Autor: Ramírez, Pedro J.. 
   Un Gobierno para un bienio     
 
 Diario 16.    02/02/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 23. 

PEDRO J. RAMÍREZ

Un Gobierno para un bienio.

SEGÚN la encuesta exclusiva de Metra-Seis publicada el sábado por este

periódico, la dimisión de Suárez ha provocado en el. país más «alegría» que

«tristeza», más «esperanza» que «temor» y más .«alivio» que «miedo». Una

abrumadora mayoría de ciudadanos piensa que su marcha va a ser «beneficiosa»

para España y más de la tercera parte de los interrogados adujeron que debió

haberse ido antes.

Quiero empezar poniendo estos datos sobre la mesa, a modo de dique protector

frente a la todavía pequeña avalancha lealista —quizá más vertebrada a partir

del cónclave de Palma— que trata de buscar los culpables políticos y

periodísticos de esta quiebra de la continuidad monclovea. En la calle no existe

el menor sentimiento de orfandad y la incertidumbre propia de cualquier

situación interina queda compensada con creces por la expectativa de que el

cambio será para bien.

Más allá del sobresalto de la tarde del jueves —sólo comparable al que produjo

hace cinco años su nombramiento— y del eficaz mensaje de despedida pergeñado por

la pluma chueta de Meliá, no son precisamente tintes heroicos los que impregnan

el gesto de Adolfo Suárez. Si poco edificante resultaba la explicación difundida

por su círculo íntimo en el sentido de que estaba harto de la política —como

editorializaba un colega, debió haber recurrido al confesor o al psiquiatra—,

todavía le hace menos favor la teoría, avalada por poderosos indicios, de que

estamos asistiendo a una maniobra tan audaz como fríamente calculada.

La presidencia no es un juguete

Un señor que está harto de la política no despliega, desde luego, la intensa

actividad que, al servicio de su propia concepción restrictiva de la candidatura

de Calvo-Sotelo ha desarrollado Adolfo Suárez en las últimas setenta y dos

horas. Del súbito empeño en precipitar el congreso, mostrado por los mismos que

el pasado lunes lo suspendieron «sine die», no puede desprenderse sino un ansia

por rentabilizar en Mallorca los aspectos emotivos de la dimisión presidencial.

Si, como dice un amigo, Suárez pretende instalar su Colombey les deux-Eglises en

los sótanos de la Moncloa y preparar por medio de persona interpuesta su

triunfal retorno electoral, será preciso subrayar que la presidencia del

Gobierno no es un juguete sometido al tornadizo capricho de su titular, sino una

pieza interconectada con el resto del entramado institucional cuyo

funcionamiento regula la Constitución.

Lo único malo de la caída de Suárez es la forma en que se ha producido, de

espaldas al Parlamento y al propio consejo político dé su partido: la historia

le hará justicia por su meritoria primera etapa, pero creo que será bastante

severa al juzgar este último cuarto de hora.

En todos los estamentos del país se percibe, en cualquier caso, un gran ansia de

mirar hacia delante, clausurando de una vez el bienio del desencanto. Todavía es

posible, si esta crisis se resuelve de manera feliz, recobrar buena parte de la

ilusión, de la fortaleza de ánimo, de la fe en la aventura democrática que a

casi todos nos unía en junio del 77. Pese a que nadie va a liberar a España de

los gravísimos problemas acumulados, sí que cabe aún hacer borrón y cuenta nueva

en la conciencia colectiva, sí que está al alcance de todos relanzar nuestra

capacidad de tolerancia y comprensión recíproca, sí que queda una amplia

oportunidad de reconvertir las decepciones y fracasos en satisfacciones y

éxitos.

De ahí la importancia de la actual encrucijada, porque, volviendo la

argumentación del revés, lo que tendría consecuencias fatales sería una salida

continuista de la crisis, con Suárez mandando desde fuera y todos sus peones

perfectamente colocados dentro. Nada sería tan desolador y frustrante como el

comprobar que ni siquiera la dimisión del presidente imprime una dinámica nueva

a nuestra anquilosada peripecia.

Después de Suárez, la democracia.

Suárez ha caído porque técnicamente era imposible —desde el prisma de los

hábitos de poder— hacer todavía franquismo sin Franco. El que venga detrás

fracasará igualmente si lo que ensaya es el suarismo sin Suárez. Entonces,

¿después de Suárez, qué? Muy sencillo: después de Suárez, la democracia

parlamentaria. Lo que requerimos del desenlace de la crisis no es un superhombre

nietzscheano, ni un presidium de sabios. Simplemente queremos un Gobierno

duradero, sustentado sobre una mayoría legislativa estable y motivado por un

programa político concreto.

La crisis debe permanecer abierta hasta que estos objetivos queden garantizados.

A Suárez no se lo ha llevado ni la gripe ni el dolor de muelas en un momento de

general satisfacción por su labor de Gobierno.

Suárez se ha ido antes de que le obligaran a marcharse, como consecuencia de la

palpable esterilidad de su liderazgo. Era imprescindible sustituir al hombre,

pero puede no ser suficiente, porque Suárez era él y sus circunstancias. Colocar

a otro en su lugar, manteniendo intacta la infraestructura de poder por él

creada y los mecanismos de acción política consolidados durante su mandato,

sería colocar un parche que difícilmente sujetaría el desgarro más allá de unos

cuantos meses.

Lo que España necesita es un Gobierno para todo un bienio, pues éste es el

periodo mínimo para enderezar sin cataclismos cuanto está torcido. Un Gobierno

que haga una política homogénea, aplicando de manera implacable una mayoría

parlamentaria mecánica. Un Gobierno que en la próxima encrucijada electoral deba

responder en suma por sus acciones y no por sus omisiones.

España tiene que ponerse en marcha. Tari grande ha llegado a ser su parálisis

qué incluso me parece sucundario cuál sea la orientación ideológica de esta

nueva política de firmeza y energía que se precisa.

Cuando una democracia funciona, sus mecanismos de corrección y contrapeso

actúan de manera automática en el tiempo. A los conservadores suceden los

laboristas y a los laboristas los conservadores.

Si es imposible formar una mayoría de centro-centro, vieja quimera de Suárez,

que se produzca el viraje a la derecha o el viraje a la izquierda. Si la UCD no

logra asociaciones suficientes, que lo intente el PSOE.

Si el actual esquema de partidos impide el trato, que se rompan cuantas fuerzas

políticas sea preciso, pues son ellas las que están al servicio del sistema y no

a la inversa. Y en último caso, si la calcificación del espectro parlamentario

impide todo tipo de acuerdo, que se convoquen elecciones generales. Incluso eso,

antes que seguir como hasta ahora, dando paso a un Gabinete con escasos meses de

esperanza de vida.

¿Qué macabra broma es esa de colocar aspectos marginales de la ley de Divorcio

en el epicentro de la crisis, cuando lo que está en juego es la propia

supervivencia de la democracia? Simpatizando con los ideales de la minoría

progresista de UCD —liberales y socialdemócratas—, considero, sin embargo,

preferible para España una política clara de orientación conservadora o de

orientación socialista, construida sobre la estabilidad de 176 o más votos y

liberada de las zigzagueantes hipotecas que ocasiona el pretender contestar a

todos a la vez desde una posición minoritaria.

Leopoldo Calvo-Sotelo es una de las personalidades mejor cualificadas para

trazar un programa, reunir suficiente apoyó en la Cámara y formar un Gobierno

que eche el cierre al largo periodo de provisionalidad que ha desembocado en la

dimisión de Suárez. No es un líder carismático capaz de desatar el entusiasmo de

las masas, pero tiene el triple atractivo de la inteligencia, la eficacia y la

seriedad.

Estoy seguro de que si llega a ser nominado por el Rey y obtiene la investidura

en el Parlamento, habrá terminado la era de los saltimbanquis y paulatinamente

irá remitiendo el «auras mediocritas» que tanto ha impregnado las altas esferas

de la Administración durante el mandato de Suárez. Podrá gustar o no lo que

haga, pero sabrá hacerse respetar y devolver al Gobierno al menos una parte de

todo su prestigio perdido.

Calvo-Sotelo ha sido ministro de Comercio, Obras Públicas y Relaciones con

Europa, antes de convertirse en vicepresidente económico. En ninguno de estos

cargos ha hecho milagros porque un político sólo se convierte en taumaturgo

cuando la prensa se ve totalitariamente obligada a proclamarlo; pero tampoco hay

un solo desliz de bulto en su gestión. Se trata de un hombre que inspira, pues,

seguridad.

También un cierto sentido de la propia estima. Si las cosas no se tuercen, al

fin habrá en el poder alguien con inquietudes intelectuales, sensibilidad

estética y capacidad de percepción suficientes como para que España no quede

descolgada de la imaginativa búsqueda de soluciones innovadoras a los gravísimos

problemas que el mundo desarrollado tiene que afrontar en la difícil frontera de

los ochenta.

No será fiel al suarismo

Me parece que la inmensa mayoría de los miembros de UCD comparten esta misma

valoración del personaje. Si han surgido serias dificultades que podrían llegar

a bloquear la investidura en el Parlamento, es porque un sector del partido teme

estar votando de nuevo a Suárez y no a Calvo-Sotelo.

Sean cuales sean sus actuales compromisos con la «corte de los milagros» que

rodeaba la Moncloa, no creo que Calvo-Sotelo vaya a ser fiel al suarismo. El

presidente dimisionario tendría que ser el primero en saberlo, pues no en vano

traicionó él a quienes más le ayudaron a conquistar la cima. A nada que los

acontecimientos le concedan margen para ello, Calvo-Sotelo imprimirá al poder su

propio sello y eso irá difuminando toda posibilidad de «revival» de Suárez y sus

adláteres.

Más importantes que las previsiones analíticas son, sin embargo, en este

instante político las apariencias y sus servidumbres inmediatas. La desgracia

postuma que Suárez ha legado al país ha sido la de contaminar la candidatura del

hombre mejor preparado para sustituirle, presentándole como heredero más que

como sucesor.

Por eso el primer gran reto que tiene que afrontar Calvo-Sotelo es el de

desmarcarse de quienes tan flaco servicio le han hecho, convirtiéndole en arma

arrojadiza dentro de una pugna, de la que prudentemente se había mantenido al

margen. Sólo recomponiendo la unidad de su partido, demostrará Calvo-Sotelo, en

este momento en que todos nos fijamos en él, que se trata del hombre adecuado

para recomponer también la esperanza de la Nación.

" Recomponiendo la unidad del partido, demostrará Calvo-Sotelo que se trata del

hombre adecuado para recomponer también la esperanza de la Nación "

 

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