe del Estado y Soberano de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo presidió

ayer en el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial la reunión del Capítulo de la misma, que

desde hace cuarenta años no se celebraba. A las once llegaba a la Lonja el Caudillo, que vestía

uniforme de capitán general y sobre su pecho, prendía la Laureada de San Fernando y la Gran Cruz de

San Hermenegildo. En otros coches llegaron los jefes de sus Casas Militar y Civil, segundos jefes y

ayudantes de Servicio.

A las diez y media hizo su entrada en la Lonja el Estandarte, que era portado por caballeros capitulares,

abanderado de la Orden y laureado de San Fernando, teniente coronel D. Esteban Ascensión,

perteneciente al Ejército de Tierra. Daban guardia al mismo dos jefes, uno del Ejército de Mar y otro del

de Tierra, caballeros capitulares, situados a la derecha e izquierda del Estandarte. Siguiendo a éste

marchaba el gran canciller de la Orden con sus ayudantes, y rindió honores de arma presentada, mientras

sonaba el Himno Nacional, una compañía del batallón del Ministerio del Ejército, con escuadra de

gastadores, banda y música. Seguidamente, el Estandarte fue pasado al lugar donde se hallaban situados

los ministros y grandes cruces, que esperaban la llegada del Generalísimo.

Al descender del coche. Su Excelencia fue saludado por el ministro del Ejército y por el capitán general

de la Primera Región Militar, con quienes pasó revista a las fuerzas indicadas, mientras la banda de

música interpretaba el Himno Nacional. El Generalísimo Franco fue cumplimentado por los ministros de

Marina, almirante Abárzuza; de la Gobernación, Sr. Alonso Vega; del Aire, teniente general Rodríguez

Díaz de Lecea; de Industria, Sr. Planell, y subsecretario de la Presidencia, Sr. Carrero Blanco. Después lo

hicieron él alcalde de San Lorenzo de El Escorial y administrador del Patrimonio.

Esperaban también en la Lonja el capitán general Sr. Muñoz Grandes y varios tenientes generales, entre

los que figuraban los señores Martín Alonso, capitán general de Cataluña, y García Valiño. En el Patio de

Reyes estaban igualmente los caballeros grandes cruces, pertenecientes al Capitulo; el arzobispo vicario

general castrense, doctor Muñoyerro, y el prior del Monasterio, Comunidad Agustiniana. Asimismo había

sido trasladado allí el templete con la reliquia de San Hermenegildo, depositado en el Monasterio, al que

daban escolta seis caballeros.

A la entrada de la Lonja habían sido instalados, a ambos lados, cuatro grupos de mástiles con escudos

nacionales y los de la Orden de San Hermenegildo.

El público, que desde las primeras horas de la mañana se había congregado en los alrededores del

Monasterio, hizo objeto a Su Excelencia el Jefe del Estado de un cariñosísimo recibimiento.

SE ORGANIZA LA PROCESIÓN

Una vez cumplimentado el Caudillo por los ministros, autoridades y personalidades que le recibieron, se

organizó la procesión en la misma puerta del Patio de Reyes por el siguiente orden: Estandarte, caballeros

grandes cruces, caballeros placas de la Orden, de menor a mayor antigüedad; caballeros cruces, gran

canciller de la Orden, Comunidad de los Padres Agustinos, que llevaba en el centro la reliquia del Santo,

escoltada por seis caballeros; Su Excelencia él Jefe del Estado y Soberano de la Orden, vicario general

castrense, prior del Monasterio, séquito de Su Excelencia y resto del cortejó.

Llegada la procesión a la Iglesia, Su Excelencia se dirigió al sitial que le estaba reservado en lugar

preferente, al lado del Evangelio, y en el presbiterio. Enfrente se situó el vicario general castrense; detrás

de1 Generalísimo, los jefes y. segundos jefes de sus Casas Militar y Civil; prior del monasterio y párroco

de la localidad. El Estandarte fue situado cerca del Caudillo, y la reliquia de San Hermenegildo junto al

vicario general castrense. También en el lado del Evangelio, ocuparon lugar los ministros del Gobierno

por el siguiente orden: del Ejército, Marina; Aire, Gobernación, Industria y subsecretario de la

Presidencia; después, el capitán general del Ejército, se, ñor Muñoz Grandes; almirante Bastarreche;

almirante Moreno; Gran canciller de la Orden ; teniente general Gutiérrez Soto y los capitanes generales

de la primera Región de los Ejércitos de Tierra, Aire y Mar. Detras de los ministros se hallaban las

esposás de éstos y de las demás autoridades citadas. Dando frente al altar, en el mismo lugar y en bancos

reservados, los tenientes generales y almirantes; subsecretarios, directores generales; generales de

división y vicealmirantes y caballeros de la Orden de San Hermenegildo invitados al acto. En el lado de la

Epístola y frente al Gobierno, los cancilleres de las siguientes Ordenes Militares : Real y Militar Orden de

San Fernando; Consejos de las Ordenes y Ordenes Militares, de Santiago, Alcántara, Calatrava y

Montesa; Soberana y Militar Orden de Malta; caballeros del Santo Sepulcro; Cuerpos de Hijosdalgos de

la Nobleza de Madrid y Soberana Orden Militar de San Jorge. Detrás, los caballeros miembros de estás

mismas Ordenes. Seguidamente, los jefes de los Estados Mayores de Tierra, Mar y Aire, teniente general

Cuesta Monereo, almirante Antón Rozas y teniente general Palacios y Ruiz de Almodóvar. Dando frente

al altar, las autoridades civiles, generales de Brigada, contraalmirantes, caballeros de San Hermenegildo y

otros invitados. En el pasillo central de la basílica se colocaron los caballeros del Capítulo de San

Hermenegildo, en número de ochenta.

SOLEMNE CEREMONIAL EN LA MISA

Se celebró seguidamente una misa rezada, en cuyo "memento" el sacerdote oficiante pidió por los

caballeros de la Orden, fallecidos. Al llegar al Sanctus, cinco caballeros Grandes Cruces de los tres

Ejércitos subieron las escaleras del altar, uno a uno, hasta el presbiterio y, después de saludar a Su

Excelencia el Jefe del Estado y Soberano de la Orden con una inclinación de cabeza, como igualmente al

arzobispo vicario general castrense y al Estandarte, recibieron de los ujieres del Consejo Supremo de la

Orden unos hachones con los que dieron vela al Santísimo durante el solemne acto de la Consagración.

Terminada la ceremonia de la vela, y con el mismo protocolo, regresaron a sus puestos.

Una vez finalizada la misa, el Capítulo inició la procesión en el mismo orden fijado con anterioridad,

hasta la llamada Iglesia Vieja, donde Su Excelencia y Soberano de la Orden ocupó el Trono que le estaba

reservado. A su derecha se situó el gran canciller y a su izquierda los ministros del Ejército, de Marina y

del Aire y caballeros Grandes Cruces. A continuación y por orden de antigüedad, el capitán general del

Ejército y los demás caballeros Cruces. Los restantes ministros, y el de la Gobernación, Sr. Alonso Vega,

caballero Cruz, ocuparon lugares preferentes frente al trono. En el centro se colocó una mesa con el

expediente que había de examinarse y una bolsa con bolas blancas y negras, que han de servir para la

votación. Tras de esta mesa se situaron el secretario y el relator de la Orden.

COMIENZA EL CAPITULO

Abierto el Capitulo, se dio entrada a los nuevos Caballeros de la Orden: general del Ejercitó de Tierra D.

Juan García de Miguel; al contraalmirante D. Melchor Ordóñez y al intendente del Aire D. Emilio Lostáu,

a los que Su Excelencia el Jefe del Estado y Soberano, impuso la Gran Cruz de San. Hermenegildo.

DISCURSO DEL CANCILLER DE LA ORDEN

A continuación, el gran canciller de la Orden, teniente general Gutiérrez Soto, pronuncio el siguiente

discurso:

"Señor: Reunir el Capítulo de la Real y Militar Orden de San Herménegildo es sencillamente, cumplir un

precepto reglamentario, pero hacerlo con la solemnidad que este acto reviste y con el honor de que V. E.

personalmente lo preside, da al acto y a la Orden una especial importancia y significación.

Cuando la Majestad de Fernando VII fundó esta esclarecida Orden Militar quiso, de un modo especial,

demostrar que no se trataba de una condecoración más de aquéllas que, en turbulentas épocas políticas, se

prodigaron, sino darla un carácter de verdadera Orden de Caballería de la que formasen parte aquellos

dignos oficiales que dedicasen lo mejor de sus vidas al servicio de sus reales Ejércitos y Escuadra,

sufriendo durante años los riesgos e incomodidades propios de tan penosa carrera y que, sacrificando su

libertad y propias conveniencias, aunándose y perpetuándose en ellas, contribuyesen con supermanencia

en los Cuerpos a conservar aquel buen orden, disciplina y subordinación que siempre hizo invencibles a

los Ejércitos veteranos y les condujo a la victoria.

Esto requería el cotidiano cumplimiento del deber con abnegación, virtud y sacrificio, que participan de lo

heroico en buen grado y son el manantial inagotable de los que derrochan a raudales el heroísmo en caso

necesario. Vuestra Excelencia, que tanto cuida no sólo de que los tres Ejércitos que sirven a la Patria

estén a punto en técnica y entrenamiento para poder equipararse a los Ejércitos más modernos, al cuidar,

reverdecer y dar nuevos brillos y esclarecimientos a los viejos laureles de esta preclara Orden completan

lo que un Ejército regular y permanente necesita: por encima de todo la conservación de su moral, que es

consecuencia, primero, de una vocación; después, de una especial llamada a un penoso pero honrosísimo

servicio; de una preparación adecuada en las Escuelas y Academias Militares, más tarde, y de llevar a la

Vida de las guarniciones, en paz y en guerra, ese espíritu que nunca será bastantemente alabado y que,

precisamente, se recoge en esta Orden Militar, que es la diaria abnegación y sacrificio, la continua

limitación y freno ante las tentaciones de la vida, poniendo los valores espirituales por encuna de los

bienes materiales, teniendo siempre en la mano, incólume, la hoja de servicios como un espejo que refleja

la imagen de la continuidad en tan abnegada conducta.

Y esto, señor, que en todo tiempo fue meritorio, lo es más en los actuales, en que el materialismo del

mundo en general y los mismos progresos materiales de los inventos y de la técnica parecen querer

ahogar esas últimas apelaciones, en definitiva fuerzas morales y espirituales, que son la lealtad, la energía,

la abnegación y el valor.

Gracias a V. E. nos hallamos ante una hermosa realidad que añadir a los muchos éxitos que ha logrado en

el sabio gobierno de España. Aquí tenéis, señor, un conjunto de hombres que significan una reserva

colosal alrededor de vuestra persona, porque representan a 30.000 caballeros de las Fuerzas Armadas de

los tres Ejércitos, y lo que es más importante, a lo más selecto de todas ellas, dispuestos a cumplir con los

deberes que su profesión les imponga, el que menos con veinticinco años de servicios bien calificados y

algunos con más de medio siglo.

Aquí están, con la sencillez y modestia que caracteriza a los profesionales de las armas, sin que en todo el

tiempo de vuestro mandato providencial hayan pedido nada ni se hayan significado llamativamente,

apareciendo con la tranquilidad del deber cumplido a través de todas las vicisitudes de paz y guerra, de las

que fueron protagonistas; todos orgullosos de pertenecer a la Orden, que es como la música de fondo en

los Ejércitos, que en todo tiempo excita, lo mismo en paz que en guerra, el ánimo del oficial para

sostenerle en su puesto con dignidad y honor, patentizando constantemente sus militares virtudes, y aquí

estamos todos, impregnados de un sentimiento de gratitud inmensa a Vuestra excelencia por haber

acordado reunir el Capítulo y presidirlo, mostrando con ello nuestro amor a la tradición y vuestro cariño a

esta Real y Militar Orden, que se mira en el espejo de las virtudes del más grande de sus Caballeros.

Vuestra presencia es el mayor orgullo y el mejor estímulo para todos nosotros.

Queremos ver brillar, con gloria inmarcesible, en vuestro hidalgo pecho, junto a la Orden del Valor, la de

San Hermenegildo de la Lealtad y la Constancia, que nos señala la ejemplaridad de la vida de quien

es el más alto dechado del valor y del honor. En vos tenemos luz y guía; cuantos vestimos orgullosos el

uniforme de la honrada legión de la Milicia, servimos a Dios y a España, cumpliendo vuestras órdenes.

Al teneros entre nosotros parece que se rejuvenece toda la Orden, se exalta nuestro patriotismo, afluyen a

nuestras mentes tantas páginas gloriosas como os debe la Patria, por lo que saldremos de aquí todos

enardecidos, llenos de ánimos para perseverar en los principios que constituyen el espíritu de nuestra

Orden, cuya cifra y compendio son la disciplina y el amor a la Patria, firmes cimientos del honor, de la

lealtad y del cumplimiento del honor.

Termino estas palabras, humildes pero llenas de amor a los Ejércitos, al Caudillo y a España, pidiendo a

nuestro Patrono, San Hermenegildo, en este MCCCLXXVI aniversario de su celestial natalicio, al

cambiar la corona de rey por la más bella y hermosa de mártir de Cristo, que proteja a los Ejércitos, a su

insigne Capitán, nuestro Jefe y Soberano, a esta bendita patria española, siempre pródiga en santos y

héroes, sabios y artistas, caballeros del ideal y mártires por la fe en Dios y en sus propios inmortales

destinos.

Que la lealtad y constancia con que San Hermenegildo defendió la doctrina del Redentor, hasta derramar

generosamente su sangre por ella, siga señalando en todo tiempo a los gloriosos Ejércitos de España el

camino de la entrega sin reservas al cumplimiento del deber, de ser su salvaguardia y de no escatimar, si

su honor y su defensa lo exigiesen de nuevo, la ofrenda de la vida en su altar, como en tanta memorables

ocasiones. ¡Vivan los Ejércitos Nacionales! i Viva Franco! y ¡Viva España¡

Después, Su Excelencia el Jefe del Estado y Soberano de la Orden pronunció el discurso que damos en

otro lugar.

REGRESO DEL GENERALÍSIMO A EL PARDO

Finalizado su discurso, que fue largamente aplaudido, Su Excelencia él Jefe del Estado abandonó el

Monasterio, dirigiéndose, a través de los claustros y e1 Patio de los Reyes, a la Lonja, donde se despidió

de los ministros y demás personalidades, emprendiendo seguidamente el regreso a su residencia de El

Pardo.

Un gran gentío, estacionado en la Lonja tributó al Caudillo una despedida muy cariñosa, entre vítores y

aclamaciones.

 

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