Autor: Alarcón, Pablo. 
   La amenaza del Partido Agrario     
 
 El País.    17/02/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

EL PAÍS, viernes 17 de febrero de 1978

ECONOMÍA

TRIBUNA LIBRE

La amenaza del Partido Agrario

PABLO ALARCON

No es difícil comprobar en los medios rurales la irritación existente por el abandono y olvido en que las

fuerzas políticas actualmente importantes del país han dejado y dejan los problemas agrarios. Y no es esta

situación extraña en la historia de España. Tradicionalmente la población rural ha sido víctima de mimos

demagógicos en los períodos electorales para ser indefectiblemente postergada en las épocas de

explotación del éxito electoral; por eso ha sido también tradicional en España la aparición de partidos

agraristas, casi siempre de signo conservador, que han sabido aprovechar el malestar existente y han

arañado sustanciosos porcentajes en los comicios legislativos y, más aún, en los municipales.

En los últimos años, y muy particularmente en 1977, las movilizaciones campesinas de protesta han sido

importantes; la huelga de los tractores del pasado marzo fue un primer aldabonazo del despertar

democrático del campo. En vista de ello no hubo partido político que no incluyera en su campaña

electoral flamantes capítulos de política agraria elaborados, salvo honrosas excepciones, en la

precipitación de última hora. Los mítines en los pueblos, aunque no muy concurridos, se multiplicaron en

la primavera del 77. De todas formas, el partido gubernamental, UCD, contaba con todas las cartas en la

mano para alzarse con una clara victoria en los medios rurales por el conservadurismo esperado en los

agricultores, todavía traumatizados por la era del control político y sindical de las hermandades, y por el

desprestigio profundo en el que se encontraban los antiguos caciques del régimen anterior, encuadrados

en Alianza Popular. La izquierda poco pudo hacer, a no ser en algunas provincias andaluzas y catalanas,

en donde estaba algo más implantada.

Hasta aquí todo normal. Pero en los meses transcurridos desde el 15 de junio, la dinámica propia del

malestar campesino ha seguido derroteros que poco tienen que ver con la evolución política general del

país. La falta de una consolidación política del sector agrario, la débil implantación en él de las nuevas

formas de relación política de corte democrático y su ya preocupante aislamiento cultural, han ido

profundizando la gran brecha que separa el mundo rural y el mundo urbano. Mientras tanto, los partidos

políticos estaban demasiado ocupados en otros menesteres para interesarse por esta evolución.

Política del Gobierno

La victoriosa UCD no ha tenido gran capacidad de maniobra en política agraria. Entregado el Gobierno a

una política estabilizadora de corte parecido a la de 1959 (no se olvide que buena parte de sus impulsores

son los mismos de entonces), había de sacrificar ciertos sectores de actividad y a la cabeza de ellos, por

supuesto, se encuentra el agrícola. Ni siquiera merece la pena comentar esta decisión, una vez más,

equivocada; simplemente lo constatamos como lo han constatado ya, con preocupación, muchos de los

diputados del partido gubernamental que deben su escaño a los votos rurales.

Posición del PSOE

El Partido Socialista Obrero Español improvisó un programa agrario utópico, e incluso, algo surrealista y,

que sepamos, todavía no ha emprendido una revisión a fondo de tal programa. Su implantación entre los

agricultores autónomos no es importante ; en cambio, ha desarrollado una considerable actividad de

captación en los jornaleros (sin tierra o propietarios de pequeñas parcelas) con resultados difíciles de

predecir. El PSOE, de acuerdo con su estrategia de alternativa de Poder, necesita controlar los distintos

eslabones que permiten consolidar dicho poder, y uno de ellos es el sindical.

Pero en el campo las cosas son distintas, y el relativo éxito del lanzamiento de la UGT no parece tan

evidente cuando se trata del sector agrario. Es así como el partido se encuentra en una cierta situación de

incertidumbre; por un lado tiene reparos a la hora de apoyar alternativas como la de las Uniones de

Agricultores y Ganaderos, porque no las controla y, por otro lado, importantes sectores de base campesina

del PSOE no ven claro el éxito en el lanzamiento de la Federación de Trabajadores de la Tierra,

prefiriendo integrarse en un movimiento campesino unitario e independiente. Parece evidente que el

Partido Socialista deberá adoptar en breve plazo una cierta solución de compromiso entre sus intereses

partidistas y las limitaciones y peculiaridades de la agricultura. En cualquier caso, toda esta incertidumbre

en la actuación no ha beneficiado en nada a la imagen del partido en el campo.

EL PCE

En cuanto al PCE, éste contaba con un programa bastante elaborado y realista. Su concepción del

movimiento sindical campesino también parecía más correcta y ajustada a la realidad agraria. Sin

embargo, a pesar de la justa teorización de las principales líneas de la política sindical en el campo, no

parece que ésta haya sido comprendida por todos sus militantes, especialmente en lo que se

refiere a métodos de trabajo y a la independencia del movimiento. Algunos sectores del PCE han actuado

con un cierto afán de control de la acción sindical empleando tácticas ya en desuso en una sociedad

democrática. Ello ha creado algunos problemas a las Uniones de Agricultores y Ganaderos en su lucha

por mantener a toda costa la autonomía respecto a los partidos políticos y tampoco ha beneficiado la

imagen del PCE en los medios rurales.

El uso más generalizado y agudizado de tácticas partidistas y manipuladoras por parte de otros partidos de

izquierda explican su escasa o nula incidencia en un movimiento que, como el campesino, es

extremadamente sensible a los intentos de control y manejo por parte de cualquier formación política.

Esta lamentable actuación de los principales partidos, junto con otras causas (entre las más importantes de

las cuales está la escasa conciencia política de los agricultores), contribuye a que las organizaciones

sindicales del campo tiendan más y más a presentar alternativas propias e independientes que pudieran ser

el germen de uno o varios partidos agrarios. Ello es especialmente importante si las elecciones

municipales se celebran, como parece, antes de las generales. A esta tendencia espontánea de las propias

uniones de campesinos hay que añadir la creciente tentación de numerosos diputados rurales de UCD en

el sentido de asumir con oportunismo las plataformas reivindicativas de las organizaciones sindicales de

su provincia y región y asegurarse su reelección como independientes agrarios hasta tanto el tiempo o la

autoridad no lo impidan.

Es difícil analizar a quién favorecería la formación de un partido agrario. A corto plazo, y ante las

municipales, es posible que los partidos más perjudicados —por ser a los que tal partido puede restar más

votos— sean UCD y PSOE, ya que AP y PCE tienen clientelas bastante fijas. Sin embargo, a la larga, los

principales afectados serán los partidos de izquierda, ya que, históricamente, los partidos agrarios acaban

casi siempre convirtiéndose en un juguete en manos de la derecha. Y una parte importante de la culpa la

tendrán los propios partidos de izquierda; en un país que camina hacia la consolidación de la democracia

y con un Parlamento libremente elegido, la oposición no puede pensar ya, como antes, que cualquier

movimiento de protesta se dirige sólo contra el Gobierno. Aunque en principio ocurra de este modo, si los

partidos de la oposición no hacen nada por apoyar noblemente tales movimientos, el descontento se acaba

volviendo también contra ellos. Y esto es precisamente lo que está ocurriendo.

 

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