Autor: Pimentel, Manuel. 
   Franco, en Garabitas     
 
 Pueblo.    28/05/1962.  Página: 6. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

FRANCO, EN GARABITAS

POCO antes se marcharon las lluvias para que, Con plenitud, el sol de Madrid viniera también ayer a la

Casa de Campo a hacer compañía a los alféreces provisionales. Ayer hubo, además, otros doce mil soles

pequeñitos prendidos en las americanas de los hombres que hace veinticinco anos los llevaron junto al

corazón, cosidos a la frágil tela de sus camisas. Tal vez a estrella de seis puntas sea el gran lucero de cada

uno, que mientras se hace definitivo baja a la tierra a guiar el paso y la conducta de los alféreces

provisionales. Se hizo espectáculo histórico la gran concentración en el Cerro de Garabitas, Los alféreces

conmemoraban dos importantes cosas; su 25 aniversario y el aniversario cuarto de la buena hora de

agruparse en hermandad. Quizá dos horas cruciales para ellos y para España. La hora prima de Sevilla y

la hora segunda de subir hace cuatro años a este mismo cerro, símbolo, hito y, permítase, ara de

sacrificios por la Patria española.

Pasado el puente del Rey, ya se presumía el ambiente que íbamos a encontrar por los caminos de la Casa

de Campo. Carteles y guardias de Tráfico llevaban a los alféreces hasta el acotado para la concentración.

Han venido los antiguos ex combatientes de todas las provincias de España. Los que están fuera por los

mundos de Dios han escrito para personarse en espíritu. Los de Canarias y Baleares; los de Asturias y

Bilbao; los de Sevilla y Barcelona; los de La Coruña y los de Valencia. Han venido más de quince mil

alféreces provisionales a esta segunda, impresionante y singularmente fervorosa, concentración nacional

de la Hermandad. Por el lago, el mar pequeñito de Madrid; por el Batán, más arriclavo la bandera de

España en 1936, en espera de que se abrieran las puertas de Madrid para clavaria en el corazón de la

Patria, que exigió, tal vez, demasiado para ser rescatada Garabitas es ahora paz pinares y césped. Ayer fue

júbilo, lágrimas, volcán de fe, cantos y palabras, altas palabras, serias y graves, que volaron a todos los

rincones de la España que ansiaba escucharlas. Esto fue Garabitas, con los quince mil alféreces dentro del

recinto.

Banderas en los mástiles, tiendas de campana, ambulan. cías con enfermeras, cuantas con amor fraterno

curarían las heridas de los alféreces en el tiempo heroico; sed de teléfonos; la radio, la televisión, puestos

de bebidas y en Garabilas mismo el gran altar con la estrella de seis puntas en el fondo. La gran masa de

alféreces se extendía por la ladera del montecillo; no más eso es Garabitas; un montecillo que nunca pudo

escalar el enemiga. Impresionante masa de hombres en la media edad de su vida. En las gradas de la

tribuna, al pie del altar, se retrataron los curas buenos que anduvieron con los alféreces por las tierras de

la Patria. Sobre sus sotanas, la estrella de seis puntas y algún emblema de la Legión con el oro del

bordado ya viejo y opaco. Algún "páter" lloró mucho ayer con los alféreces a quienes confesaba, en la

guerra, a quienes quizá llegó en alguna ocasión a dar la absolución o trance grave de muerte superado.

Con el sol en lo alto, cuando es mediodía, sonaron las trompetas. Francisco Franco llegaba junto a los

alféreces, sus oficiales de la guerra, que tanto quiere, que tanto le quieren. Lo esperaban ministros del

Gobierno y la Junta Nacional de la Hermandad. Desde allí hasta la tribuna caminó el Generalísimo Franco

entre cerrados aplausos, entre las banderas de la Hermandad, entre pañuelos, entre vivas, entre corazones

fieles, entre las mejores flores de la tierra: las lágrimas de los hombres. La ceremonia empezó con la

bendición del banderín enseña de la Junta Nacional; después, la misa solemne, oficiada por el obispo

auxiliar de Tarragona, alférez provisional, consiliario nacional de la Hermandad.

El presidente nacional de la Hermandad, don Pedro Rubio Tardío, dijo en su discurso que los alféreces»

desde que se constituyó la Hermandad, esperaban el momento de manifestar ante el Caudillo su más

encendida lealtad y cariño. Por haber propiciado esa ocasión dio las gracias al Generalísimo y ofreció al

Caudillo el carnet número 1 de la Hermandad.

Luego habló el ministro del Ejército, teniente general Barroso. Se dirigió a Su Excelencia el Jefe del

Estado paro reiterar la disciplina y la obediencia de los alféreces provisionales; su lealtad hacia los

principios del 18 de julio, que, dijo, defenderían como entonces si fuera preciso.

Y luego las palabras de Franco, que fueron acogidas con una enorme ovación que se prolongó largo

tiempo, Otra vez los pañuelos, los vivas, los gritos, las lágrimas. El Generalísimo fue despedido por tos

15,000 alféreces entre el entusiasmo desbordado. Día inolvidable en el Garabitas, ese cerro, cerillo, que

fue bastión, entonces y ahora, símbolo de una hermandad, de un propósito y de una firme voluntad de

seguir por la paz los mismos caminos de rectitud honestidad y de justicia que los alféreces provisionales

recorrieron cuando hizo falta rescatar a la España perdida, a la España desorientada y dividida.

Manuel PiMENTEL

 

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